¿Sacerdocio femenino? El Biógrafo de San Juan Pablo II responde a un cardenal Jesuita
George Weigel le explica al Cardenal Hollerich que el tema no sólo está cerrado, sino que hace mal a la Iglesia el promoverlo
Cardenal Jean-Claude Hollerich SJ, Arzobispo de Luxemburgo y Relator General para el Sínodo sobre la sinodalidad
En una carta abierta publicada este 15 de abril en la revista católica norteamericana Catholic World Report, George Weigel -uno de los intelectuales católicos más conocidos del mundo anglosajón y biógrafo de San Juan Pablo II- le dirigió una reprimenda directa al cardenal Jean-Claude Hollerich, SJ -uno de los grandes arquitectos del “camino sinodal”-, por seguir insinuando que la ordenación de mujeres sería una “cuestión pendiente”, discutible o eventualmente reversible.
Weigel, de pluma filuda, no da rodeos. Va al punto y le plantea al cardenal una pregunta demoledora: si este asunto no estuviera ya resuelto, entonces habría que concluir que la Iglesia habría estado equivocada durante dos mil años en algo que toca su propia constitución.
El cardenal jesuita y su “espíritu sinodal”
Y ahí está precisamente el corazón del problema. No estamos ante una discusión táctica, ni ante una “actualización pastoral”, ni ante uno de esos temas que algunos burócratas eclesiales tratan como si fueran piezas intercambiables en la mesa sinodal.
Lo que Weigel le recuerda a Hollerich es mucho más básico y mucho más incómodo: la cuestión de quién puede recibir el Orden sagrado nunca ha sido entendida por la Iglesia como una simple norma administrativa. Se trata de algo ligado a la naturaleza misma del sacerdocio y, por tanto, a la estructura querida por Cristo para su Iglesia.
La carta responde a unas declaraciones de Hollerich citadas por diversos medios en marzo y, lo peor de todo, retomadas por Vatican News, la agencia oficial del Vaticano, hace apenas unos días. En ellas, el cardenal había dicho que no podía imaginar cómo la Iglesia podría sobrevivir a largo plazo si “la mitad del Pueblo de Dios” supuestamente “sufre” por no tener acceso al ministerio ordenado.
La ambigüedad como táctica
En la misma entrevista, dirigida al mundo alemán, el cardenal jesuita intentó matizar, diciendo que se refería específicamente al diaconado femenino y a una perspectiva de largo plazo. Pero el daño ya estaba hecho, porque el problema no es solo la precisión de la frase, sino la ideología mundana, promovida por el “camino sinodal”, que la sostiene: la falsa idea de que el acceso al ministerio ordenado sería la medida de la plena dignidad eclesial de la mujer.
Weigel desarma esa premisa con una dureza elegante. Viene a decirle al cardenal que esa forma de plantear el tema delata una visión clerical de la Iglesia. En otras palabras: si alguien llega a pensar que la plenitud de la vida cristiana depende de recibir órdenes sagradas, entonces no ha entendido ni el Evangelio ni la santidad.
En efecto, la Virgen María no fue sacerdote. Santa Catalina de Siena no fue sacerdote. Santa Teresa de Ávila no fue sacerdote. Edith Stein no fue sacerdote. Y, sin embargo, nadie en su sano juicio diría que estuvieron privadas de la plenitud de la vida en Cristo. Ese es uno de los golpes más certeros de la carta: no solo rebate un error doctrinal, sino que deja al descubierto el clericalismo anticuado disfrazado de reivindicación contemporánea.
¿Las razones? Ideología vs Teología
Weigel también apunta a algo que demasiados prelados -especialmente los entusiastas del “camino sinodal”- parecen haber olvidado: la Iglesia no está obligada a arrodillarse ante las confusiones culturales del momento. Su argumento central es que la diferencia sexual no es un accidente biológico irrelevante ni una especie de armazón biológico sin significado teológico. La fe católica sostiene que Dios creó al ser humano “varón y mujer”, y que esa realidad no puede ser borrada ni reducida por las fantasías ideológicas de la modernidad tardía.
Desde ahí, Weigel vuelve a una convicción clásica de la teología católica: el sacerdote actúa sacramentalmente como signo de Cristo Esposo en relación con su Iglesia Esposa. Eso no puede traducirse a categorías de cuota, acceso o representación sociológica sin destruir el lenguaje mismo del sacramento.
Lo más fuerte de la carta, sin embargo, llega cuando Weigel recuerda que este asunto ya fue zanjado por San Juan Pablo II. En Ordinatio Sacerdotalis, publicada en 1994, el Papa declaró que la Iglesia “no tiene en modo alguno la facultad” de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que este juicio “debe ser sostenido de modo definitivo” por todos los fieles.
Un año después, la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, respondió afirmativamente al dubio sobre si esta enseñanza pertenecía al depósito de la fe y explicó que había sido propuesta infaliblemente por el magisterio ordinario y universal. En otras palabras: no estamos ante una “preferencia”, sino ante una enseñanza definitiva.
El daño de la sensiblería “pastoral”
Por eso la insistencia de ciertos eclesiásticos en “mantener abierta” la discusión no es inocente. Es, en el mejor de los casos, una imprudencia grave. Y en el peor, un acto de desobediencia intelectual vestido de “sensibilidad pastoral”. Porque cuando un cardenal habla como si la Iglesia pudiera reconsiderar lo que ha dicho no poder hacer, no está acompañando al Pueblo de Dios: lo está confundiendo. No está abriendo una conversación: está erosionando la confianza de los fieles en que la Iglesia realmente cree lo que enseña.
Hay además una ironía brutal en todo este debate. Mientras tantos católicos sencillos luchan por mantenerse fieles en medio de una cultura que niega la realidad, dentro de la propia estructura eclesiástica siguen apareciendo voces que presentan como “profético” exactamente el mismo gesto que el mundo aplaude: disolver diferencias, relativizar límites, sospechar de toda forma recibida y convertir la doctrina en un material maleable.
Eso no es valentía. Eso es traición doctrinal con afán de aplauso. Y cuando ese cansancio se instala en la jerarquía, termina siempre con el mismo resultado: más ruido, más ambigüedad, más frustración y menos fe.
El deber de un pastor
Weigel, en el fondo, le está diciendo a Hollerich algo que demasiados obispos deberían escuchar: un pastor no está para amplificar confusiones, sino para disiparlas. No está para insinuar que mañana podría cambiar lo que la Iglesia ha enseñado definitivamente, sino para ayudar a los fieles a comprenderlo mejor, vivirlo mejor y amarlo mejor. Lo contrario no es misericordia. Es irresponsabilidad.
Porque no, el sacerdocio femenino no es un expediente pendiente en algún cajón sinodal. No es una reforma bloqueada por falta de coraje. No es una deuda histórica. Es una imposibilidad doctrinal que la Iglesia ha reconocido precisamente porque se sabe sierva de una Revelación que no inventó, sino que le fue dada por el mismo Señor Jesucristo.



