Santa Sede a lefebvristas: ordenar obispos será “un acto cismático”
Si los lefebvristas persisten en las ordenaciones, serán excomulgados
El obispo cismático Marcel Lefebvre
El Vaticano elevó este miércoles el tono frente a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X —los llamados lefebvristas— y declaró con toda claridad que las ordenaciones episcopales que el grupo tradicionalista ha anunciado para el próximo 1 de julio constituirán “un acto cismático” si se realizan sin mandato pontificio.
La advertencia fue formulada por la persona que, por su reputación, es la menos indicada para llegar a los lefebvristas; el cardenal Víctor Manuel Fernández. Pero la hace en calidad de prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Y eso es lo importante.
Según Vatican News, el Papa “sigue rezando” para que los responsables de la Fraternidad rectifiquen y eviten lo que la Santa Sede califica como una “gravísima decisión”.
La declaración de Fernández no deja demasiado margen para las piruetas retóricas. “Las ordenaciones episcopales anunciadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X no cuentan con el correspondiente mandato pontificio”, afirmó el prefecto. Ese gesto, añadió, constituirá “un acto cismático”, citando expresamente el motu proprio Ecclesia Dei de San Juan Pablo II.
El mismo texto recuerda además que “la adhesión formal al cisma constituye una grave ofensa a Dios y lleva consigo la excomunión debidamente establecida por la ley de la Iglesia”. Es decir: Roma no está hablando de una irregularidad administrativa, ni de una simple tensión disciplinar, ni de una cuestión de sensibilidad litúrgica. Está hablando del corazón visible de la comunión católica: la obediencia al Sucesor de Pedro en materia episcopal.
Un conflicto que no empezó ayer
La nueva advertencia vaticana se produce después de que la Fraternidad San Pío X anunciara el 2 de febrero que procedería a nuevas consagraciones episcopales el 1 de julio. La propia Fraternidad presentó la decisión como necesaria para asegurar la continuidad de su ministerio episcopal.
Pero el problema, como ya he señalado en Hoy en la Iglesia, no es si a un grupo de católicos le gusta más o menos la Misa tradicional, ni si hay legítimas críticas que hacer a abusos litúrgicos, confusiones doctrinales o decisiones pastorales de los últimos pontificados. El problema es mucho más básico y mucho más grave: nadie puede decir que defiende la Tradición católica mientras rompe, precisamente, con el principio visible de unidad que pertenece a esa misma Tradición.
Eso fue exactamente lo que San Juan Pablo II afirmó en 1988, después de que Marcel Lefebvre consagrara obispos sin mandato pontificio. En Ecclesia Dei, el Papa polaco describió aquel acto como una “desobediencia al Romano Pontífice en materia gravísima y de capital importancia para la unidad de la Iglesia”, precisamente porque la ordenación de obispos está vinculada a la sucesión apostólica. Por eso, afirmó, esa desobediencia “constituye un acto cismático”.
Juan Pablo II fue todavía más al fondo del asunto: la raíz del acto cismático, escribió, era una noción “imperfecta y contradictoria” de la Tradición. Imperfecta, porque no reconoce el carácter vivo de la Tradición en la Iglesia; contradictoria, porque pretende oponer la Tradición al Magisterio universal de la Iglesia y al Romano Pontífice. “Nadie puede permanecer fiel a la Tradición si rompe los lazos y vínculos” con aquel a quien Cristo confió el ministerio de la unidad, advirtió entonces el Papa.
La Fraternidad rechazó el diálogo con Roma
El episodio actual no llega sin advertencias previas. El 12 de febrero, el cardenal Fernández se reunió en el Vaticano con el superior general de la Fraternidad, el padre Davide Pagliarani. La Santa Sede propuso entonces iniciar un diálogo “específicamente teológico” y pidió suspender las ordenaciones anunciadas, advirtiendo que proceder sin mandato pontificio implicaría una ruptura decisiva de la comunión eclesial.
La respuesta de Pagliarani, publicada después, fue negativa. Según Vatican News, el superior de la Fraternidad sostuvo que no podía aceptar ni la perspectiva del diálogo planteado por el Dicasterio ni el aplazamiento de la fecha del 1 de julio. En la práctica, la Fraternidad confirmó que seguiría adelante con las ordenaciones, presentándolas como una “necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición”.
Ahí está el núcleo del drama: la Fraternidad vuelve a invocar la “Tradición” para justificar un acto que Roma identifica precisamente como ruptura de la comunión. Es la misma lógica de 1988. Y, por eso mismo, la Santa Sede está usando el mismo lenguaje de 1988.
No es la Misa tradicional: es Pedro
La advertencia del Vaticano tiene una importancia particular porque corta de raíz una confusión muy frecuente: identificar el caso lefebvrista con el amor legítimo de muchos católicos por la liturgia tradicional. No son lo mismo.
San Juan Pablo II, en Ecclesia Dei, manifestó explícitamente su voluntad de facilitar el regreso a la plena comunión de sacerdotes, seminaristas y fieles ligados de diversas formas a la Fraternidad que desearan permanecer unidos al Sucesor de Pedro, conservando sus tradiciones espirituales y litúrgicas. También pidió respeto por la sensibilidad de quienes se sienten vinculados a formas litúrgicas de la tradición latina anteriores al Misal de San Pablo VI.
Es decir, Roma nunca dijo que amar la liturgia tradicional fuera cismático. Lo que sí dijo —y ahora repite— es que consagrar obispos contra la voluntad del Papa toca directamente la unidad de la Iglesia.
La diferencia es decisiva. Un católico puede amar la Misa tradicional, criticar con razón y duramente los abusos litúrgicos y sufrir ante la creciente mediocridad doctrinal de muchos ambientes eclesiales, incluyendo el Vaticano mismo, cuando por ejemplo autoriza un documento elogiando la sodomía y atacando a un apostolado católico como Courage.
Graves como son, esas heridas no pueden ser convertidas en una excusa para proclamar unilateralmente “extrema necesidad” actuar como si el Papa no tuviera autoridad real sobre la Iglesia universal.
Una última oportunidad
La frase final de la declaración de Fernández tiene tono de advertencia, pero también de súplica. El Papa León XIV, dice el texto, pide al Espíritu Santo que ilumine a los responsables de la Fraternidad para que “den marcha atrás” ante la decisión tomada.
El lenguaje hace justicia a un hecho que los lefebvristas han distorsionado: ésta no es una disputa estética, ni una batalla entre progresistas y conservadores, ni una reacción emocional frente a los desastres reales que existen en la Iglesia. Se trata de algo más elemental: la comunión católica no es una idea decorativa. Tiene una forma visible. Y esa forma pasa por Pedro.
Los lefebvristas todavía pueden detenerse. Pero si proceden con las ordenaciones episcopales sin mandato pontificio, ya no podrán presentarlo como un malentendido, una exageración romana o una disputa semántica. El Vaticano acaba de decirlo con todas sus letras: será un acto cismático. Y deberán pagar las consecuencias.




¿Las consagraciones de los cuatro obispos tradicionalistas realizadas por los monseñores Marcel Lefevbre y Antonio de Castro Mayer, en 1988, no conformaron ya un cisma?
Recuerdo si, que entonces hubo excomuniones efectivas.