El abuso de poder de Jordi Bertomeu
En una entrevista, dos laicos peruanos revelan los entretelones de una bizarra historia de prepotencia, maldad y abuso de poder
Giuliana Caccia (izq.) y Sebastián Blanco
Este miércoles 24 de junio he dedicado mi podcast “Punto de Vista” al alarmante testimonio ofrecido por Giuliana Caccia y Sebastián Blanco en una extensa entrevista con mi colega Vanya Thais, donde revelan los detalles hasta ahora desconocidos de cómo estos dos laicos peruanos, fieles a la Iglesia, involucrados en apostolados de defensa de la vida, la familia, el derecho de los padres y la libertad religiosa, terminaron a punto de ser excomulgados por una maniobra psicopática, perversa y abusiva de Jordi Bertomeu Farnós.
El cuadro que emerge es durísimo: no sólo acusan a Jordi Bertomeu Farnós de haberlos tratado injustamente, sino de haber convertido una misión supuestamente eclesial de escucha en una operación de poder, filtración mediática, intimidación espiritual y presión para que dos laicos católicos retiraran una denuncia civil legítima.
¿Operación sodálite?
El primer punto importante es que ambos niegan haber actuado como “operadores” del Sodalicio durante el inicio de la misión Scicluna-Bertomeu; una acusación lanzada por los sus detractores y corifeos de Bertomeu.
Giuliana aclara que nunca fue sodálite: trabajó entre 2016 y 2019 en la Fundación para la Familia, vinculada al entorno sodálite, y luego mantuvo vínculos parroquiales y espirituales. Sebastián sí fue miembro del Sodalicio desde 1999 hasta 2019, pero para la visita de la misión Scicluna-Bertomeu, en julio de 2023, ya llevaba años fuera, estaba casado y tenía familia. La entrevista insiste en que, al momento de acudir a la Nunciatura, ninguno actuaba bajo obediencia ni mandato del Sodalicio.
La manera como llegaron a la Nunciatura desarma, según ellos, la narrativa de que “se colaron por las ventanas” de la Nunciatura Apostólica en Lima o buscaron sorprender a Bertomeu. Giuliana cuenta que, al enterarse por la prensa de la llegada de la misión, llamó formalmente a la Nunciatura el viernes 21 de julio de 2023 para pedir audiencia. El domingo 23, mientras almorzaba con su familia en La Punta, recibió la llamada de monseñor Zummer, secretario del Nuncio, y coordinó una cita para el día siguiente a las 4:30 p.m.
Sebastián relata algo similar: pidió ser escuchado porque consideraba que su experiencia como exmiembro, formador y superior podía aportar a una visión más completa de la historia. Es decir, no hubo ingreso sorpresivo, no hubo operación secreta, no hubo “asalto” a la Nunciatura. Hubo cita concedida formalmente.
El untuoso Bertomeu
En esa primera audiencia, Bertomeu los recibió solo, porque —según se les dijo— monseñor Scicluna estaba retrasado o llegando del aeropuerto. A ambos, según relatan, Bertomeu les aseguró que lo que dijeran sería conocido únicamente por el Santo Padre. Giuliana afirma que él incluso le dijo que ni siquiera otros dicasterios conocerían el contenido de la conversación. Ese detalle es central, porque todo el drama posterior nace precisamente de la acusación de que Bertomeu violó esa confidencialidad casi de inmediato.
Giuliana fue a declarar que ella también se consideraba víctima: no del Sodalicio como institución, sino de ataques, acoso y difamaciones de dos ex sodálites que ahora se presentaban públicamente como víctimas del Sodalicio.
Según ella, fue a decirle a Bertomeu que la realidad no era “blanco y negro” y que algunos que reclamaban el estatuto de víctimas también habían actuado como victimarios. Sebastián, por su parte, no fue a declararse víctima institucional, sino a contar su experiencia como ex miembro, con luces y sombras, incluyendo experiencias difíciles, pero sin la narrativa de destrucción total que otros habían presentado.
