Cardenal Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe
El cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, parece estar profundamente decepcionado. Su dicasterio publicó el pasado 22 de octubre un extenso documento titulado Venite ad me. Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época, dedicado a uno de los problemas más graves que enfrenta la Iglesia contemporánea: la progresiva interrupción de la transmisión de la fe católica de una generación a otra.
El documento, sin embargo, no ha despertado el entusiasmo que cabría esperar ante un asunto de semejante trascendencia. Y el cardenal argentino tiene una explicación tan sorprendente como reveladora: el problema son los obispos, tanto los “progresistas” como los “conservadores”.
En una entrevista concedida a Javier Arias, de Religión Confidencial, publicada el 27 de octubre, Fernández ofreció una interpretación de la realidad de la Iglesia universal que, viniendo de quien ocupa uno de los cargos teológicos más importantes de la Santa Sede, resulta de una pobreza intelectual verdaderamente desconcertante.
Según el cardenal, los obispos “progresistas” están demasiado preocupados por los cambios estructurales y el diálogo con la sociedad, mientras que los “conservadores” se encuentran obsesionados con la moral sexual. Ni unos ni otros, asegura, parecen particularmente interesados en suscitar un encuentro vivo y transformador con Jesucristo.
La explicación es patética. Y no porque sea imposible encontrar algo de verdad en ciertas críticas dirigidas a uno u otro sector, sino porque resulta escandalosamente simplista para alguien de quien deberíamos esperar un conocimiento bastante más sofisticado de la vida de la Iglesia, de sus corrientes espirituales y de la realidad pastoral de las diócesis del mundo.
Un error de juicio serio
Para empezar, la Iglesia no está dividida en dos grandes bloques, uno obsesionado con las estructuras y otro con el sexo. Esa caricatura puede servir para una conversación superficial o para un artículo de opinión particularmente perezoso, como los que publica el ex-cura José Manuel Vidal en su pasquín personal de Religión Digital, pero difícilmente constituye un diagnóstico serio de la crisis contemporánea de la evangelización.
Basta observar muchas de las diócesis que, siguiendo la clasificación del propio Fernández, podrían ser consideradas conservadoras. Lo que distingue a numerosas comunidades de esta orientación no es una supuesta obsesión con la moral sexual, sino precisamente aquello que el cardenal asegura echar de menos: una vida espiritual intensa, una liturgia celebrada con reverencia, una formación doctrinal sólida, un serio acompañamiento de los fieles, la promoción de las vocaciones sacerdotales y religiosas, la práctica frecuente de los sacramentos y una clara conciencia de la necesidad de la conversión personal.
Y allí donde estas prioridades han sido cultivadas con perseverancia, no han faltado frutos. Resulta especialmente doloroso recordar casos de obispos en países como Paraguay, Puerto Rico y Perú, así como en Texas, cuyos gobiernos pastorales estuvieron asociados con una notable vitalidad eclesial y que, sin embargo, terminaron siendo apartados de sus responsabilidades.
En algunos de esos casos, la impresión de muchos fieles fue que el éxito pastoral, lejos de constituir una credencial favorable, parecía haberse convertido en motivo de incomodidad para otros sectores eclesiásticos, incluso en el Vaticano. No pretendo afirmar que todas esas situaciones fueran idénticas, ni que sus circunstancias particulares puedan reducirse a una sola explicación. Pero sería ingenuo descartar que las rivalidades y envidias eclesiásticas hayan desempeñado algún papel en algunas de ellas.
En cualquier caso, resulta ofensivo despachar con el estereotipo de una supuesta obsesión sexual a pastores cuya preocupación ha sido formar sacerdotes santos, promover conversiones, fortalecer la vida sacramental y enseñar íntegramente la fe católica. Y convendría recordarle al prefecto que la moral cristiana, incluida la moral sexual, no es un añadido incómodo al anuncio de Jesucristo, sino una consecuencia de la conversión a Él. Contraponer ambas dimensiones es una falsa alternativa que ningún teólogo serio debería aceptar.
Tampoco resulta particularmente acertado llamar “progresistas” a muchos obispos que, sobre todo en América Latina, parecen haber sustituido gradualmente la predicación sobrenatural por un discurso casi exclusivamente sociológico.
Es posible que algunos crean que esa transformación del lenguaje les concede mayor proximidad al pueblo, que les permite adquirir el famoso «olor a oveja» o que los convierte en pastores especialmente sensibles a los problemas contemporáneos.
