Sabemos que la política específicamente partidaria es terreno exclusivo de los laicos. Pero la política general, la que busca el bien en la convivencia social, es no solo un campo donde todo católico -incluyendo los clérigos- tiene el derecho de participar, sino, en muchas ocasiones, el deber.
Hay una manera de entrar en política por parte de los obispos que produce documentos, seminarios, mesas redondas, declaraciones solemnes y toneladas de palabras. Y hay otra manera que produce consecuencias concretas.
La diferencia merece ser observada.
En América Latina conocemos de sobra el primer modelo. Basta recorrer muchos pronunciamientos del CELAM y de algunas conferencias episcopales para encontrar un vocabulario casi litúrgico de la pastoral sociológica: “diálogo”, “bien común”, “institucionalidad”, “justicia social”, “construcción de consensos”, “compromiso ciudadano”, “esperanza”, “escucha” y, por supuesto, “dignidad humana”.
No hay necesariamente nada de malo en esas palabras. Pero el problema es que, en los últimos años, en América Latina ese lenguaje se ha multiplicado hasta formar una especie de niebla episcopal en la que ya no queda claro qué se está diciendo.
Malos ejemplos
Un ejemplo reciente es el mensaje de los obispos peruanos ante las elecciones de 2026. Hablan de “responsabilidad ética”, “discernimiento”, “compromiso con el bien común”, fortalecimiento de la institucionalidad democrática, justicia social y reconciliación nacional. Todo perfectamente respetable. Pero son formulaciones tan amplias que admiten interpretaciones políticas radicalmente distintas.
Algo parecido acaba de ocurrir en Argentina. La Semana Social 2026 de la Conferencia Episcopal se reunió bajo el lema “Puentes hacia el Bien Común” y produjo un documento que habla de “organizar la esperanza”, de la justicia social como instrumento para alcanzar la dignidad humana, de escucha, diálogo, equidad y corresponsabilidad.
Hagamos un ejercicio: salgamos a la calle y preguntémosle a un joven qué entiende por “organizar la esperanza” o por “puentes hacia el bien común”... y escuchemos los grillos cantar.
Y este lenguaje aparece una y otra vez en el universo comunicativo del CELAM. Frente a situaciones políticas concretas, abundan las frases grandilocuentes en lo que se ha convertido en un nuevo género literario que podríamos llamar “poesía sociopolítica”, tanto por el sociologismo cacofónico como por el intento fallido de ser inspirador.
Un buen ejemplo
Y aquí es donde dos experiencias recientes en Estados Unidos resultan interesantes, porque muestran un estilo completamente distinto de intervención episcopal.
No porque el contexto político estadounidense sea mejor; sino porque los obispos involucrados decidieron decir exactamente lo que pensaban, explicar por qué lo pensaban y, sobre todo, especificar qué acción pedían a sus fieles.
El primer caso es Colorado, el estado donde vivo.
El 21 de agosto de 2025, los cuatro obispos católicos del estado —el entonces Arzobispo Samuel Aquila y su obispo auxiliar Jorge Rodríguez, de Denver; Stephen Berg, de Pueblo; y James Golka, entonces de Colorado Springs y hoy Arzobispo de Denver— firmaron una carta conjunta convocando directamente a la recolección de firmas para tres iniciativas electorales.
La primera endurecía las penas por tráfico sexual de menores; la segunda establecía categorías deportivas escolares sobre la base del sexo -es decir, no a hombres en deportes, baños o camerinos de mujeres-; y la tercera prohibía intervenciones quirúrgicas de cambio de sexo en menores. Cada iniciativa necesitaba cerca de 125.000 firmas válidas para llegar a la boleta electoral de 2026.
Los obispos no se limitaron a emitir un comunicado y enviarlo a la prensa.
Pidieron a las parroquias católicas de Colorado que participaran en tres fines de semana de recolección de firmas, en septiembre, octubre y noviembre de 2025. Animaron a los católicos registrados para votar a firmar las peticiones y pidieron voluntarios para ayudar a recoger firmas. En las parroquias las peticiones estuvieron disponibles después de las Misas.
Esa fue una intervención de otro calibre. No fue organizar un panel sobre “los desafíos contemporáneos para el diálogo en una sociedad plural”. Fue utilizar la estructura pastoral existente para una acción pública concreta y perfectamente identificable.
¿El resultado? Las tres iniciativas consiguieron las firmas necesarias. La iniciativa 108 recogió 169.775 firmas; la 109 logró 168.579; y la 110, 164.922. Las tres calificaron para las elecciones generales del 3 de noviembre de 2026.
La campaña contó con miles de voluntarios y organizaciones ajenas a la Iglesia. Pero la intervención católica fue absolutamente decisiva: los obispos pidieron la participación de las parroquias del estado, y la propia organización promotora de la campaña la independiente “Protect Kids Colorado” reconoció que los católicos llevaron la carrera hasta la meta.
Es decir: los obispos tomaron posición, explicaron su razonamiento moral, crearon una estructura de movilización y la intervención tuvo un resultado político verificable: tres iniciativas que necesitaban firmas terminaron efectivamente en la boleta, y este 3 de noviembre los ciudadanos de Colorado podremos hacer historia.
El caso de Virginia
Los dos obispos católicos del estado de Virginia, Michael Burbidge de Arlington, y Barry Knestout de Richmond, se enfrentan allí a dos propuestas de reforma constitucional que aparecerán en las elecciones del próximo 3 de noviembre. Una se refiere a la llamada “libertad reproductiva”; la otra, a la definición constitucional del matrimonio, que pasará a ser “entre dos personas”. Los obispos han pedido públicamente a los católicos votar “no” a ambas.
