El Papa León no necesita de porteros
Y mucho menos del "woke" Pedro Salinas, motivado por vendettas personales
El curioso apretón de manos entre el Papa León y el fabulista Gareth Gore
El lunes 16 de marzo, el Papa León XIV recibió en audiencia privada en su biblioteca apostólica a Gareth Gore, un periodista financiero británico y autor del libro Opus, una obra que el propio Opus Dei ha calificado de estar “plagada de datos distorsionados, errores, teorías conspirativas e incluso mentiras descaradas.”
La audiencia duró cuarenta minutos. El Vaticano la confirmó en su boletín oficial sin revelar el contenido. Gore, en cambio, lo contó todo en su magra y casi subterránea cuenta de Substack antes de que se secara la tinta del protocolo.
Hasta aquí, la noticia. Pero la noticia real no es la audiencia. La noticia real es quién abrió la puerta.
Un periodista financiero convertido en “vaticanista”
Antes de hablar del portero, conviene hablar del visitante, porque el retrato que hace Gore de sí mismo como investigador riguroso merece algún matiz.
Gore es, por formación y trayectoria, un periodista financiero. Bloomberg, Thomson Reuters, dos décadas cubriendo mercados, sin nunca haber figurado entre los importantes. Su libro Opus nació, según él mismo cuenta, de una investigación sobre la quiebra del Banco Popular español en 2017. Todo eso está bien. El problema es que, al saltar del mundo financiero al religioso-canónico, Gore revela lagunas que no son menores: son abismos.
Ejemplo: en su Substack posterior a la audiencia, Gore le pidió al Papa nada menos que la “descanonización” de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. La petición habría hecho sonrojar a cualquier estudiante de primer año de Derecho Canónico. Una canonización es, en la doctrina católica, un acto irreformable del Magisterio pontificio. El Papa no puede “descanonizar” a un santo por la misma razón que no puede declarar que dos más dos son cinco: porque actuó con la asistencia del Espíritu Santo al inscribir a Escrivá en el catálogo de los santos. Lo que sí puede hacer un Papa es suprimir el culto de figuras cuya existencia histórica no se puede verificar —como ocurrió con San Cristóbal en 1969— o cuya veneración se basó en leyendas dañinas. Pero eso es disciplina litúrgica, no revocación de la santidad. Son cosas distintas, y alguien que lleva siete años investigando “a fondo” una institución católica debería saberlo.
¿Por qué recibir al lobo?
Que el Papa León XIV haya recibido a alguien capaz de hacer tal petición y haya descrito su libro como “un trabajo riguroso” —según el propio Gore, sin confirmación vaticana— es una información que, como mínimo, exige contexto. Y el contexto tiene nombre y apellido: Pedro Salinas: el hombre a quien Gareth llamó desde el estacionamiento de Google.
Gareth Gore cuenta en su Substack que todo empezó con un mensaje de WhatsApp. Estaba en el estacionamiento del campus de Google en Mountain View, California, cuando su teléfono vibró. Era Pedro Salinas, un periodista peruano con quien había coincidido en una conferencia en Argentina el diciembre anterior. El mensaje decía, en español: “Es importante. ¿Puedes llamarme?”
Gore lo llamó. Salinas le dijo que el Papa conocía su libro y quería hablar con él en privado. Días después llegó, por intermediario vaticano, la invitación en papel con sello de la Prefectura de la Casa Pontificia.
Preguntas legítimas
En medio de un pontificado que avanza viento en popa en términos de transparencia, especialmente si se contrasta contra la opacidad ámbar de Francisco, el portal conservador español Infovaticana formuló una serie de preguntas legítimas, y a las que nadie, ni siquiera la Sala de Prensa del Vaticano ha respondido: ¿por qué Pedro Salinas?
Salinas, salvo su cuarto de hora de campaña contra el Sodalicio, es un personaje de tercera fila. No es el autor del libro. No es su editor. No es un vaticanista. No tiene cargo alguno en la Curia romana. No es teólogo, canonista ni especialista en el Opus Dei. Es un periodista peruano de 62 años, columnista del diario La República -órgano oficial de de prensa woke peruana-, exintegrante del Sodalicio de Vida Cristiana, y autor de la investigación que llevó, primero, a la disolución del Sodalicio por decreto pontificio, y segundo, a una relación de trabajo cercana con quien entonces era el cardenal Robert Prevost, hoy León XIV.
Esa relación no es un secreto. Salinas la menciona él mismo con orgullo: si con Francisco se “carteaba”, con Prevost “intercambia correos electrónicos.” No lo llama “Su Santidad” ni “Santo Padre”: dice que lo llamará “Papa Robert.” La informalidad es elocuente. No es la relación de un periodista con una fuente institucional. Es la de un leal sirviente. Claro que el amo lo aprecie es otra cosa.
Del Sodalicio al Opus Dei
Aquí se concentra el problema más serio de esta historia.
El trabajo de Pedro Salinas sobre el Sodalicio de Vida Cristiana fue, por sus resultados, un ejercicio de chisme-periodismo con consecuencias reales. Que ese trabajo haya construido un vínculo entre Salinas y Prevost es comprensible.
Pero el Opus Dei no es el Sodalicio... Salvo en la febril imaginación de Salinas y de su “colega” Paola Ugaz, que ahora sin enemigos, y sin que nadie les preste atención a su carrera periodística, han decidido comprarse el pleito con el Opus Dei en el desesperado intento de volver a los titulares.
Pero ni Salinas ni Ugaz comprendieron que su inesperado “éxito” con la destrucción Sodalicio no fue producto de la buena práctica periodista, sino fundamentalmente producto del abuso de un sujeto impresentable como Jordi Bertomeu Farnós y su patológica relación con el Papa Francisco.