La información termina en la prensa
La supuesta traición ocurre cuando aparece un artículo de Raúl Tola que describe con detalles reconocibles esas audiencias: una “militante ultracatólica” que habría intentado presentarse como víctima de los denunciantes, y un hombre que habría querido convencer a Bertomeu de los bienes del Sodalicio.
Según Caccia y Blanco, el artículo contenía elementos específicos que sólo podían haber salido de la conversación privada con Bertomeu. Además, la nota decía que Sebastián era “cuñado” de Giuliana, cuando en ese momento no lo era. Para ellos, eso prueba una mezcla de filtración, deformación y construcción interesada del relato.
Cuando piden explicaciones a Bertomeu por la evidente filtración, la situación se vuelve todavía más extraña. En lugar de la rectificación formal que solicitan, Bertomeu se comunica con ellos usando el teléfono de monseñor Zummer, secretario de la Nunciatura. En esos mensajes, Bertomeu admitió que había hablado con Pedro Salinas y Paola Ugaz y quienes planteó supuestamente preguntas vinculadas a lo conversado con Sebastián, incluyendo la pregunta sobre si pondría a su hijo en un colegio sodálite.
Como parte de su excusa, Bertomeu alegó que los periodistas no se enteraron por él, sino porque “los reconocieron entrando o saliendo de la Nunciatura”. Caccia y Blanco responden que nunca vieron periodistas, que nunca apareció la supuesta foto en la que habrían sido reconocidos por Salinas y Ugaz, y que aun si hubiera habido periodistas, eso no justificaba revelar contenido confidencial de una audiencia ofrecida bajo reserva. En otras palabras: los inexistentes periodistas apostados en la Nunciatura podrían haberlos reconocido, pero ¿cómo se enteraron del contenido de la conversación con Bertomeu que supuestamente solo el Papa conocería?
El largo proceso de defensa
Ante las excusas de Bertomeu, ambos deciden enviar cartas notariales pidiendo algo muy concreto: que Bertomeu rectificara por escrito, aclarando que no habían intentado sorprenderlo, y explicara cómo la prensa llegó a conocer detalles internos de sus declaraciones.
Según la entrevista, Bertomeu nunca ofreció una rectificación formal satisfactoria. Al contrario, sus respuestas por chat fueron defensivas: que había recibido a Giuliana “como favor”, que la misión estaba en territorio extraterritorial vaticano, que había presión mediática, y que ella no le había dicho que Sebastián era pariente suyo, aunque en ese momento no lo era. Todo esto, para ellos, confirmó no sólo una filtración, sino una voluntad de no reparar el daño.
Tras meses de ataques de la prensa progre peruana, sorprendentemente obsecuente a Bertomeu, ambos decidieron denunciarlo penalmente en el Perú. Sebastián dice que consultaron a numerosos canonistas y abogados civiles, y que antes de presentar la denuncia hicieron llegar el caso al Papa Francisco mediante un amigo cercano al Papa.
Según Blanco, que durante su tiempo como sodálite vivió y trabajó en Buenos Aires donde conoció en persona al entonces Cardenal Jorge Bergoglio, el Papa recibió la información, preguntó qué había pasado, y les dio luz verde para seguir adelante con la denuncia penal. Esto es clave: ellos sostienen que no actuaron contra el Papa, sino que precisamente informaron al Papa antes de actuar contra Bertomeu.
El extremo del abuso
Luego viene el episodio más surrealista: el 26 de septiembre, la Nunciatura los cita con carácter urgente. A Giuliana le dicen que hay “noticias muy favorables” de parte del Santo Padre. A Sebastián le dicen que el Nuncio los espera y que hay un mensaje del Papa para ellos. Llegan esperando alguna solución, quizá una respuesta positiva a sus pedidos. En cambio, el Nuncio les pregunta por qué denunciaron a Bertomeu y les dice que deben retirar la denuncia. Cuando se niegan, les entregan un precepto penal que amenaza con excomulgarlos.
