Cristo nunca pide romper con la Iglesia
La advertencia del Cardenal Robert Sarah a los lefebvristas: no hay justificación para el cisma que planean
El Cardenal Robert Sarah, Prefecto emérito del Dicasterio para la Sagrada Liturgia
Como expliqué en mi último artículo sobre el planeado cisma Lefebvrista, la confrontación entre la Sede de Pedro y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha entrado en una fase nueva y más peligrosa: ya no se trata de matices litúrgicos ni de interminables discusiones teológicas; sino del acto concreto y objetivamente rupturista cismático de consagrar obispos contra la voluntad del Papa y sin mandato pontificio. El Vaticano lo ha dicho sin rodeos: proceder así implicaría una “ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma)” con “graves consecuencias”.
En ese contexto, este domingo 22 de febrero, el cardenal Robert Sarah, prefecto emérito del Dicasterio para el Culto Divino, ha publicado en la revista católica tradicional francesa Tribune Chrétienne una firme advertencia pública que vale por su claridad y por el peso moral de quien la pronuncia.
Defender la Tradición…no una iglesia paralela
El Cardenal explica que se trata de una advertencia que no es “contra la Tradición”, sino contra la tentación de erigirse en Iglesia paralela
Lo más interesante del texto es que Sarah no habla como un burócrata ni como un polemista. Habla como un pastor. Y pone el dedo en la llaga sin conceder a la Fraternidad la coartada que siempre busca: “Roma nos persigue por ser tradicionales”.
No. Lo que está en juego, insiste Sarah, es algo anterior y más radical: la comunión visible con el sucesor de Pedro como elemento constitutivo -no opcional- de la Iglesia.
En su argumento, apoyándose en la Escritura, el Cardenal vuelve a la escena fundacional: la confesión de Pedro (“Tú eres el Cristo…”) y la promesa de Cristo (“Tú eres Pedro… sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…”); para recordarle a los lefebvristas que la unidad en torno a Pedro no es una conveniencia administrativa, sino una voluntad del Señor.
No hay crisis que justifique la ruptura
Aquí el Cardenal rompe el espejismo que tanto explotan los lefebvristas: la idea de que “la crisis” justifica la ruptura. Sarah no niega la crisis; pero niega el remedio. La tempestad existe, sí; pero abandonar la barca de Pedro no es valentía: es entregarse al oleaje.
“Cristo no nos pedirá nunca romper la unidad”, es la frase que deja a la FSSPX sin coartadas. Ninguno de su alambicados e interminables circunloquios son capaces de argumentar convincentemente contra la lógica del Cardenal Sarah, un Prelado que, por lo demás, los quiere sinceramente.
La línea central del Purpurado guineano y deliberadamente irrefutable es esta: “Podemos afirmar que la mejor manera de defender la fe, la Tradición y la auténtica liturgia será siempre seguir a Cristo obediente. Cristo no nos pedirá nunca romper la unidad de la Iglesia.”
Esto es demoledor para el relato lefebvrista, porque les quita el argumento sentimental más frecuente, y el que mantiene empecinados a la mayoría de sus seguidores: “desobedecemos por amor a la Tradición”.
Sarah les responde: la obediencia no es un adorno; es parte de la forma cristiana de defender la fe. Y, sobre todo, la Tradición no puede convertirse en una bandera para justificar una separación objetiva del principio visible de unidad.
En la práctica, el Cardenal está diciendo lo que Roma viene diciendo con lenguaje canónico: que la fidelidad a la fe nunca puede exigir el acto que formaliza una iglesia paralela.
La patología de ponerse como juez de la ortodoxia
Sarah también apunta con bisturí al mecanismo mental que suele preceder al cisma: el “magisterio paralelo”. Es decir, el momento en que un grupo, “incluso con buena intención”, empieza a comportarse como tribunal último de la ortodoxia, “corrigiendo” a la Iglesia desde fuera y midiendo la legitimidad eclesial según sus propios criterios.
Esto conecta directamente con lo que señalé en mi artículo anterior: la petulancia doctrinal y la falsa simetría. La FSSPX escribe como si Roma y Menzingen -la sede de los cismáticos- fueran dos partes equivalentes negociando términos, cuando la realidad eclesial es otra: la Iglesia no se somete a un comité; y el Papa no puede “rendir” la comunión de la Iglesia universal a la lectura de un movimiento que nació precisamente como oposición sistemática al Concilio y a la reforma litúrgica.
