Un funcionario del Dicasterio para la Doctrina de la Fe participó activamente en un “pago a la tierra” en Cusco. Esta vez el problema ya no es peruano, ni español, ni tiene que ver con las polémicas sobre el desaparecido Sodalicio: es un problema para la Iglesia universal.
Durante años, cada vez que alguien cuestionaba seriamente la actuación de monseñor Jordi Bertomeu Farnós en América Latina, sus defensores tenían preparada una explicación bastante conveniente: se trataba de una campaña de los antiguos miembros del Sodalicio de Vida Cristiana o de personas vinculadas a ellos.
Según esa narrativa, Bertomeu era simplemente el hombre que había tenido el coraje de enfrentarse a una organización poderosa, hacer justicia a sus víctimas y finalmente ejecutar su disolución. Por tanto, cualquier crítica a sus procedimientos, a su concentración de poder, a sus declaraciones públicas o a las numerosas irregularidades que algunos hemos venido denunciando podía ser descartada de antemano como “resentimiento”.
El escándalo
Pues bien: esa coartada acaba de caducar, porque ahora no estamos hablando del difunto Sodalicio, sino que estamos hablando de la Pachamama.
Y, concretamente, de las imágenes de un funcionario del Dicasterio para la Doctrina de la Fe participando activamente en un “pago a la tierra” durante un encuentro celebrado en Cusco (Perú) los días 13 y 14 de agosto.
No es un detalle menor dónde trabaja monseñor Bertomeu. La constitución apostólica Praedicate Evangelium define expresamente la misión del Dicasterio para la Doctrina de la Fe como ayudar al Papa y a los obispos a proclamar el Evangelio “promoviendo y salvaguardando la integridad de la enseñanza católica sobre la fe y la moral”.
Es decir: no estamos hablando de un sacerdote cualquiera sorprendido en una ceremonia cuya naturaleza desconocía. Estamos hablando de un oficial del organismo vaticano cuya razón de existir es, precisamente, custodiar la claridad de la fe católica.
Lo que ocurrió en Cusco
El encuentro se llamaba “Entrelazando Voces por la Dignidad: por los derechos humanos y el bien común”. Reunió a ONGs de la izquierda peruana, representantes de “pueblos indígenas”, activistas de “derechos humanos” y representantes izquierdistas de nueve regiones del sur peruano. Participaron también monseñor Lizardo Estrada Herrera, obispo auxiliar del Cusco y secretario general del CELAM, y monseñor Miguel Ángel Cadenas, obispo de Iquitos. El medio oficioso del Vaticano Vatican News -en urgente necesidad de reforma- presentó favorablemente la reunión como parte del camino de preparación para la futura visita del Papa León XIV al Perú.
El problema es cómo comenzó la jornada. Según el video difundido y analizado primero por InfoVaticana, la ceremonia de apertura estuvo dedicada a la “Madre Tierra”. Una mujer explicó a los participantes que agosto era un mes especialmente importante para la cosmovisión andina porque era “el mes de la Pachamama”, descrita como cariñosa, bondadosa y dadora de alimentos. Se repartieron hojas de coca, se hicieron ejercicios de respiración y se pidió a los participantes depositar las hojas en recipientes situados junto con alimentos ofrecidos a la tierra.
Bertomeu, que no desaprovecha evento alguno para promover su perfil, aunque no tenga nada que ver con él, no estaba sentado en una esquina. Las imágenes lo muestran acercándose y depositando personalmente sus hojas de coca en el recipiente de la ofrenda, inmediatamente después de monseñor Estrada.
LifeSiteNews, que recogió el caso en inglés, describió igualmente su participación como activa.
Uno podría discutir legítimamente si un sacerdote debe permanecer presente como observador durante una ceremonia indígena para mostrar respeto hacia quienes profesan otra cosmovisión. Pero observar un rito no es lo mismo que realizar el rito.
Bertomeu realizó el gesto que los organizadores estaban indicando como parte del “pago a la tierra”.
El problema
Conviene despejar inmediatamente una defensa bastante previsible. El problema no es ni la hoja de coca ni el supuesto respeto a los pueblos andinos, ni el agradecimiento cristiano por la creación.
Pero el cristiano da gracias a Dios por la creación. No realiza ofrendas religiosas a la creación. Y eso precisamente es lo que vuelve tan grave el contexto de las imágenes de Cusco.
El Catecismo es inequívoco: el Primer Mandamiento exige que el hombre no venere otras divinidades distintas del único Dios verdadero y rechaza la idolatría, es decir, la divinización de aquello que no es Dios.
No pretendo leer el alma de Jordi Bertomeu. No puedo afirmar cuál fue su intención subjetiva cuando depositó las hojas de coca. Y conociendo la irresponsabilidad y superficialidad con que actúa en entrevistas y actos públicos, no es extraño creer que consideró que estaba realizando un gesto meramente cultural. Quizás pensó que se trataba de una expresión inocua de cortesía hacia los participantes.
Pero eso no elimina el problema, precisamente porque se trata de un sacerdote, y especialmente de un sacerdote del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, debía comprender que los gestos religiosos tienen significado objetivo y que un funcionario de la Santa Sede no puede participar alegremente en cualquier ceremonia alegando después que su intención interior era otra. Eso se llama, en el sentido más elemental de la palabra, provocar escándalo.
Hay otro detalle importante. Vatican News publicó una extensa y elogiosa cobertura del encuentro de Cusco. Informó de los participantes, de los temas abordados, del discurso de monseñor Estrada y del objetivo de construir una agenda común en favor de los derechos humanos y el bien común. Pero no mencionó ni el “pago a la tierra” ni la participación de Bertomeu.