El contenido del precepto, según la lectura que hacen en la entrevista, es brutal. Los acusa de fomentar odio contra la Santa Sede, impedir el ejercicio de la potestad eclesiástica de investigación y lesionar ilegítimamente la buena fama de terceros. Para evitar la excomunión, debían retirar inmediatamente la denuncia ante la fiscalía peruana, pedir disculpas a los miembros de la misión especial, ofrecer explicaciones y disculpas a los medios con los que hubieran tenido contacto, acreditar todo ante el Nuncio en 48 horas y abstenerse de cualquier futura manifestación pública o denuncia sobre los hechos de la misión. Si no cumplían, quedarían excomulgados; se les prohibiría recibir los sacramentos, ejercer funciones eclesiales, deberían ser apartados de actos litúrgicos y pagar cada uno 100,000 soles a Cáritas Lima. También se les prohibiría presentarse públicamente como católicos o representar a la Iglesia.
La maldad encarnada
El daño espiritual y psicológico fue enorme. Giuliana dice que quedó “desencajada”, casi en estado de shock, como si la hubieran puesto en cuidados intensivos. Sus hijos, de 10 y 13 años, lloraron preguntando si ya no podrían ir juntos a Misa. Ella, que además estaba por casarse por la Iglesia después de obtener una nulidad, sintió que le estaban destruyendo la vida sacramental. Sebastián cuenta que antes de comulgar tuvo que decirle al sacerdote que había consultado canonistas y que todavía no estaba excomulgado. No era una amenaza administrativa: para católicos practicantes, era una amenaza contra su comunión con la Iglesia y contra su vida espiritual.
Un video los salva
Ante la situación extrema, ambos decidieron grabaron el video “Nos quieren excomulgar”. No lo hicieron, según ellos, por estrategia política, sino porque concluyeron que no podían aceptar una falsedad por miedo. En ese video pidieron al Papa Francisco que, antes de excomulgarlos, los escuchara. También publicaron el precepto abusivo. Hasta ese momento, insisten, no habían hecho pública ni la denuncia contra Bertomeu ni el largo camino de mensajes y cartas notariales pidiendo a Bertomeu una rectificación. El caso se hizo público porque recibieron una amenaza espiritual desproporcionada y decidieron pedir justicia.
Después del video, una autoridad eclesiástica les comunica que el Papa Francisco había escuchado su pedido y los recibiría. Les pidieron guardar silencio absoluto hasta la audiencia, que finalmente se concretó en noviembre. Ellos viajaron a Roma con sus cónyuges, sin certeza plena de que la audiencia ocurriría, y con miedo incluso de que fuera una celada. Finalmente recibieron la esquela de invitación ya estando en Roma. En la entrevista subrayan que el viaje fue también una peregrinación espiritual en medio de una situación familiar muy dura, incluyendo la pérdida reciente de un bebé en la familia de Sebastián.
El Papa Francisco sorprendido
El encuentro con Francisco marcó el giro decisivo. A la audiencia entraron sólo Giuliana y Sebastián, no sus cónyuges. El Papa los recibe en la biblioteca privada, visiblemente frágil y con dificultad para respirar. Cuando le dicen que han recibido un precepto penal “de su parte” amenazándolos con excomunión, Francisco responde —según ellos—: “No, tranquilos, la excomunión no va, eso ha sido un error”. Giuliana dice que fue el primer momento de verdadero alivio. Sebastián lo describe como un momento profundamente espiritual: el Vicario de Cristo les estaba diciendo que seguían en comunión con la Iglesia.
