Cuando el Pueblo de Dios dejó de pedir permiso
La crisis de liderazgo en la Iglesia hispanoamericana ha empoderado a una nueva generación de laicos
Si algo ha quedado dolorosamente claro entre 2025 y los primeros meses de 2026 es la bancarrota práctica del liderazgo episcopal en buena parte del mundo hispano.
No se trata de un juicio temerario ni de una generalización injusta. Es una constatación empírica. Se ve en los hechos, en las omisiones y, sobre todo, en el silencio.
Mientras España y América Latina enfrentan un colapso cultural acelerado -destrucción de la familia, expansión de la ideología de género, legalización del aborto, descristianización educativa, hostilidad creciente hacia la fe- la mayoría de los obispos ha optado por una estrategia que podría resumirse en tres palabras: prudencia, ambigüedad, irrelevancia.
Muchos comunicados, pocas decisiones
En el perfil del presente episcopado, moldeado por más de una década de nombramientos del Papa Francisco, sobran las palabras cautelosas y escasean las convicciones. Hay ruedas de prensa para todo… menos para defender sin complejos la fe que los obispos juraron custodiar. Por supuesto que hay grandes excepciones… pero son solo eso, excepciones, no la norma.
Las conferencias episcopales, concebidas como instrumentos de coordinación pastoral, siempre han sido estructuras burocráticas dedicadas a producir consensos mínimos. Pero en el pasado, la presencia de voces proféticas en número suficiente, generaba algunos resultados esperanzadores. Pienso, por ejemplo, en el antiguo documento de la Conferencia Episcopal Peruana “Perú, Defiende la Vida”; y otros similares en el continente.
Hoy esos mensajes son impensables. Lo que tenemos en cambio son documentos grises, -cuando no contrarios a la fe- declaraciones “prudentes”, reflexiones que rara vez incomodan al poder político, mediático o académico.
No evangelizan.
No orientan.
No lideran.
Funcionan, en demasiados casos, como departamentos de relaciones públicas eclesiales.
España: cuando el problema son los que sí evangelizan
El caso reciente de España es ilustrativo.
El documento publicado por la conferencia episcopal sobre los movimientos y realidades eclesiales se presentó como una “reflexión pastoral”. Pero para muchos fieles fue percibido como algo distinto: una advertencia velada contra algunos movimientos laicales que están teniendo un éxito notable en atraer jóvenes, formar familias cristianas y generar vocaciones. Tienen defectos, sí, como toda obra humana. Pero deberían recibir de los obispos un espaldarazo explícito, no una lista de “posibles problemas” que solo puede surgir de corazones que han perdido el celo apostólico… cuando no corrompidos por serias torpezas morales.
El contraste es difícil de ignorar.
Mientras buena parte de la pastoral parroquial envejece y se vacía, comunidades vinculadas a familias espirituales como el Camino Neocatecumenal, Regnum Christi o Comunión y Liberación, Hakuna y muchos otros más nuevas y menos conocidas, siguen llenando encuentros de jóvenes, organizando misiones, sosteniendo familias numerosas y formando comunidades vibrantes.
La pregunta obvia sería: ¿qué están haciendo bien?
Pero el tono de muchos líderes eclesiales parece sugerir otra preocupación: cómo encuadrarlos, supervisarlos o reducir su autonomía. Cómo hacer para que no sean incómodos, para que no traigan los “dolores de cabeza” que significaron para el establishment eclesial los grandes santos españoles.
En un momento en que Europa vive una desertificación religiosa acelerada, resulta desconcertante que el dinamismo misionero sea tratado con sospecha en lugar de ser estudiado, promovido y multiplicado.
El CELAM y la enfermedad del sociologismo
En América Latina el problema adopta otra forma.
Durante décadas, el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) fue capaz de producir reflexión pastoral influyente y orientadora, durante los años de grandes figuras eclesiales que no temían incomodar. Pienso por ejemplo en el Cardenal Alfonso López Trujillo, el colombiano que San Juan Pablo II puso al mando del Pontificio Consejo para la Familia; luego de completar su mandato como Presidente del CELAM.
