El sábado en que Paola Ugaz se volvió loca
Cómo la coautora de “Mitad Monjes, Mitad Soldados” decidió arrojar a la basura periodística la poca credibilidad que le quedaba
Paola Margot Ugaz Cruz, ahora se las rebusca como profesional médica
La historia comienza así, y no la he escrito yo:
“Una mujer gorda, fea, de tez oscura, vestida de blanco, irrumpió en la residencia con un pliego de papeles en mano, acompañada de otra mujer también fea, menos gorda y de más baja estatura. Ambas se dirigieron como endemoniadas a la habitación de uno de los ancianos que residen en esta casa desde hace años.
Luego de invadir la habitación, donde el residente se encontraba en la cama, escuché un intercambio de gritos que no fue en italiano. La mujer más gorda gritaba al anciano, mientras el residente claramente exigía que esta mujer se retirara.
Originalmente las mujeres, que no tenían cámaras o grabadoras, por lo menos visibles para mí, siguieron agrediendo a gritos al anciano... hasta que el escándalo trajo varios curiosos y algunas autoridades de la residencia, que obligaron a las mujeres a marcharse.”
Así describe una trabajadora voluntaria italiana, anciana, sin agenda, sin ideología, lo que ocurrió en una residencia de ancianos en el sur de Italia este sábado 21 de marzo. No es un testimonio elaborado, un parte policial o un comunicado. Es la reacción cruda de quien vio cómo se rompía la paz de un conjunto hospitalario y residencial para ancianos retirados -incluyendo clérigos y religiosas- o pacientes terminales, creado décadas atrás bajo el manto de la caridad del Padre Pío de Pietrelcina.
Este es, nada más ni nada menos, el método que eligió Paola Ugaz -la periodista que ha recorrido el mundo presentándose como víctima de persecución- para intentar arrancar una entrevista a Luis Fernando Figari, el fundador de varias comunidades de la llamada “Familia Sodálite”, expulsado por el Papa Francisco y declarado “carente de carisma fundacional”, anciano de 79 años, enfermo y confinado a esa residencia por decisión de la Santa Sede.
No estamos pues ante una investigación valiente, sino ante la irrupción ofensiva a un lugar concebido y construido por el Padre Pío para proporcionar paz, seguridad, y , por qué no, el espacio espiritual adecuado para la conversión y el arrepentimiento.
En efecto, al hospital/residencia se accede por una sola entrada tanto peatonal como vehicular. Existe un pequeño puesto de control; pero como se trata de un lugar tan lejano a cualquier controversia, el puesto es administrado por las mañanas y tardes por voluntarios de la tercera edad, bajo el espíritu el Padre Pío de que mantener a los abuelos activos es una de las mejores maneras de quererlos.
De día apacible a sábado de locos
Ugaz, se identificó en la entrada como peruana, amiga del paciente Luis Fernando Figari, un viejo amigo a quien venía a visitar. También mencionó que era doctora. Allí la derivaron a la recepción del hospital, donde elaboró más en la mentira: ahora no solo era doctora sino que traía importantes documentos para su gran amigo Figari.
¡Por supuesto Dra, Ugaz! Habría sido la respuesta del gentil personal, y tanto a ella como a su extraña acompañante, le dieron acceso a un pasaje subterráneo exclusivo para los profesionales de la salud, a través del cual llegó al área donde se encuentran las habitaciones de los residentes, incluyendo la de Figari. Allí es donde comienza la historia fea.
¿Qué pretendía exactamente Paola Ugaz? Porque su fantochada no tiene lógica profesional. No tiene lógica legal. Y, francamente, empieza a no tener lógica psicológica.
¿Se sintió Ugaz psiquiátricamente transportada a uno de los temidos callejones de la Lima subterránea, donde no hay más ley que la impone el matón de turno? Porque estamos hablando de entrar ilegalmente a una residencia de ancianos en Italia. Mentir repetidamente. Suplantar identidad médica. Irrumpir en la habitación de un enfermo. Gritarle. Exigirle una entrevista. Negarse a retirarse hasta ser forzada a hacerlo.
Eso no es periodismo de investigación. Es una conducta que cualquier sistema jurídico serio identifica rápidamente: coerción, invasión, engaño.
Y aquí es donde la narrativa cuidadosamente construida por Ugaz empieza a desmoronarse.
La “periodista perseguida” aparece ahora descrita —no por sus críticos, sino por los hechos— como alguien dispuesto a violar normas básicas de convivencia, legalidad y humanidad con tal de forzar una escena.
¿Una escena para su documental?
Es sabido que Ugaz, incapaz de ganarse la vida en cualquier otro rubro periodístico, quiere seguir estirando la historia del hoy difunto Sodalicio como una goma de mascar, por más que ya no tenga azúcar. Pero esta vez, la escena/papelón no ocurrió en Lima. O en redes sociales. O en auditorios internacionales dispuestos a aplaudir relatos unilaterales.
Ocurrió en Italia. Y en Italia hay ley.
El propio Luis Fernando Figari presentó un parte policial que no deja margen para ambigüedades (lo traduzco del original en italiano):
“Informe sobre un incidente grave que involucra a Luis Fernando Figari, ciudadano italiano, para ser presentado con urgencia ante la policía.
