¿El fin de Amoris laetitia?
Un documento del Presidente de la Conferencia Episcopal Española abre una capítulo de claridad doctrinal y pastoral
Monseñor Luis Arguello, Presidente de la Conferencia Episcopal Española
Hace poco comenté en este espacio cómo unas recientes palabras del Papa León XIV significaban, de facto, el fin de Fiducia supplicans, el controvertido documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe que dividió a la Iglesia y creó una enorme confusión entre los fieles sobre qué bendiciones pueden —y cuáles no pueden— recibir las parejas en situaciones irregulares, específicamente las parejas homosexuales.
No se trataba, por supuesto, de una abrogación formal. No hubo un documento jurídico cancelando otro documento. Pero en la vida real de la Iglesia, a veces las cosas mueren no porque sean revocadas solemnemente, sino porque la autoridad superior vuelve a hablar con claridad y, al hacerlo, le quita oxígeno pastoral a la ambigüedad.
Algo parecido podría estar empezando a suceder con otro documento todavía más importante —y en mi opinión— todavía más dañino en sus consecuencias pastorales: la exhortación apostólica postsinodal del Papa Francisco Amoris laetitia.
¿Estamos asistiendo al fin de Amoris laetitia?
Para entender por qué la pregunta es legítima hay que recordar lo que significó aquel documento. Amoris laetitia no fue simplemente una exhortación sobre la belleza del matrimonio y la familia. Tuvo páginas hermosas, sin duda. Pero históricamente será recordada por otra cosa: por haber marcado el inicio de la creciente desconfianza de muchos católicos respecto del magisterio del Papa Francisco, una desconfianza de la que lamentablemente nunca terminó de recuperarse. Y lo digo como latinoamericano, que conocía y admiraba al entonces Cardenal Jorge Bergoglio, y que quería de todo corazón ver su pontificado prosperar.
Y todo eso se produjo, en buena medida, por una nota a pie de página.
La famosa nota 351 del capítulo octavo de Amoris laetitia abrió la puerta a la posibilidad de que personas divorciadas y vueltas a casar civilmente, viviendo en una nueva unión, pudieran acceder en ciertos casos a los sacramentos. El texto no lo decía de manera brutalmente directa, pero lo decía de manera suficiente. Y, sobre todo, fue interpretado así por episcopados enteros, por teólogos, por confesores y por el propio círculo de intérpretes oficiales del pontificado de Francisco.
Un despegue de la Tradición
El problema es que esa apertura alteraba una práctica católica establecida, enseñada con claridad por el Catecismo de la Iglesia Católica y reafirmada por San Juan Pablo II en Familiaris consortio: quienes se han divorciado y han contraído una nueva unión no pueden ser admitidos a la comunión eucarística mientras permanezcan en una situación objetiva contraria al vínculo sacramental del matrimonio, salvo que vivan en continencia, es decir, como hermano y hermana.
No se trataba de una “dureza” pastoral. Se trataba de una verdad sacramental. La Eucaristía no es un premio moralista para los perfectos, pero tampoco es un gesto social de inclusión. Es comunión real con Cristo y, por eso mismo, comunión con su Iglesia, con su fe, con sus sacramentos y con el orden objetivo de la gracia.
La comunión eucarística significa algo. Y cuando el signo sacramental se separa de la realidad moral y eclesial que debe expresar, lo que se produce no es misericordia, sino confusión.
España: el lugar del retorno
Por eso es tan importante lo que acaba de ocurrir en España.
Este primero de junio, inicio del mes del Sagrado Corazón de Jesús y mes profundamente eucarístico, el Arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Luis Argüello, ha publicado una carta pastoral con ocasión de Corpus Christi. En ella destaca la importancia de la Eucaristía y habla no solo de reconocer su centralidad en la vida cristiana, sino también de la necesidad de prepararse para recibirla dignamente.
El texto es pastoralmente bello y doctrinalmente sólido. Y para nada tiene el tono de una “guerra” intraeclesial. Precisamente por eso es tan importante. Porque dice con serenidad lo que durante años demasiados pastores han evitado decir.
Mons. Argüello escribe:
“Si nuestra situación o estado de vida es incompatible con la plena comunión con el Señor y su Iglesia por estar participando de una relación pecaminosa, en abusos respecto de otras personas, ya sea en el campo económico, laboral, ya sea en el campo psicológico o afectivo, o defendiendo públicamente posiciones contrarias a la moral cristiana, no podemos acercarnos a comulgar sin una decisión firme de cambiar de vida restituyendo el daño provocado por nuestra situación de pecado”.
Esto ya sería suficientemente importante, porque recuerda una verdad olvidada: no se puede comulgar viviendo deliberadamente en una situación grave de pecado sin propósito de conversión; ni se puede recibir sacramentalmente al Señor mientras uno se niega a abandonar aquello que contradice gravemente su voluntad.