El Vaticano propuso un diálogo teológico con una condición mínima: suspender las consagraciones anunciadas. Los lefebvristas rechazaron el marco, la condición y confirmaron el 1 de julio como fecha del cisma, alegando “supervivencia” de la Tradición.
No hace falta ser canonista para entender lo que eso significa: hablar mientras se ejecuta el acto que rompe la comunión no es diálogo; es imponer un hecho consumado. Por eso el texto de Sarah, aunque no use el vocabulario de la sanción, funciona como una última alarma moral: no hay “Tradición” que justifique un paso que produce división objetiva.
Y aquí está el punto que muchos prefieren evitar: si la FSSPX sigue adelante, Roma no queda ante un “desacuerdo litúrgico”, sino ante una decisión de ruptura. No porque Roma “quiera castigar” a nadie, sino porque el acto tiene un significado eclesiológico propio: consagrar obispos contra el Papa es declarar, de facto, que se puede garantizar la sucesión apostólica y el gobierno sacramental al margen del principio visible de unidad.
El final real: o comunión o narrativa
El texto de Sarah es valioso porque obliga a elegir. No entre “Roma moderna” y “Tradición”, sino entre comunión y narrativa. Entre permanecer en la barca -aunque esté sacudida- o construir una barca propia y llamarla “fidelidad”.
La crisis de la Iglesia no se cura con fuga. Se cura con santidad, con claridad doctrinal, con reforma real y con obediencia sobrenatural. Eso es lo que Sarah les recuerda a los lefebvristas: que Cristo puede pedirnos sufrir dentro de la Iglesia, pero no romperla.
Aquí mi traducción al español de la advertencia del Cardenal Robert Sarah publicada por Tribune Chrétienne este domingo.
Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Con estas palabras, Pedro, al ser interrogado por el Maestro sobre su fe en Él, resume la herencia que la Iglesia, mediante la sucesión apostólica, ha custodiado, profundizado y transmitido durante dos mil años: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador. «Estas clarísimas palabras del Papa León XIV sobre la fe de Pedro, al día siguiente de su elección, aún resuenan en mi alma». El Santo Padre resume así el misterio de la fe que los obispos, sucesores de los apóstoles, nunca deben dejar de proclamar. Ahora bien, ¿dónde podemos encontrar a Jesucristo, el único Redentor? San Agustín nos responde con claridad: «Donde está la Iglesia, allí está Cristo». Por lo tanto, nuestra preocupación por la salvación de las almas se traduce en nuestro compromiso de guiarlas hacia la única fuente, que es Cristo, quien se entrega en su Iglesia. Solo la Iglesia es el camino ordinario de la salvación; es, por tanto, el único lugar donde la fe se transmite íntegramente. Es el único lugar donde la vida de la gracia se nos da plenamente a través de los sacramentos. En la Iglesia hay un centro, un punto de referencia obligado: la Iglesia de Roma, gobernada por el Sucesor de Pedro, el Papa. «Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).
Abandonar la barca de Pedro equivale a rendirse a las olas de la tormenta.
Deseo expresar mi profunda preocupación y profunda tristeza al conocer el anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Monseñor Lefebvre, de proceder a las ordenaciones episcopales sin mandato pontificio.
Se nos dice que esta decisión, que desobedecería la ley de la Iglesia, está motivada por la ley suprema de la salvación de las almas: suprema lex, salus animarum. Pero la salvación es Cristo, y Él se da solo en la Iglesia. ¿Cómo puede alguien pretender guiar a las almas a la salvación por caminos distintos a los que Él mismo ha indicado? ¿Acaso querer la salvación de las almas desgarra el Cuerpo Místico de Cristo de forma irreversible? ¿Cuántas almas corren el riesgo de perderse por esta nueva ruptura?
Se nos dice que este acto pretende defender la Tradición y la fe. Sé cuánto se desprecia hoy en día el depósito de la fe, incluso por quienes tienen la misión de defenderlo. Sé que algunos olvidan que solo la cadena ininterrumpida de la vida de la Iglesia, la proclamación de la fe y la celebración de los sacramentos —lo que llamamos Tradición— nos da la garantía de que lo que creemos es el mensaje original de Cristo transmitido por los apóstoles. Pero también sé, y creo firmemente, que en el corazón de la fe católica está nuestra misión de seguir a Cristo, quien se hizo obediente hasta la muerte. ¿Podemos realmente prescindir de seguir a Cristo en su humildad hasta la cruz? ¿No es traicionar la Tradición refugiarnos en medios humanos para preservar nuestras obras, aunque sean buenas?