Por ignorancia o estrategia, la ceremonia que abrió el encuentro desapareció por completo de la crónica oficial. Eso no implica de por sí una conspiración; pero sí plantea una pregunta periodística elemental: si el rito era simplemente una hermosa manifestación cultural perfectamente compatible con la fe católica, ¿por qué no contarlo?
Religión Digital vuelve al rescate
Religión Digital, el diminuto portal español que se ha convertido prácticamente en el último refugio mediático de Bertomeu frente a cualquier cuestionamiento serio de su actuación, volvió a salir en su defensa.
Esta vez lo hizo republicando una columna de la política peruana de izquierda Ruth Luque, participante en el encuentro, bajo el título: “Cuando la Pachamama importa más que las víctimas”.
La defensa merece atención porque demuestra hasta qué punto se ha vuelto difícil defender lo indefendible. Luque sostiene que lo sucedido fue simplemente “un gesto simbólico introductorio relacionado con la expresión cultural andina de la Pachamama” y asegura que su significado “admite interpretaciones diversas y no puede reducirse automáticamente a un acto de culto pagano”.
Bien. Tomemos el argumento de Luque, a quien legítimamente podríamos descartar porque de doctrina católica no sabe absolutamente nada, y discutamos su significado.
La columna llama a Bertomeu uno de los “observadores invitados”; pero el video demuestra que no fue meramente observador. Y ésa es precisamente la cuestión.
Después aparece el argumento que parece haberse convertido en el comodín universal para justificar cualquier conducta relacionada con Bertomeu: “las víctimas”.
Luque afirma que convertir la Pachamama en protagonista del debate significa relegar a un segundo plano a quienes han sufrido abusos. Incluso pregunta si debemos prestar atención a “una fotografía o un gesto simbólico” o a las personas cuyo sufrimiento habría llevado a la celebración del encuentro.
Pero aquí cabe formular la pregunta más elemental: ¿Qué víctimas? El encuentro del Cusco no fue convocado como una reunión de víctimas del Sodalicio o de cualquier otra institución. Según la propia cobertura de Vatican News, trató sobre desigualdad, violencia, discriminación, conflictos por tierra y agua, daños ambientales y otros problemas de derechos humanos que afectan al sur del Perú.
Pero para defender a Bertomeu, Luque, en el artículo que huele de lejos a digitado por otros, invoca genéricamente a “las víctimas” como maniobra retórica.
Aunque no tengan nada que ver con el evento, es obvio que las víctimas de abuso merecen justicia; pero la fe católica merece ser defendida también. No existe ninguna contradicción entre ambas cosas, salvo en la mente del director de Religión Digital, conocido por esbozar artículos que otros terminan firmando.
Esta vez la historia salió del Perú
Aquí está, para mí, la verdadera novedad. Durante años, las polémicas alrededor de Bertomeu podían ser presentadas como un conflicto casi doméstico: exsodálites contra su investigador; determinados periodistas peruanos o españoles contra el comisario pontificio; versiones contrapuestas sobre procedimientos, responsabilidades y abusos de autoridad.
No esta vez. LifeSiteNews publicó en inglés que un alto funcionario vaticano había participado en un rito vinculado a la Pachamama. Rorate Caeli lo presentó directamente a sus lectores internacionales como un caso de “pagan worship”, culto pagano. Y el conocido comentarista católico estadounidense Taylor Marshall dedicó su programa al episodio bajo el título “Vatican Priest Offers Pachamama Worship before Pope’s Peru Visit” (Sacerdote vaticano rinde culto a la Pachamama antes de la visita del Papa a Perú).
Y muchos más comentarios pueden ser encontrados en X. Estos medios y comentaristas no saben nada de las querellas peruanas sobre el Sodalicio para comprender el problema.
Ven el video, averiguan quién es Bertomeu, descubren dónde trabaja… y preguntan lo obvio: ¿Qué hace un funcionario del Dicasterio para la Doctrina de la Fe realizando una ofrenda en un rito dirigido a la Madre Tierra?
Una cuestión de responsabilidad
He denunciado en este espacio, en otras ocasiones, actuaciones de Jordi Bertomeu que considero profundamente arbitrarias. Sus defensores han tenido siempre derecho a discrepar conmigo.
Pero esta vez ni siquiera hace falta entrar en aquellas discusiones. Hay una cuestión muchísimo más sencilla: Un funcionario del organismo encargado de custodiar la fe católica protagonizó públicamente un acto cuya apariencia objetiva es la participación en un rito religioso dirigido a la “Madre Tierra”. Ni la Pachamama, ni las hojas de coca, ni la que dirigía la ceremonia eran sodálites.
Y por eso el gesto de abierto paganismo exige una explicación; no dentro de seis meses ni mediante una columna de una política amiga ni culpando a antiguos miembros del hoy difunto Sodalicio.
Es una explicación que deben dar Jordi Bertomeu y sus superiores en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Y, si las imágenes significan lo que evidentemente parecen significar, hay además una consecuencia que me parece inevitable.
Monseñor Jordi Bertomeu debería renunciar a su cargo en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Y si no lo hace, las autoridades del Dicasterio deberían considerar seriamente su remoción.
No como “venganza del Sodalicio” o como “ataque a las víctimas”. Bertomeu ya las ha explotado demasiado. Es por algo mucho más elemental: porque existen responsabilidades eclesiales que requieren una credibilidad doctrinal especial.
Entre todas ellas, pocas pueden exigir más que trabajar en el Dicasterio cuya misión es “promover y salvaguardar la integridad de la enseñanza católica sobre la fe y la moral”.
Después de los eventos del Cusco, la pregunta ya no es qué piensan de Jordi Bertomeu quienes fueron investigados por él. La pregunta es qué piensan de lo sucedido las autoridades del Vaticano. Y esa pregunta merece una respuesta.