Ellos entonces le piden algo escrito, porque ya existía un documento escrito que los amenazaba. Francisco pregunta: “¿Yo he firmado un documento?”. Sebastián le muestra el precepto. El Papa lo lee, cambia de expresión y pregunta: “¿Ustedes han hecho esto?”. Tras escuchar en pocos minutos la línea de tiempo, Francisco toma un lapicero, tacha el documento y escribe de su puño y letra una revocación o levantamiento de la excomunión, firmando al costado. Según ellos, eso muestra que el Papa no conocía realmente los hechos ni el contenido concreto del documento que se le atribuía.
Otro detalle decisivo: Sebastián afirma que le repitió al Papa varias veces que habían presentado una denuncia penal en el Perú y una denuncia en la Rota Romana contra Bertomeu. Según ambos, Francisco nunca les pidió retirar nada, nunca les puso como condición abandonar las denuncias, nunca mencionó a Bertomeu ni al Sodalicio como tema de negociación. Al contrario, les dijo que fueran adelante y siguieran “con la verdad”. También les regaló rosarios, se tomó una foto con ellos y grabó videos cariñosos de bendición para sus hijos. Para ellos, eso destruye la versión posterior de que el Papa los perdonó a cambio de que retiraran la denuncia.
Ataques que resbalan
La entrevista sostiene que, después de la audiencia, la maquinaria mediática volvió con más fuerza. Se les acusó de haber engañado al Papa, de ser operadores del Sodalicio, de haber manipulado una audiencia, de haber intercedido por la institución y de haber recibido una condición pontificia para retirar la denuncia. Caccia y Blanco niegan todo eso categóricamente. Dicen que no hablaron del Sodalicio, salvo Sebastián al presentarse como exsodálite; no pidieron nada para la institución; y no recibieron ninguna orden de retirar denuncias.
La tesis final de ellos es gravísima: alguien habría usado al Papa Francisco, o al menos habría puesto ante él un documento sin contexto suficiente, para transformar una denuncia legítima contra Bertomeu en un supuesto ataque contra la Santa Sede.
La coincidencia temporal que mencionan —que el documento de su excomunión habría sido firmado el mismo día que las primeras expulsiones de sodálites— alimenta su sospecha de que su caso fue metido dentro de un paquete mayor, sin que el Papa entendiera realmente qué estaba firmando. No afirman poder probar todo el mecanismo interno, pero sí dicen tener pruebas de que Francisco, al ver el documento, lo desconoció en sustancia y lo revocó.
El otro gran tema es el miedo eclesial. Según ellos, Bertomeu no sólo no reparó el daño, sino que habría seguido desacreditándolos ante obispos y autoridades. Cuentan que algunos obispos se negaron a apoyar proyectos de la organización que lideran porque “Bertomeu está cerca”.
También relatan que una autoridad vaticana de alto rango los contactó con una versión falsa o incompleta del caso, pero al escucharlos quedó conmovida y entendió que la narrativa que había recibido no coincidía con los hechos.
La conclusión de la entrevista es que este caso no trata simplemente de dos laicos molestos con un sacerdote. Trata, según ellos, de algo mucho más serio: el uso de una pena espiritual como mecanismo de presión para forzar el retiro de una denuncia civil; la filtración de conversaciones confidenciales a periodistas hostiles; la conversión de víctimas en instrumentos mediáticos; el abandono del debido proceso; y el clericalismo más crudo, ese que se escandaliza de que un laico denuncie a un clérigo, pero no se escandaliza de que un clérigo pueda usar el nombre del Papa para aplastar a dos laicos.
En una frase: la entrevista presenta a Jordi Bertomeu no como un investigador imparcial, sino como el centro de una operación eclesial y mediática que habría violado la confianza de dos católicos, dañado su honra, aterrorizado a sus familias con la excomunión y terminado desautorizada por el propio Papa Francisco cuando finalmente pudo escuchar directamente a los afectados.




Estamos en tiempos de Traición y Muerte, Urge Piedad y Sabiduría por parte de Pedro In persona CHRISTI.