Un Obispo pide al Papa aprobar las consagraciones lefebvristas
Mons. Athanasius Schneider, un simpatizante de los seguidores de Lefebvre abre un nuevo frente en la crisis con Roma
Mons. Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María de Astaná, en Kazajistán
La crisis entre la Santa Sede y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX) ha entrado en una nueva fase tras la publicación hoy de una extensa carta del obispo Athanasius Schneider dirigida al Papa León XIV, en la que solicita formalmente que el Pontífice conceda el mandato apostólico para las consagraciones episcopales anunciadas por la Fraternidad para el próximo 1 de julio.
La petición, comunicada a través de la cuenta de Substack de la periodista norteamericana basada en Roma Diane Montagna, no es menor. El Vaticano ya había advertido que proceder a dichas consagraciones sin mandato pontificio constituiría una “ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma)”. La Fraternidad, por su parte, ha rechazado suspender el plan incluso como condición para el diálogo teológico propuesto por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
La intervención de Schneider, obispo auxiliar de Astaná en Kazajistán, y figura de peso en el mundo tradicionalista, cambia el equilibrio del debate, porque no proviene de la FSSPX, sino de un obispo en plena comunión canónica con Roma.
“No todo acto sin mandato papal es cisma”
En su carta, Schneider sostiene que identificar automáticamente toda consagración episcopal sin mandato pontificio con un acto cismático sería históricamente impreciso y teológicamente reductivo. Recurre a ejemplos de los primeros siglos de la Iglesia y a precedentes medievales en los que se realizaron consagraciones sin autorización explícita de Roma sin que ello implicara ruptura formal de comunión.
El obispo incluso cita el Código de Derecho Canónico de 1917, que no contemplaba excomunión automática para estos casos, sino suspensión, para argumentar que la tradición disciplinar no siempre trató estas situaciones como cisma en sentido estricto.
Desde su perspectiva, la crisis actual debe leerse en continuidad con momentos históricos en los que obispos actuaron en circunstancias extraordinarias para preservar la fe. Implícitamente, Schneider coloca la situación de la FSSPX dentro de una narrativa de “estado de necesidad”, -a la que recurren constantemente los lefebvristas- aunque sin usar esa fórmula de manera explícita.
Crítica a un “juridicismo” del papado
Uno de los puntos más delicados de la carta es su crítica a lo que considera una visión excesivamente juridicista del primado papal. Schneider afirma que la primacía es una verdad revelada, pero que las formas concretas de su ejercicio han evolucionado históricamente. A su juicio, convertir el consentimiento previo del Papa en una condición absoluta en todos los casos equivaldría a “endurecer” el desarrollo histórico de esa primacía, “exagerando” su fundamento teológico.
Este argumento toca una fibra extremadamente sensible: si bien no niega la primacía papal, Schneider cuestiona la interpretación disciplinar vigente -utilizada por ejemplo, por San Juan Pablo II- y la califica de un “cuasi dogma reciente”. En el contexto actual, la cuestión no es una hipótesis académica, sino que es una toma de partido ante un acto concreto anunciado públicamente en oposición expresa a la voluntad del Papa.
La petición explícita: conceder el mandato
Schneider no se limita a reflexionar. Formula una petición directa: que el Papa León XIV conceda el mandato apostólico para las consagraciones del 1 de julio.
Esta es la traducción al español de la parte central de su farragosa carta:
“Con sincera preocupación por la unidad de la Iglesia y el bien espiritual de tantas almas, apelo con reverente y fraternal caridad a nuestro Santo Padre, el Papa León XIV:
Santísimo Padre, conceda el Mandato Apostólico para las consagraciones episcopales de la FSSPX. Usted es también el padre de sus numerosos hijos e hijas: dos generaciones de fieles que, hasta ahora, han sido atendidos por la FSSPX, que aman al Papa y que desean ser verdaderos hijos e hijas de la Iglesia Romana. Por lo tanto, aléjese de las parcialidades ajenas y, con un gran espíritu paternal y verdaderamente agustiniano, demuestre que está construyendo puentes, como prometió hacer ante el mundo entero al impartir su primera bendición tras tu elección.
No pase a la historia de la Iglesia como alguien que no supo construir este puente —un puente que se podía construir en este momento verdaderamente providencial con una voluntad generosa— y que, en cambio, permitió una división ulterior, verdaderamente innecesaria y dolorosa, dentro de la Iglesia, mientras que al mismo tiempo se desarrollaban procesos sinodales que se jactan de la mayor amplitud pastoral e inclusividad eclesial posibles”.
Aquí se concentra el núcleo controversial de la carta: desplaza el peso de la decisión. Si la FSSPX consagra obispos sin permiso, el acto sería suyo; pero Schneider implica que el que sería responsable de la ruptura sería el Papa León… y no quienes están realizando el acto de rebeldía.
La diferencia con el Cardenal Sarah
La intervención de Schneider contrasta fuertemente con la reciente advertencia del Cardenal Robert Sarah, quien recordó que “Cristo no nos pedirá nunca romper la unidad de la Iglesia” y advirtió contra la tentación de crear un “magisterio paralelo”.
Mientras Schneider insiste en que la historia muestra matices disciplinarios, Sarah subraya el principio teológico de la unidad visible en torno al sucesor de Pedro. La tensión entre ambas posturas no es menor: una privilegia precedentes históricos para relativizar la gravedad jurídica del acto; la otra enfatiza el significado eclesiológico actual de consagrar obispos contra la voluntad expresa del Papa.
El punto crítico: 2026 no es el siglo IV
El argumento histórico de Schneider, aunque erudito, enfrenta una objeción evidente: la Iglesia contemporánea no vive en una estructura descentralizada como la de los primeros siglos. Hoy el mandato pontificio no es una práctica ocasional, sino un elemento estructural del orden episcopal universalmente reconocido. Es el Papa el que regularmente nombra obispos, los destituye o acepta sus renuncias.
Además, la diferencia decisiva es la intencionalidad pública. En este caso, no se trata de una consagración en contexto de persecución o vacío de autoridad, sino de un acto anunciado en oposición explícita a la Santa Sede tras una advertencia formal de que implicaría cisma.
El debate, por tanto, no es simplemente canónico. Es eclesiológico. ¿Puede una comunidad que se define por su adhesión a la Tradición actuar contra el juicio del sucesor de Pedro y sostener que permanece plenamente dentro de la comunión?
Una decisión que definirá el pontificado
La carta de Schneider quiere aumentar la presión sobre León XIV. Si el Papa concede el mandato, parecerá validar décadas de desafío disciplinar. Si lo niega y la FSSPX procede, la fractura quedará formalizada.
Lo que está en juego no es tanto el futuro de los lefebvristas, sino la interpretación misma de la autoridad en la Iglesia postconciliar. La pregunta ya no es si existe crisis. La pregunta es si la crisis autoriza a actuar al margen del principio visible de unidad.
En las próximas semanas, el Papa deberá decidir no solo qué hacer con la FSSPX, sino qué mensaje enviar sobre la naturaleza misma de la comunión episcopal en la Iglesia católica. Más que nunca, hay que rezar por el Sucesor de Pedro.