En el caso de la Enmienda 1, la más grave, conviene ser extremadamente preciso.
El texto oficial propone incorporar en la Constitución de Virginia un “derecho fundamental a la libertad reproductiva”. El texto de la enmienda sobre “libertad reproductiva” esta redactado en un lenguaje deliberadamente farragoso, que habla de “regular” la atención prenatal, el parto, la anticoncepción, el aborto y la fertilidad. Pero Virginia ya tiene una ley del aborto bastante amplia, que permite matar al bebé no nacido hasta el segundo trimestre e incluye “excepciones” en las que el bebé podría ser eliminado en el vientre incluso en el tercer trimestre.
Pero por lo menos incluye salvaguardas como un diagnóstico serio, causales comprobables y, en el caso de las menores, permiso de los padres.
Lo que la enmienda pretende hacer es consagrar en la Constitución del Estado el “derecho” al aborto sin límite alguno, hasta el momento mismo del nacimiento -con vagas “excepciones” que son legalmente inútiles- y permitir que sea practicado por menores de edad sin el consentimiento de los padres.
Los obispos, con razón, sostienen que esas disposiciones crearían una protección constitucional del aborto mucho más amplia que la legislación vigente y que de facto terminará eliminando razonables salvaguardas relacionadas con el consentimiento de los padres.
Y como si fuera poco, la enmienda incluye un caballo de troya adicional: dado que los menores de edad también pueden adquirir drogas relacionadas a la “libertad reproductiva” de cualquier tipo y sin el permiso de los padres; en la práctica los menores que quieran utilizar bloqueadores de la pubertad para “cambiar de sexo” podrán hacerlo. Es decir, la enmienda, de pasada, establecería la ideología “trans”.
Una respuesta activa
Lo importante para el punto que quiero destacar aquí es lo que han hecho los obispos al respecto. Mons. Burbidge no publicó una declaración genérica para después regresar a su oficina.
La diócesis de Arlington creó en cambio una campaña completa llamada Catholics Vote No con un sitio web específico, materiales parroquiales, gráficos para redes sociales, información para organizar campañas de inscripción de votantes y una invitación para que los católicos se comprometan públicamente a votar y a animar a otros católicos a hacer lo mismo.
Y el domingo 13 de septiembre, una carta de Mons. Burbidge llamando directamente a los católicos a votar NO fue leída ante los 430 mil fieles registrados en las 70 parroquias de la extensa diócesis del norte de Virginia. El mensaje no fue “genérico”: fue un llamado a ser coherentes con nuestra fe y votar de acuerdo a ella.
La urgencia de la parresía
Del griego parrēsia, la palabra, usada con demasiada ligereza, significa una expresión audaz, valiente y abierta, arraigada en una profunda confianza, en la humildad y en la gracia del Espíritu Santo.
Y hoy los laicos la necesitamos más que nunca, especialmente cuando existe una extraña convicción en algunos ambientes eclesiásticos según la cual un obispo demuestra “prudencia” cuando habla de política sin que nadie consiga determinar exactamente qué está diciendo. Cuanto más abstracto el comunicado, más “pastoral”. Cuantos más “procesos”, “encuentros”, “puentes”, “diálogos”, “sinodalidad” y “espacios de escucha”, mejor.
Que nadie entienda que estoy comparando negativamente, o incluso oponiendo a los obispos norteamericanos con los latinoamericanos. En Estados Unidos existen prelados con acciones catastróficas. Basta recordar la decisión del Cardenal Arzobispo de Chicago, Blase Cupich, de tratar de premiar a Dick Durbin, uno de los senadores más abortistas de la historia reciente.
Y como buen ejemplo en América Latina, me atrevo a señalar al Cardenal uruguayo Daniel Sturla, o los Obispos de las Antillas. Gracias a Dios no son los únicos… pero son pocos, demasiado pocos.
Los obispos dejan a los laicos la actividad política partidaria y la participación en los puestos públicos.Ellos, sin embargo, también pueden y deben intervenir en la vida pública. Pero deben hacerlo de un modo que exprese liderazgo pastoral, el que no proviene del carisma personal o la habilidad de palabra. Es el liderazgo que han recibido como sucesores directos de los Apóstoles. Es decir, una responsabilidad de la que tendrán que dar cuenta el día del Juicio.
Un comunicado que pide genéricamente diálogo, responsabilidad y bien común puede ser pastoralmente sincero. Pero un obispo que considera que una cuestión pública toca un principio moral grave tiene otra posibilidad: explicar con claridad cuál es ese principio, identificar concretamente la medida en discusión, exponer sus razones y decir sin eufemismos qué conducta propone a sus fieles.
Colorado y Virginia ofrecen dos ejemplos recientes de ese segundo modelo: claridad y llamada a la acción basada en las verdades de la fe; sin política partidaria o apoyo a un candidato.
Pero al mismo tiempo evitando la sopa de palabras sociológica en la que después de cuatro páginas nadie sabe exactamente qué quiso decir el obispo. Necesitamos más de ese estilo de pastorear.




Me saco el sombrero Alejandro ante ti por este artículo, y ante estos obispos, que se han envalentonado y extendido sus acciones hasta el terreno práctico, que es donde siempre nos estan ganando las batallas, a pesar de tantas buenas intenciones. Bendiciones.