Hoy la producción intelectual y pastoral parece cada vez más indistinguible de la de un organismo internacional genérico.
Documentos extensos, saturados de terminología sociológica, diagnósticos culturales y categorías técnicas donde la evangelización aparece diluida entre conceptos como “procesos”, “acompañamiento”, “territorialidades” o “dinámicas comunitarias”.
Como denunció el teólogo brasileño Clodovis Boff, Cristo aparece poco. La conversión personal nunca se menciona. “Evangelización” es un término que ha literalmente desaparecido.
El resultado son textos que podrían haber sido redactados por cualquier ONG global: esmerados en el análisis social, pero sorprendentemente débiles cuando se trata de anunciar a Cristo con claridad.
México: Una Iglesia sin voz
México ofreció recientemente un ejemplo aún más preocupante.
Durante las protestas por el Día Internacional de la Mujer, numerosas iglesias fueron vandalizadas. Templos históricos atacados. Imágenes religiosas destruidas. Pintadas ofensivas cubriendo fachadas centenarias. Las imágenes circularon masivamente por las redes sociales.
Sin embargo, la reacción del episcopado mexicano fue -en términos generales- vergonzosamente tímida.
Hubo llamados al diálogo -¡con las desquiciadas que destrozaron las iglesias!- invitaciones a la paz y expresiones de “comprensión” hacia el malestar social.
Todo eso puede ser legítimo. Pero muchos fieles mexicanos se preguntaron algo más simple: ¿quién defiende a la Iglesia cuando es atacada? Porque cuando los templos son profanados y símbolos cristianos destruidos, el silencio institucional se percibe no como prudencia, sino como abandono.
Y allí es cuando los fieles descubren de pronto que las figuras titánicas, como los Cardenales Juan Jesús Posadas Ocampo -asesinado por la masonería mexicana-, Juan Sandoval Iñiguez -que sufrió un intento de asesinato por el mismo poder- o Ernesto Corripio y Ahumada, no solo no están, sino que no hay nadie que remotamente se les parezca.
Brasil: cuando el vacío pastoral lo llenan los movimientos
Brasil ofrece quizá el ejemplo más extremo de la creciente distancia entre las estructuras episcopales y la vida real de los fieles. La Conferência Nacional dos Bispos do Brasil (CNBB) lleva décadas produciendo documentos extensos, densos y marcados por categorías sociopolíticas que reflejan una sensibilidad claramente marcada por las mismas, trilladas frases sociopolíticas con una notable cercanía con el discurso el gobierno de Luiz Inácio “Lula” da Silva.
Mientras tanto, la práctica religiosa en el país se ha desplomado de manera dramática. Millones de brasileños han abandonado la Iglesia Católica en las últimas décadas, muchos de ellos migrando hacia comunidades evangélicas dinámicas que ofrecen exactamente lo que muchos católicos sienten que ya no encuentran en su propia Iglesia: fervor espiritual, predicación directa de Jesucristo, comunidad viva y claridad doctrinal.
En medio de este panorama, lo paradójico es que allí donde sí existe vitalidad católica -en movimientos de fuerte identidad espiritual y misionera- esa vitalidad rara vez recibe un apoyo decidido de las estructuras episcopales.
Comunidades como la Comunidade Católica Shalom o la Renovación Carismática Católica congregan a miles de jóvenes, organizan misiones, llenan encuentros de oración y han generado vocaciones sacerdotales y religiosas en números que muchas diócesis apenas pueden soñar. Sin embargo, en las abultadas e inútiles burocracias eclesiales, financiadas generosamente con dinero de la Iglesia en Alemania, estas realidades siguen siendo observadas con desconfianza o tratadas con una condescendencia crítica, como si el problema de la Iglesia brasileña fuera precisamente el exceso de fervor espiritual de algunos de sus fieles.
El resultado es un contraste cada vez más evidente: mientras los documentos y los voceros episcopales hablan el lenguaje de la sociología y la nueva eco-religión, los fieles que aún buscan vivir intensamente su fe lo hacen, cada vez más, al margen de esas estructuras.
