Los “AI Bros” ya están aquí. La Iglesia debe salir a su encuentro
La nueva generación de jóvenes que dominan herramientas de inteligencia artificial están tomando el control de áreas críticas
El economista Tyler Cowen los llama, afectuosamente, los “maniáticos de la inteligencia artificial”. En un lenguaje más coloquial podríamos llamarlos los AI Bros: jóvenes enérgicos, obsesivos y, con frecuencia, autodidactas, que prueban cada nuevo modelo apenas aparece, reorganizan su trabajo alrededor de agentes de inteligencia artificial y vislumbran posibilidades que muchas instituciones todavía ni siquiera han comenzado a comprender.
Según Cowen, uno de los economistas más informados y miembro del directorio de consejeros económicos de Anthropic -la empresa de IA creadora de Claude-, estas personas ejercerán una influencia desproporcionada sobre la siguiente etapa de la revolución de la inteligencia artificial: Ya están utilizando estas herramientas para crear empresas sorprendentemente pequeñas, automatizar procesos complejos, prescindir de credenciales tradicionales y competir con grandes organizaciones lastradas por burocracias y estructuras costosas.
La promesa
Algunos de ellos, dice Cowen, “realizarán aportes extraordinarios a la medicina, la ciencia, la educación y el emprendimiento”; pero otros, inevitablemente, descubrirán maneras peligrosas de emplear sistemas cuyas capacidades avanzan más rápidamente que la capacidad de gobiernos, empresas y sociedades para comprenderlas y controlarlas.
Desde una perspectiva católica, los riesgos y las promesas son evidentes.
Entre los riesgos, como advierte el Papa León XIV en su encíclica “Magnifica Humanitas” , la fascinación tecnológica puede convertirse fácilmente en idolatría. Cowen menciona el caso de una persona que canceló una importante cita que abriría las puertas a la posibilidad de un serio romance, para dedicar más tiempo a experimentar con un nuevo modelo de inteligencia artificial. La anécdota puede parecer graciosa, pero también revela un desorden más profundo: la subordinación de las relaciones humanas a la fascinación tecnológica.
También describe grupos de amigos que introducen un chatbot generado con inteligencia artificial en medio de sus conversaciones en línea, como si se tratara de un integrante humano más: si surge una discusión, alguien consulta al modelo y, de pronto, se considera que el asunto ha quedado resuelto porque la máquina supuestamente ha proporcionado “la verdad”.
La perspectiva católica
Como advierte el Papa, la inteligencia artificial no es un oráculo, y mucho menos una persona. Tratarla como cualquiera de las dos cosas puede terminar debilitando la conversación, la amistad, el juicio personal y la humildad necesaria para convivir con la incertidumbre.
Existe también una tentación particularmente antigua: la soberbia.
La inteligencia artificial entrega a individuos talentosos capacidades que antes requerían equipos completos, grandes instituciones o incluso gobiernos. Una sola persona técnicamente preparada puede crear una empresa, movilizar decenas de agentes digitales, penetrar sistemas informáticos, manipular información o influir sobre millones de personas. Y todo esto no es una posibilidad inminente. Como explica Cowen con varios ejemplos, esto es algo que ya está sucediendo
Esa concentración de poder práctico en personas muchas veces jóvenes, autonombradas y sin mayor rendición de cuentas debería preocuparnos. La energía y la inteligencia son dones admirables, pero no sustituyen la sabiduría, la conciencia ni la formación moral.
Las oportunidades
Sin embargo, el surgimiento de estos AI Bros no representa solamente un peligro. Constituye también una extraordinaria oportunidad de evangelización.
Cowen describe a estos jóvenes como personas esperanzadas, optimistas, valientes, escépticas ante el prestigio social y dispuestas a aprender por su cuenta. Son capaces de imaginar un futuro radicalmente distinto del presente.
Muchos son inmigrantes en países del primer mundo o personas ajenas a las élites tradicionales, que no esperan que las instituciones establecidas les abran las puertas. Confían en que el esfuerzo disciplinado y las nuevas herramientas pueden derribar obstáculos que antes parecían insuperables.
Hay algo admirable y profundamente humano en ese deseo de crear.
No son personas a las que la Iglesia deba acercarse únicamente para condenarlas. Son personas a las que la Iglesia debería buscar.
El mundo de la inteligencia artificial es, en muchos sentidos, un nuevo territorio de misión. Sus habitantes poseen una enorme confianza técnica, pero con frecuencia carecen de un lenguaje adecuado para hablar de la dignidad humana, la responsabilidad moral, el sufrimiento, el sacrificio y el bien común.
Pueden comprender cómo coordinar centenares de agentes de inteligencia artificial y, sin embargo, no tener una respuesta coherente a la pregunta más importante: ¿para qué sirve todo ese poder?
Pueden soñar con curar enfermedades, democratizar la habilidad de crear empresas o multiplicar la productividad y, al mismo tiempo, permanecer expuestos a la soledad, el narcisismo y la fantasía de que la inteligencia, por sí sola, puede salvar a la humanidad.
La pasión por evangelizar
La contribución católica debe ser, por tanto, afirmativa y desafiante.
Los católicos, especialmente los comprometidos con la evangelización de jóvenes, pueden reconocer su creatividad, su valentía y su deseo de construir. Porque el cristianismo no teme al ingenio humano; sino que lo entiende como una expresión de la imagen de Dios presente en el hombre.
Pero también debe confrontar la mitología tecnológica que confunde fabricar con crear, inteligencia con sabiduría, poder con autoridad e innovación con verdadero progreso.
El AI Bro necesita escuchar que no es un dios. Pero también necesita escuchar que no es simplemente una unidad económica ni una computadora biológica. Es una criatura: dotada de dones, limitada, responsable y hecha para la comunión.
Sus talentos no son posesiones destinadas exclusivamente a maximizar riqueza, poder o prestigio. Son dones que le han sido confiados para servir.
Por eso resulta importante la exhortación final de Cowen a estos “maniáticos de la inteligencia artificial”: que asuman seriamente sus nuevas responsabilidades.
Los católicos podemos responder: amén. Pero después debemos explicar qué significa realmente la responsabilidad.
Significa que la pregunta nunca puede limitarse a si un sistema puede ser construido, sino que debe incluir si ese sistema sirve realmente a la persona humana. E implica que ningún grado de dominio tecnológico justifica el abandono de la familia, la amistad, la adoración a Dios o la formación moral del alma.
El futuro puede pertenecer, en parte, a estos fanáticos de la inteligencia artificial. Y por ello la Iglesia -específicamente los católicos- debe entrar en su mundo, aprender su lenguaje, desafiar sus presupuestos e invitar toda esa energía extraordinaria a participar de una visión más grande de la persona humana.
Los AI Bros ya están construyendo el futuro.
La pregunta para la evangelización es si alguien los ayudará a comprender para qué existe, en último término, ese futuro y para qué ha sido creado el ser humano.



