Un cura de barrio responde a una actriz progre
Silvia Abril despreció en TV el interés de los jóvenes españoles por la fe… el sacerdote "Patxi" Bronchalo le respondió así
El Padre Francisco José “Patxi” Bronchalo responde a una actriz “woke”
Silvia Abril es una actriz, (supuesta) humorista y presentadora española que encarna con bastante fidelidad un tipo muy reconocible del ecosistema cultural español: el anticlericalismo automático, cómodo y previsiblemente alineado con los clichés ideológicos dominantes en buena parte de la industria del entretenimiento.
Fuera de España su nombre no significa nada; dentro de la península mantiene cierta presencia mediática gracias a ese circuito cultural donde el desprecio a la fe cristiana sigue siendo una forma barata de señalizar virtudes progresistas.
El ataque gratuito
El domingo 1 de marzo, Abril protagonizó uno de los momentos más comentados de la 40ª edición de los Premios Goya 2026 al pronunciarse con visible desdén sobre la relación de algunos jóvenes con la fe cristiana tras ver la película Los Domingos, la gran triunfadora de la velada. La cinta -como comenté poco después de su estreno- presenta de manera directa y sin caricaturas el discernimiento vocacional de una joven española de 17 años que decide entrar en un convento de clausura.
En la alfombra roja, respondiendo al medio Cinemanía, Abril reaccionó ante ese fenómeno con una mezcla de incomodidad y desprecio que dice mucho más del clima cultural dominante que de la película misma:
«Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano... da pena que necesiten creer en algo y se agarren en la fe cristiana».
No se detuvo ahí. También dedicó una pulla a la Iglesia Católica con un comentario cargado de la condescendencia habitual del anticlericalismo televisivo:
«Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito [un quiosco o bar de playa, generalmente al aire libre y cerca del mar] tenéis montado. Se acabó. Se acabó. Vayan saliendo».
La respuesta a Abril
Las palabras de Abril provocaron numerosas reacciones críticas: algo que hace apenas unos años habría pasado como un comentario más dentro del monocultivo ideológico de la televisión española hoy genera contestación pública.
Entre quienes respondieron destacó la periodista Mariló Montero. Durante la emisión del programa Espejo Público señaló:
“Lo que me llama la atención de sus declaraciones es que, en vez de hacer una valoración sobre las protagonistas de ‘Sorda’ y ‘Los Domingos’ y en vez de sujetar su argumento de que ‘Los Domingos’ no le gustaba tanto como ‘Sorda’, critica a los creyentes o a los jóvenes que necesitan buscar un refugio en la fe...
‘Los Domingos’ es un peliculón muy recomendable”... la Iglesia Católica a nivel mundial no es ningún chiringuito, sino un espacio capaz de dar ayuda a miles y miles de personas a las que no ayuda nadie”.
Entra el cura de barrio
Pero la respuesta más contundente -y también la más difícil de descalificar- no llegó desde un estudio de televisión ni desde el debate cultural de moda. Llegó desde una parroquia de barrio.
La escribió el sacerdote Francisco Javier “Patxi” Bronchalo. Bronchalo es párroco en Valdemoro, en una zona industrial y modesta de la diócesis de Getafe. Tiene 34 años y lleva ocho de sacerdocio. Muchos lo conocen por sus vídeos en YouTube, su presencia ponderada en redes sociales y sus simpáticos dibujos. A su intensa labor pastoral se suma su trabajo como autor: primero publicó un libro contra la pornografía y recientemente Santos o nada (editorial Palabra), con el significativo subtítulo «La fe para inconformistas y revolucionarios». Además, es columnista -muy recomendable- en Religión en Libertad.
El valor de la Fe
Desde su parroquia, Bronchalo decidió responder a la actriz con una carta que se ha difundido ampliamente en redes. Lo hizo sin insultos, sin estridencias y sin la superioridad moral tan frecuente en ciertos discursos mediáticos. En lugar de eso, describió algo mucho más incómodo para el anticlericalismo superficial: la realidad concreta del sufrimiento humano.
El sacerdote recuerda escenas habituales de su ministerio: el funeral repentino de un hombre de cincuenta años, la angustia de una viuda y de unos padres que lloran ante el féretro de su hijo, la muerte de una niña en oncología infantil que afronta sus últimos días diciendo que pronto estará “con Jesús”.
Frente a ese dolor real -explica- la fe no es una carencia ni una superstición sentimental, sino una fuente de esperanza que permite a muchas personas seguir viviendo.
Bronchalo plantea entonces una pregunta implícita pero devastadora: si la fe es tan ridícula como sugieren las palabras de Abril, ¿qué alternativa concreta propone ella para quienes se enfrentan a la muerte de un hijo, al vacío de la pérdida o a la angustia del sufrimiento?
La carta también desmonta con sencillez el tópico del supuesto “chiringuito” eclesial. El sacerdote describe la vida ordinaria de su parroquia: visitas a enfermos que viven solos en edificios sin ascensor, acompañamiento a familias rotas, atención a jóvenes atrapados en adicciones, reparto de alimentos a inmigrantes a través de Cáritas. Ningún foco, ninguna alfombra roja, ninguna gala. Solo el trabajo silencioso que miles de parroquias realizan cada día.
En ese contexto, Bronchalo lanza una invitación que suena más a desafío que a gesto protocolario: que la actriz pase una jornada completa en su parroquia, visitando enfermos, escuchando historias de dolor y ayudando a repartir alimentos. Allí -sugiere- podría tratar de explicar personalmente a esas personas por qué “da pena” que crean en algo.