Pero la parte decisiva viene después. Mons. Argüello añade:
“Tampoco, [pueden comulgar] cuando una relación matrimonial ha quebrado y quienes formaban parte de ese matrimonio viven una nueva relación conyugal. Estas personas, que siguen formando parte de la Iglesia, han de saber que esta quiebra del Sacramento de la Alianza impide la comunión eucarística; pueden participar en la celebración, así como de la vida de la Iglesia en múltiples aspectos, pero comulgar la Comunión no es posible”.
Esto es, sencillamente, el retorno a la doctrina y a la disciplina tradicional de la Iglesia sobre la comunión de los divorciados en nueva unión.
La sencillez de la verdad
Frente a la casuística en el mejor de los casos incierta de Amoris laetitia, Mons. Argüello corta con los procesos indefinidos de “discernimiento” que terminan, casi siempre, en la conclusión previamente deseada; y descarta el uso sentimental de la palabra “acompañamiento” para vaciar de contenido la conversión.
Hay una afirmación clara: estas personas siguen formando parte de la Iglesia; no deben ser expulsadas ni despreciadas; pueden y deben participar de la vida eclesial en múltiples aspectos; pero no pueden recibir la comunión eucarística mientras vivan en una nueva relación conyugal incompatible con el vínculo sacramental anterior.
Eso no es falta de misericordia. Es simplemente la auténtica misericordia católica.
Porque la misericordia no consiste en decirle a una persona que su situación no importa o confirmar a alguien en una contradicción objetiva con el Evangelio.
La misericordia verdadera dice la verdad, acompaña en el sufrimiento, sostiene en la conversión y ayuda a buscar una solución que respete los sacramentos. Y eso es exactamente lo que dice Mons. Argüello cuando recuerda que:
“el dolor de no comulgar ha de avivar el deseo de buscar una solución que respete el significado de los dos sacramentos en juego: el Matrimonio y la Eucaristía”.
Aquí está el punto central. La Iglesia no puede defender la Eucaristía destruyendo el Matrimonio, ni puede fingir que acompaña a los divorciados en nueva unión relativizando la Eucaristía. Los dos sacramentos están unidos. La comunión eucarística no puede utilizarse para negar en la práctica la indisolubilidad matrimonial.
Sorprendente reacción
Lo más revelador es que el documento no ha quedado aislado. Apenas publicado, ha recibido apoyo inmediato de múltiples sectores de la Iglesia en España. Importantes comentaristas católicos laicos han celebrado la claridad del arzobispo de Valladolid.
Y entre los eclesiásticos, ha destacado la reacción de Mons. José Ignacio Munilla, obispo de Orihuela-Alicante, una de las voces episcopales más escuchadas en el mundo hispano por la claridad, sencillez y valentía con que explica la verdad católica.
Esto no es un detalle menor. Durante años, muchos obispos doctrinalmente sólidos parecían hablar con excesiva cautela, como si la confusión creada alrededor de Amoris laetitia fuera un clima inevitable al que había que adaptarse. Lo novedoso ahora es que empieza a sentirse otro clima: el de una restauración tranquila, pero real; el de una recuperación de la normalidad teológica; el de una Iglesia que empieza a recordar que la claridad no es enemiga de la pastoral, sino condición de toda pastoral auténtica.
No pretendo exagerar: Amoris laetitia no ha sido revocada. Nadie ha publicado un documento titulado “se acabó la nota 351”. Pero, en la práctica, cuando un presidente de una conferencia episcopal importante afirma públicamente, con ocasión de Corpus Christi, que quienes viven en una nueva relación conyugal no pueden comulgar, y cuando esa afirmación recibe apoyo amplio en vez de escándalo institucional, algo ha cambiado.
Quizá estamos viendo el inicio del fin de una época.
La época en que se confundía discernimiento con excepción permanente. Por eso la carta de Mons. Argüello es importante. No porque invente nada; sino porque dice, en un momento oportunísimo —vísperas de la visita del Papa León XIV a España para presidir el Corpus—, lo que la Iglesia siempre ha enseñado y lo que millones de fieles necesitaban volver a escuchar sin ambigüedades.
Si Fiducia supplicans parece haber comenzado a morir por falta de continuidad pastoral bajo el nuevo pontificado, Amoris laetitia podría estar empezando a perder su poder por una razón semejante: porque la Iglesia real, en su sensus fidei, en sus pastores más lúcidos y en sus fieles más conscientes, necesita respirar de nuevo el aire limpio de la verdad.
Y en el mes del Sagrado Corazón y de la Eucaristía, no deja de ser providencial que el signo venga precisamente por allí: por la defensa del sacramento que hace a la Iglesia.




