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Avatar de José Octavio Lara

El artículo acierta en lo esencial: la carta de los obispos de las Antillas aporta una claridad antropológica y pastoral que hacía falta. Pero conviene precisar su alcance.

Los obispos no corrigen a Dignitas infinita ni poseen autoridad para modificar una declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe aprobada por el Papa. Más bien desarrollan con mayor explicitud una antropología ya presente en ella: la persona es unidad de cuerpo y alma; la corporeidad sexuada no es algo exterior al yo; y la libertad humana recibe una naturaleza que está llamada a integrar, no a producir desde cero.

El punto verdaderamente problemático sigue siendo la expresión «por regla general» y la posterior explicación del cardenal Fernández sobre posibles situaciones excepcionales de disforia extrema. Sus palabras introducen una ambigüedad real, pero no equivalen a una autorización explícita de las operaciones de cambio de sexo. No queda determinado si hablaba de menor imputabilidad subjetiva, de un discernimiento clínico excepcional o de una eventual excepción en la valoración objetiva de la intervención.

Ahí está, a mi juicio, el principal valor de la carta antillana: hace más explícito el principio antropológico desde el cual debe realizarse ese discernimiento. El sufrimiento debe ser escuchado y acompañado con toda seriedad; la dignidad de la persona permanece intacta; pero la intensidad del sufrimiento no determina por sí misma la moralidad de cualquier intervención.

Quizá, por eso, la tesis pueda formularse con mayor precisión así: los obispos de las Antillas no corrigen a Roma; explicitan consecuencias antropológicas y pastorales que Roma había formulado brevemente y, al hacerlo, muestran que todavía sería conveniente una aclaración del alcance exacto de aquel «por regla general».

Una reserva final: la argumentación teológica y antropológica de la carta es más sólida que algunas de sus afirmaciones científicas, que necesitarían mayor matización —por ejemplo, respecto del gen SRY, las diferencias del desarrollo sexual y la neurobiología—. Conviene distinguir esos planos para que una buena antropología no dependa de afirmaciones empíricas más fuertes de lo que la evidencia permite.

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