Aquí algunos botones de muestra:
Jordi Bertomeu sí chantajeó al Sodalicio
¿Canonizará el próximo Papa a Jordi Bertomeu?
La foto: el 007 del Vaticano es 000 en honestidad
El error de cálculo del “007” de la Iglesia
¿Se ha asociado el ‘007 del Vaticano’ con Goldfinger?
Otra historia
El Opus Dei lleva casi un siglo de existencia, tiene estatutos en revisión canónica activa, cuenta con 85.000 miembros en 70 países, y su fundador fue canonizado por Juan Pablo II en 2002.
Que Salinas aparezca como intermediario en una audiencia papal relacionada con el Opus Dei, en este momento preciso -cuando la prelatura está en el proceso más sensible de su historia institucional reciente-, no es anecdótico. Es una anomalía que exige explicación.
Y la anomalía se vuelve más densa cuando se examina el perfil público de Salinas en el escenario peruano.
El expediente Salinas
Pedro Salinas no es un observador neutral de la realidad católica peruana. Es un actor.
Es columnista del diario La República, posicionado con claridad en el espectro de la izquierda política peruana. Es, por su propia declaración, un no católico —”católico culturalmente hablando”, se describió en una entrevista, lo que en la práctica significa que no lo es. Y mantiene una enemistad pública, documentada y de alta intensidad, con Rafael López Aliaga, alcalde conservador de Lima y miembro del Opus Dei.
A comienzos de 2025, López Aliaga concedió al cardenal Juan Luis Cipriani -arzobispo emérito de Lima y también miembro del Opus Dei- la Medalla Orden al Mérito de la ciudad. La reacción de Salinas fue inmediata y dura. El episodio no fue un desacuerdo periodístico: fue parte de una batalla sostenida, con claros contornos políticos e ideológicos, en la que el Opus Dei y sus figuras peruanas son el objetivo recurrente.
Todo esto no hace automáticamente ilegítima la labor de Salinas. Pero sí hace completamente imposible describirlo como un intermediario neutral en una cuestión canónica de esta envergadura.
La autoridad papal como munición
Gore tomó una decisión reveladora al salir de la audiencia: antes de que el Vaticano dijera nada, él publicó en su Substack una versión “detallada” -en realidad su propia versión no corroborada- de la conversación. Explicó que lo hacía para “crear un registro público” de lo que el Papa sabe sobre sus acusaciones contra el Opus Dei.
Esa declaración de intenciones lo dice todo. La audiencia no fue concebida, al menos desde el lado de Gore, como una conversación privada destinada a informar al Pontífice. Fue concebida desde el principio como un evento mediático, como un sello de legitimidad que pudiera ser invocado en la batalla pública contra el Opus Dei. El acceso al Papa, en esa lógica, no es un fin: es un instrumento.
El Vaticano, por su parte, confirmó la audiencia en el boletín oficial y no dijo nada más. No confirmó que el Papa llamara “riguroso” el libro de Gore. No confirmó ninguna de las posiciones que Gore le atribuye. El silencio vaticano es, en este caso, la única respuesta institucional disponible. Pero ese silencio no protege al Papa de la narrativa que ya circula: la de un Pontífice que recibió al crítico más encendido del Opus Dei, alabó su trabajo, y escuchó en silencio su petición de clausurar la prelatura.
Esa narrativa, verdadera, falsa o parcial, ya está en circulación. Y fue construida, con precisión y rapidez, por alguien que llegó a la Biblioteca Apostólica gracias a un WhatsApp desde un estacionamiento en California.
Preguntas para el Papa
No se trata de acusar al Papa de mala fe. León XIV es, por cualquier medida, una figura con una trayectoria seria principista y basada en la ley canónica, de la que es un experto.
Pero precisamente porque su autoridad moral es real, su figura no puede quedar envuelta sin consecuencias en una operación de lobbying cuya mecánica es, cuando menos, opaca; cuando más maliciosa. Las preguntas que Infovaticana formuló siguen sin respuesta:
¿Fue iniciativa propia del Papa reunirse con Gore, o fue una sugerencia que llegó a través de Salinas?
¿Por qué el canal de acceso fue un periodista con un conflicto de interés declarado contra los destinatarios de la audiencia?
¿Qué dijo realmente el Papa, y por qué no ha salido a aclarar las versiones que Gore puso en circulación?
¿Por qué la audiencia se produjo en el momento exacto en que los estatutos del Opus Dei están en revisión y sin fecha de resolución?
La autoridad pontificia no se defiende con el silencio cuando ese silencio es llenado por narrativas interesadas. Se defiende con transparencia.
Más allá de la Obra
Los discípulos de San Josemaría Escrivá han hecho las paces con el hecho de que la institución tenga defensores apasionados y críticos encendidos. Pero lo que está en juego aquí trasciende a la prelatura.
Lo que está en juego es si el acceso al Romano Pontífice puede ser gestionado por actores que son, simultáneamente, protagonistas de batallas políticas y mediáticas nacionales, ideológicamente posicionados, y en conflicto abierto con los sujetos sobre los que van a informar al Papa y motivados por cualquier interés menos el del bien de una Iglesia en la que no creen. .
La Iglesia tiene mecanismos institucionales que el Papa Francisco pulverizó a favor de sus propios canales informales.
Pero el Papa León parece comprometido a restablecer mecanismos que existen para proteger tanto la calidad de la información como la integridad de quien la recibe. Cuando esos mecanismos son sustituidos por WhatsApps desde estacionamientos y conferencias en Argentina, algo ha fallado.
Y lo que ha fallado no es menor: es la frontera entre la misión pastoral del Pontificado y la operación de lobbying con sotana prestada.