Pero son pocos los que siguen nublados con el progresismo de la moribunda teología marxista de la liberación, y más bien usan el lenguaje sociológico, en la mayoría de los casos, con celo pastoral y sin necesariamente desinteresarse por la vida sacramental y espiritual de su pueblo.
El tema es importante, pero la forma no sirve
Y aquí llegamos a la paradoja central. En una cosa el cardenal Fernández tiene completamente razón: la transmisión de la fe constituye uno de los desafíos más urgentes de nuestra época. El anuncio del kerygma, la proclamación de Jesucristo muerto y resucitado, no puede darse por supuesto. Durante siglos, en gran parte de América Latina y en numerosos países tradicionalmente católicos de Europa, la transmisión de la fe parecía producirse casi naturalmente, mediante la familia, la cultura, la vida parroquial y las costumbres de una sociedad impregnada de cristianismo. Esa realidad está desapareciendo aceleradamente. Hoy la transmisión de la fe debe ser una decisión consciente, deliberada y sostenida, o sencillamente no existirá.
En eso Fernández acierta. Pero, a mi juicio, allí se le acaba la razón.
Porque si el problema es tan grave, y ciertamente lo es, cabe plantearse una primera pregunta: ¿por qué una reflexión de esta importancia no fue presentada como un documento pontificio, capaz de ofrecer una dirección pastoral clara, en lugar de publicarse como unas consideraciones del Dicasterio para la Doctrina de la Fe? No desconozco que el texto recibió la aprobación de León XIV, pero hay una diferencia entre un documento formalmente pontificio y unas consideraciones dicasteriales. La pregunta es particularmente pertinente cuando el propio prefecto parece esperar de este texto una recepción y aplicación extraordinarias.
La segunda pregunta es todavía más desconcertante. ¿Por qué publicar precisamente desde Doctrina de la Fe un documento que reconoce expresamente que no pretende ofrecer una exposición doctrinal sistemática ni cerrar las cuestiones que plantea? El propio texto admite que su género es el de unas simples consideraciones y que, por ello, no se caracteriza por la precisión de lenguaje ni por el tratamiento sistemático propios de otros documentos del dicasterio.
Pero existe un Dicasterio para la Evangelización, establecido por el propio Francisco mediante la reforma de la Curia romana y dotado de dos grandes secciones, una de ellas específicamente dedicada a las cuestiones fundamentales de la evangelización en el mundo contemporáneo. Su competencia comprende precisamente la reflexión sobre el anuncio eficaz del Evangelio, sus métodos, su lenguaje y sus desafíos culturales. ¿No habría sido este el organismo natural para elaborar un texto destinado a renovar la transmisión de la fe?
La tercera cuestión tiene que ver con el documento mismo. Venite ad me es un texto extenso, discursivo, frecuentemente farragoso y de una arquitectura interna poco convincente. Contiene reflexiones valiosas, ciertamente, pero también largas consideraciones que no parecen conducir a conclusiones pastorales proporcionadas a la gravedad del problema que pretende abordar.
Incluye, además, una colección de testimonios de conversión y redescubrimiento de la fe, algunos de ellos sinceramente edificantes y conmovedores. Pero ¿qué aportan exactamente estos relatos a la elaboración de una estrategia seria para recuperar la transmisión de la fe? ¿Qué conclusiones concretas deberían extraer de ellos los obispos? ¿Qué prácticas exitosas se identifican como susceptibles de ser reproducidas en otras comunidades?
Así, el documento parece oscilar entre la meditación espiritual, el ensayo pastoral, la reflexión sociológica y la recopilación testimonial, sin conseguir integrar plenamente estos géneros en una propuesta coherente.
La cuarta cuestión revela, a mi entender, una enfermedad que se ha extendido por buena parte de la burocracia eclesiástica contemporánea: la convicción de que los problemas de la Iglesia se resuelven produciendo documentos. Se trata de una patología particularmente visible durante el interminable proceso sinodal, que ha prometido transformar a la Iglesia en una comunidad más misionera y participativa, pero cuyo resultado más perceptible, hasta ahora, parece haber sido una producción extraordinaria de textos, informes, orientaciones, síntesis y nuevas exigencias administrativas.
Así, las bandejas de entrada de los obispos se llenan de documentos que deben estudiar, comentar, adaptar, difundir y aplicar. Algunos son simplemente difíciles de leer; otros son discutibles y otros han dado lugar a graves controversias doctrinales, particularmente cuando se han abierto espacios para presentar las relaciones homosexuales como absolutamente normales y hasta meritorias, en contra de la enseñanza moral católica. Todo ello mientras las parroquias pierden fieles, las familias dejan de transmitir la fe y generaciones enteras crecen prácticamente sin conocer a Jesucristo.