Una mujer extranjera ingresó a mi habitación mientras yo me encontraba enfermo en cama, violando así mi privacidad y mi domicilio, ubicado en la residencia de ancianos San Pío, al sur de Foggia.
Para lograr entrar, mintió, haciéndose pasar por médica; además, lo hizo de manera violenta, acosadora e intimidatoria, cometiendo actos de violencia doméstica. Engañó al portero afirmando tener una cita conmigo —siendo que yo no recibo visitas sin previo aviso y, siempre que he permitido que alguien me visite, he informado a mi asistente. Posteriormente, se identificó como Paola Ugaz, ciudadana peruana, alegando ser amiga mía y médica —ninguna de las dos cosas es cierta. Una vez dentro de la habitación, se encontró con mi ama de llaves, Nancy Pérez, y le dijo que era médica. Previamente, hablando a través del intercomunicador, ella y un acompañante habían afirmado ser dos médicos encargados de entregar una receta, suplantando así, una vez más, la identidad de otras personas. Al hacerlo, tergiversó nuevamente su relación personal conmigo —esta vez mediante nuevas falsedades. Abusó de su posición y violó mi privacidad, afirmando ser periodista y sosteniendo que tenía derecho a entrevistarme, a pesar de que yo le había pedido que se marchara no menos de cinco veces. En la quinta ocasión, le señalé que podía ver claramente que yo me encontraba postrado en cama, sufriendo de asma y otras dolencias; solo entonces —tras toda la agresividad que había manifestado— se marchó finalmente. Sus acciones me dejaron nervioso y sumamente agitado, con el corazón latiendo aceleradamente”.
Aquí no hay interpretaciones. Hay hechos alegados con precisión.
Violando la ley
Según una primera evaluación de la policía italiana, esta es la lista de delitos en la que, según la ley local, podría haber incurrido Ugaz (traduzco del original en italiano):
“1. Delitos contra la libertad individual y personal
Violencia en la intimidad (Artículo 610 del Código Penal): En este caso, el acto de “obligar” al paciente a conceder una entrevista en contra de su voluntad constituye plenamente el delito. El engaño utilizado para acceder a la habitación puede considerarse parte de la acción coercitiva.
Alteración del domicilio (Artículo 614 del Código Penal): Entrar en una habitación contra la voluntad expresa o tácita de la persona con derecho a impedir la entrada constituye un delito.
El delito se agrava si el acto se comete “mediante engaño”, como en el caso descrito, donde el autor accede simulando una identidad o rol que no le corresponde para vencer la resistencia al acceso.
Injerencia ilícita en la vida privada (Artículo 615-bis del Código Penal): Si se realiza una entrevista invasiva utilizando dispositivos de grabación de audio o vídeo (por ejemplo, una grabadora, un teléfono inteligente), se configura este delito. El delito subsiste independientemente de la posterior divulgación del material recopilado.
2. Delitos contra la confianza pública
Suplantación de identidad (Artículo 494 del Código Penal): Este delito castiga a quien, con el fin de obtener una ventaja para sí mismo o para terceros, o de causarles daño, engaña a alguien suplantando ilícitamente su propia persona, o atribuyéndose a sí mismo o a otros un nombre o estatus falso, o una cualidad a la que la ley atribuye efectos jurídicos. El acto de suplantación de identidad para acceder a un establecimiento y obtener una entrevista se enmarca en esta categoría. La “ventaja” también puede consistir en obtener la entrevista misma, que de otro modo no se habría concedido.”
Esto ya no es una batalla narrativa. Es un problema legal serio. Y más aún: es un punto de inflexión.
Porque durante años se ha construido un relato en el que ciertos actores, especialmente Paola Ugaz, pero no solo- se presentan como víctimas intocables, inmunes a cualquier cuestionamiento, blindadas por una especie de superioridad moral auto atribuida y donde, sin importar los hechos, ellas son siempre las víctimas y los demás, o son aliados o son victimarios.
¿Recuerdan el episodio completamente inventado por Paola Ugaz y Elise Ann Allen, donde literalmente inventaron que había sido declarada persona non grata en la Sala Stampa de la Santa Sede?
¿Y recuerdan la denuncia judicial que tuve que interponer a los periodistas de alquiler de Religión Digital, que difundieron la mentira, y de la que terminaron retractándose tan pronto vieron que no iba a parar hasta verlos de cabeza en la sede del Tribunal Supremo de España?
Ese relato empieza a colapsar cuando los hechos dejan de sostenerlo.
Aquí no hay abuso de poder institucional contra un periodista. Aquí hay, según la denuncia, abuso de una persona vulnerable por parte de alguien que se presenta como periodista.
Eso cambia todo
Finalmente, hay una dimensión que no se puede ignorar: el daño colateral.
Cuando personas como Ugaz y su entorno actúan de esta manera —con desprecio por la ley, por la verdad y por la dignidad básica— no solo se desacreditan a sí mismas. Arrastran consigo a todos aquellos que, por cálculo o ingenuidad, han decidido respaldarlas.
Si el Papa León XIV quiere proteger la credibilidad de su pontificado, tendrá que tomar nota.
Porque hay alianzas que dejan de ser útiles cuando empiezan a ser tóxicas.
Y hay momentos en los que no basta con guardar silencio.
Hay que cortar.