El sacerdote concluye con una reflexión más profunda sobre el fenómeno que tanto desconcierta a ciertos ambientes culturales: el redescubrimiento de la fe entre muchos jóvenes. No se trata -explica- de una debilidad ni de un refugio infantil. Muchos jóvenes buscan a Dios precisamente porque han crecido rodeados de comodidades pero vacíos de sentido.
Cuando alguien tiene frío, escribe Bronchalo, busca un lugar donde haya fuego.
La fe, para muchos de ellos, es simplemente eso.
El fuego que algunos llevan décadas intentando apagar… y que, para su sorpresa, vuelve a encenderse.
Aquí la carta completa del Padre “Patxi” a Silvia Abril tal como la ha publicado en su cuenta de X:
Carta de un cura de barrio a Silvia Abril:
Estimada Silvia:
Me llamo Francisco Javier. Soy un sacerdote del montón que vive y trabaja en un barrio obrero del sur de Madrid, en Leganés. En mi día a día no hay focos ni maquillaje; aquí la vida es muy auténtica.
Me dedico a estar con gente que sufre mucho, a escuchar a quien no duerme por la ansiedad de los problemas, a consolar a quien ha perdido a alguien querido y a dar esperanza a quien ya no ve salida. Como mis compañeros, trato de ayudar a todo el que lo pide.
He escuchado unas declaraciones suyas en la gala de los premios Goya en las que, entre otras cosas, dijo: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano; me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana». Por eso me he animado a escribirle y contarle algunas cosas.
Hace menos de un mes celebré un funeral de cuerpo presente por un hombre de cincuenta años que murió de manera repentina. Infarto. Aún tengo grabados a su padre y a su madre llorando desconsolados delante del féretro, y la cara de angustia de su mujer y de sus dos hijos, que han quedado huérfanos.
Fue duro. Les dije que, si existe la sed, es porque existe el agua; y que, si existe el deseo de volver a abrazar a las personas que queremos, es porque existe el Cielo. Les anuncié que seguimos a un Dios que conoce el camino para salir de la tumba. Hace unos días su mujer me dio las gracias porque aquella oración era lo único que le había dado esperanza.
Al ver sus declaraciones pensé que usted podría haber venido conmigo al tanatorio y, mirando a sus hijos a los ojos, haberles dicho: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano». Y luego, a su viuda y a sus padres: «Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana».
La última vez que asistí de cerca a la muerte de una niña fue el año pasado. La planta de oncología infantil del hospital estaba decorada con cariño para dar algo de luz en medio del sufrimiento de aquellos pequeños. Sus padres me llamaron. Estuve hablando largo rato con ellos. Me emocioné cuando su madre me dijo que la niña había dicho que sabía que iba a estar bien porque iba «con Jesús».
Después le administré la unción y rezamos juntos en familia. Volví por los pasillos secándome las lágrimas. Aún la recuerdo riendo con su pañuelo en la cabeza. Murió unos días después. ¿Sabe qué, Silvia? He pensado que quizá le hubiera gustado estar allí para decirle aquello de: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano».
Hoy sus padres siguen adelante con un dolor inmenso y también con esperanza; incluso han recibido el regalo de otra hija. ¿Se atrevería usted a venir conmigo un día a verles y repetirles que le da pena que necesiten creer en algo?
Usted dijo también: «Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado». ¿Sabe algo? En este barrio donde estoy no hay alfombras rojas ni se celebran galas. No hay salas VIP ni trajes de noche. Sí que hay camareros inmigrantes, pero aquí suelen servir café en las mesas, no están con bandejas llevando cócteles y aperitivos gourmet en las fiestas. Soy feliz aquí, quiero a este barrio. La invito a venir, Silvia.
Véngase a mi «chiringuito» parroquial y quédese una mañana conmigo visitando a los enfermos que ya no pueden salir a la calle porque viven en edificios sin ascensor. Escuche las historias de mujeres que están solas porque sus hijos no las visitan nunca. Oiga a hombres que viven con la herida de haber perdido hijos por la droga o el alcohol. Puede ofrecerles alguno de esos consejos que se dicen en televisión.
Después, por la tarde, acompáñenos con las voluntarias de Cáritas repartiendo alimentos a familias inmigrantes. No tenemos photocall, pero puede ayudar a repartir cajas de fruta, puede mirarlas y escuchar sus historias, y comparta con ellas sus recetas sobre la fe.
O quédese conmigo atendiendo a jóvenes que no logran salir de una adicción, que sufren por la ruptura de sus familias o por la angustia de no poder independizarse. Estarán encantados de escuchar sus soluciones. Luego le invito a quedarse en Misa con nosotros.
Y no voy a cobrarle nada. En mi «chiringuito» no entra un solo céntimo de quien no quiere darlo libremente en la declaración de la renta. En cambio, de los impuestos que yo pago, una parte irá a sus películas, lo quiera yo o no.
¿Sabe por qué muchos jóvenes, y también adultos, vuelven a lo cristiano? No es que volver sea una carencia. Es que tienen carencias porque han crecido rodeados de cosas, pero vacíos de sentido. Mucha gente de las generaciones anteriores les han dado de todo pero les han negado lo más importante.
Cuando alguien tiene frío, busca un refugio donde haya fuego, ese fuego que a veces se les ocultó. Necesitan creer porque, como usted y como yo, sufren, lloran, se angustian, tienen miedo y experimentan debilidad. Porque ven la vida con profundidad y no se conforman con que sea solo lo que se les ha ofrecido.
Sus declaraciones suenan a cierta superioridad moral, como si ser frágil y apoyarse en la fe fuera algo vergonzoso, como si tuviéramos que ser superhéroes perfectos que nunca fallan. Y luego nos preguntamos por qué la salud mental es un problema creciente.
Sinceramente, hoy rezaré por usted.
Que tenga un buen día.
Francisco Javier Bronchalo,
cura de barrio.