¿Aceptado por la fuerza?
Fernández parece sorprendido de que su nuevo documento no haya provocado una ola de entusiasmo episcopal.
Pero más sorprendente todavía es su decisión de recurrir a la Secretaría de Estado del Vaticano para que intervenga ante las conferencias episcopales. Según explicó en la entrevista, ha solicitado su ayuda para promover la recepción y aplicación del texto. La noticia merece una pregunta bastante elemental: ¿qué espera exactamente el cardenal? ¿Que la Secretaría de Estado consiga administrativamente lo que el documento no ha logrado suscitar pastoralmente? ¿Que los obispos, ya sobrecargados de programas y obligaciones, incorporen un nuevo procedimiento de recepción a la interminable lista de tareas que les ha legado el camino sinodal por un simple edicto llegado vía las nunciaturas?
Resulta difícil encontrar una expresión más perfecta de la mentalidad burocrática que pretender solucionar la escasa repercusión de un documento mediante la intervención de otra oficina vaticana.
Pero el problema es mucho más profundo. La historia bimilenaria de la Iglesia nos enseña que las grandes renovaciones de la vida cristiana no han sido producidas principalmente por documentos, sino por santos. No porque el Magisterio, la doctrina o la organización pastoral carezcan de importancia, sino porque las verdades de la fe se vuelven extraordinariamente convincentes cuando son encarnadas por hombres y mujeres cuya existencia constituye una demostración visible del poder transformador de la gracia.
La Francia rural de los siglos XVIII y XIX no necesitaba simplemente nuevas instrucciones administrativas. Necesitaba sacerdotes santos. Y pocos ejemplos resultan tan elocuentes como el de san Juan María Vianney, el Cura de Ars, quien transformó espiritualmente una pequeña comunidad mediante una vida de oración intensa, penitencia, predicación sencilla, dedicación heroica al confesionario y un amor ardiente por la salvación de las almas.
Lo mismo puede decirse, salvando las diferencias históricas, de san Carlos Borromeo, san Francisco de Sales, santo Toribio de Mogrovejo, san Alfonso María de Ligorio, san Juan Bosco y tantos otros santos que renovaron la vida cristiana mediante una combinación inseparable de ortodoxia doctrinal, caridad pastoral, disciplina espiritual y una santidad personal que volvía creíble su predicación.
No ignoro, ni tengo razones para cuestionar, la buena intención del cardenal Fernández al promover una reflexión sobre la transmisión de la fe. Pero la buena intención no convierte automáticamente un documento en una respuesta adecuada, y menos todavía justifica acusar de indiferencia a los obispos que no reaccionan con el entusiasmo que su autor esperaba.
Más aún, existe una cuestión de credibilidad que Fernández no puede simplemente ignorar. Quien hoy reclama un retorno apasionado al corazón del Evangelio es también el autor de obras tan desconcertantes como Sáname con tu boca. El arte de besar y La pasión mística. Espiritualidad y sensualidad.
Esos títulos no agotan su producción teológica, pero difícilmente constituyen los referentes espirituales que uno propondría para formar nuevas generaciones de católicos en una época de extraordinaria confusión moral y pobreza doctrinal.
Tal vez sería bastante más provechoso recuperar la lectura de los grandes clásicos de la espiritualidad católica que durante siglos han contribuido a la formación de innumerables santos. Pienso en la Introducción a la vida devota, de san Francisco de Sales; la Guía de pecadores, de fray Luis de Granada; o el Manual de perfección y virtudes cristianas, de san Alfonso Rodríguez, entre tantos otros tesoros de una tradición espiritual que no necesita ser reinventada cada vez que cambia el lenguaje de moda en los ambientes eclesiásticos.
Esos autores comprendían algo que hoy parece haberse vuelto sorprendentemente difícil de reconocer: que la transmisión de la fe no consiste simplemente en suscitar una experiencia religiosa atractiva, sino en conducir a las almas al conocimiento, al amor y al seguimiento de Jesucristo, mediante la conversión, la oración, los sacramentos, la práctica de las virtudes y la búsqueda sincera de la santidad.
En síntesis, la Iglesia no necesita que sus obispos se enamoren de Venite ad me. Necesita que sus obispos, sus sacerdotes y sus fieles se enamoren cada día más de Aquel que pronunció las palabras “Venid a mí”. Y para eso nos hacen falta muchos más santos y bastantes menos documentos.