La sinodalidad que nadie pidió
A este vacío se suma otro fenómeno: la obsesión por una sinodalidad cada vez más abstracta. Se organizan asambleas, se redactan documentos, se multiplican procesos de consulta… y a nadie le interesa.
Porque para millones de católicos de a pie todo esto resulta distante, incomprensible y desconectado de sus preocupaciones reales.
Las familias que luchan por educar cristianamente a sus hijos, los empresarios católicos que enfrentan legislación anticristiana, los padres que ven a sus hijos bombardeados por ideología de género en las escuelas, los jóvenes que buscan canales para expresar su ardor espiritual y su deseo de servicio a los más necesitados, los activistas que batallan por el derecho a la vida, incluso incursionando en política: esos fieles rara vez aparecen en las discusiones eclesiales.
Y así paradójicamente, quienes sostienen la vida concreta de la Iglesia son también quienes menos influyen en sus estructuras de decisión.
El despertar del laico hispanoamericano
Y sin embargo -quizás precisamente por ese vacío- algo profundamente promisorio está ocurriendo.
El fenómeno verdaderamente nuevo de estos años no es una estrategia episcopal innovadora. No ha habido ninguna. Lo verdaderamente nuevo es el despertar del laico en España e hispanoamérica.
Durante décadas el laico fue tratado como una fuerza auxiliar: útil para sostener parroquias, financiar estructuras o colaborar en actividades pastorales, pero raramente invitado a liderar el combate cultural. Ese modelo está desapareciendo.
Hoy emergen redes de laicos que fundan universidades, medios de comunicación, plataformas educativas, asociaciones cívicas y movimientos culturales.
Basta observar el crecimiento de iniciativas como HazteOir y CitizenGO en el ámbito de la movilización pública, o el trabajo de formación doctrinal y cultural desarrollado por redes académicas vinculadas a familias espirituales como el Opus Dei u otras más nuevas y recientes.
En América Latina, nuevas comunidades educativas, plataformas digitales de formación católica y redes provida están surgiendo con rapidez notable. No nacen de oficinas episcopales. Nacen de familias, parroquias, pequeños grupos de amigos que deciden actuar.
Y como se trata de organizaciones combativas, que han decidido enfrentarse a los poderes que dominan la cultura, los obispos prefieren no tocarlos ni con un palo de diez metros… cuando no se oponen abiertamente a ellos.
A mí me ha tocado, a lo largo de mi carrera como periodista, defender a varias de estas organizaciones e iniciativas laicales… ¡del ataque de obispos!
La generación que perdió el miedo
Pero lo más interesante de este nuevo laicado no es solo su activismo. Es su cambio psicológico: ya no sienten la necesidad de pedir permiso para ser católicos en el espacio público.
Hablan abiertamente de la defensa de la vida, de la familia, de la civilización cristiana. Critican la ideología de género, el feminismo radical y las políticas culturales que buscan expulsar la fe de la vida pública.
Y lo hacen con algo que escasea dramáticamente en muchas estructuras eclesiales: confianza en su identidad católica y en la realidad de que Dios actúa, Dios ofrece su gracia y Jesús verdaderamente acompaña a los suyos.
Muchos han tomado decisiones personales costosas: poner su nombre en artículos, participar en debates públicos, enfrentar ataques mediáticos, perder oportunidades profesionales. Porque han decidido que el anonimato cómodo ya no es una opción.
El futuro que ya empezó
Este movimiento no es perfecto, ni homogéneo, ni responde a un “plan maestro”. Tampoco tiene una estructura central. Pero tiene tres cosas que hoy escasean en buena parte de la Iglesia institucional: convicción, identidad y coraje.
Por eso, si estos años dejan una lección clara, es esta: el futuro de la Iglesia en el mundo hispano no vendrá principalmente de conferencias episcopales ni de documentos del CELAM. Y mucho menos del opaco “camino sinodal”.
Vendrá de la fidelidad creativa de un laicado que ha decidido dejar de pedir permiso para ser católico.
Y eso es una razón profunda para la esperanza.




Muy bueno
Creo que es el mejor artícuo que te he leído,Alejandro.
Gracias