Nuestra fe sobrenatural en la indefectibilidad de la Iglesia puede llevarnos a decir con Cristo: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26,38), al ver la cobardía de los cristianos e incluso de los prelados que renuncian a enseñar el depósito de la fe y prefieren sus opiniones personales en materia de doctrina y moral. Pero la fe nunca puede llevarnos a renunciar a la obediencia a la Iglesia. Santa Catalina de Siena, quien no dudó en amonestar a los cardenales e incluso al Papa, exclamó: «Obedeced siempre al pastor de la Iglesia, porque él es el guía que Cristo ha establecido para guiar las almas hacia Él». El bien de las almas nunca puede pasar por la desobediencia deliberada, porque el bien de las almas es una realidad sobrenatural. No reduzcamos la salvación a un juego mundano de presión mediática.
¿Quién nos dará la certeza de estar verdaderamente en contacto con la fuente de la salvación? ¿Quién nos garantizará que no hemos tomado nuestra opinión por la verdad? ¿Quién nos preservará del subjetivismo? ¿Quién garantizará que sigamos siendo irrigados por la única Tradición que nos viene de Cristo? ¿Quién nos asegurará que no nos anticipamos a la Providencia y que la seguimos dejándonos guiar por sus indicaciones? A estas angustiosas preguntas solo hay una respuesta, dada por Cristo a los apóstoles: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Lc 10,16; Jn 20,23). ¿Cómo podemos asumir la responsabilidad de apartarnos de esta única certeza? Se nos dice que esto se hace por fidelidad al Magisterio anterior, pero ¿quién puede garantizarlo sino el propio Sucesor de Pedro? Aquí hay una cuestión de fe. «Quien desobedezca al Papa, representante de Cristo en la tierra, no compartirá la sangre del Hijo de Dios», dijo también santa Catalina de Siena. No se trata de una fidelidad mundana a un hombre y a sus ideas personales. No se trata de un culto a la personalidad del Papa. No se trata de obedecer al Papa cuando expresa sus propias ideas u opiniones. Se trata de obedecer al Papa cuando dice, como Jesús: «Mi enseñanza no es mía, sino de aquel que me envió» (Jn 7,16).
Es una visión sobrenatural de la obediencia canónica, que garantiza nuestro vínculo con Cristo mismo. Es la única garantía de que nuestra lucha por la fe, la moral católica y la Tradición litúrgica no se desvíe hacia la ideología. Cristo no nos ha dado otra señal segura. Abandonar la barca de Pedro y organizarse de forma autónoma y en un círculo cerrado equivale a rendirse a las olas de la tormenta.
Sé bien que a menudo, incluso dentro de la Iglesia, hay lobos disfrazados de corderos. ¿Acaso Cristo mismo no nos advirtió de esto? Pero la mejor protección contra el error sigue siendo nuestro vínculo canónico con el Sucesor de Pedro. «Es Cristo mismo quien quiere que permanezcamos en unidad y que, incluso heridos por los escándalos de los malos pastores, no abandonemos la Iglesia», nos dice san Agustín. ¿Cómo podemos permanecer insensibles a la oración angustiada de Jesús: «Padre, que sean uno como nosotros somos uno» (Jn 17,22)? ¿Cómo podemos seguir destrozando su Cuerpo con el pretexto de salvar almas? ¿No es Él, Jesús, quien salva? ¿Somos nosotros y nuestras estructuras quienes salvamos almas? ¿No es a través de nuestra unidad que el mundo creerá y se salvará? Esta unidad es, ante todo, la de la fe católica; es también la de la caridad; y, finalmente, la de la obediencia. Quisiera recordar que el Santo Padre Pío de Pietrelcina fue injustamente condenado por hombres de la Iglesia durante su vida. Cuando Dios le concedió una gracia especial para ayudar a las almas de los pecadores, se le prohibió confesar durante doce años. ¿Qué hizo? ¿Desobedeció en nombre de la salvación de las almas? ¿Se rebeló en nombre de la fidelidad a Dios? No; guardó silencio. Entró en una obediencia crucificante, seguro de que su humildad sería más fructífera que su rebelión. Escribió: «El buen Dios me ha hecho comprender que la obediencia es lo único que le agrada; es para mí el único medio de esperar la salvación y cantar la victoria».
Podemos afirmar que el mejor medio para defender la fe, la Tradición y la liturgia auténtica será siempre seguir a Cristo obediente. Cristo nunca nos ordenará romper la unidad de la Iglesia.



