Venezuela ante la hora de la verdad: la Iglesia que no puede callar
Ignorados por la mayoría de los analistas internacionales, los obispos de Venezuela han recibido un llamado inesperado de la historia
El Papa León XIV dijo este domingo 4 de enero durante el Ángelus:
Sigo con gran preocupación la evolución de la situación en Venezuela. El bien del querido pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración y llevar a superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz, garantizando la soberanía del país, asegurando el estado de derecho inscrito en la Constitución, respetando los derechos humanos y civiles de todos y cada uno, y trabajando para construir juntos un futuro sereno de colaboración, estabilidad y concordia, con especial atención a los más pobres que sufren a causa de la difícil situación económica.
Si se leen cuidadosamente -algo que algunos quejosos no han hecho-, estas palabras no son retórica piadosa ni diplomacia vaticana de manual. Son, ante todo, una constatación realista: la situación, tras la audaz operación militar norteamericana, es la que es, y el futuro del pueblo venezolano no puede seguir siendo rehén de ideologías, fanatismos, cálculos geopolíticos o mafias enquistadas en el poder.
El Papa no se refugia en abstracciones. Habla de soberanía, de estado de derecho inscrito en la Constitución, de derechos humanos y civiles, de justicia, de paz y -con especial énfasis- de los pobres que sufren las consecuencias de una devastación económica prolongada. Y reza, e invita a rezar, confiando esta hora dramática a Nuestra Señora de Coromoto y a dos santos que encarnan lo mejor del alma venezolana: José Gregorio Hernández y Sor Carmen Rendiles.
Desde ahí hay que partir. Desde la realidad. No desde consignas.
Una intervención limitada… y provocada
La intervención norteamericana ha sido, para muchos, cuestionable. Y con razón. El debate jurídico y político sobre su legitimidad deberá darse -y darse en serio- en los foros internacionales correspondientes. Pero conviene decir las cosas como son: no fue una invasión militar clásica ni una ocupación territorial, sino la captura de un criminal.
Y, sobre todo, fue una intervención provocada.
Hasta el último momento se le ofreció a Nicolás Maduro una salida: renunciar y exiliarse en Turquía. No se le empujó al abismo. Se le tendió una mano. Él prefirió, en cambio, el desafío vulgar, destemplado y arrogante. Apostó por la confrontación. Eligió la huida hacia adelante.
Su testarudez es la causa directa de la situación actual. No fue Estados Unidos quien forzó este escenario, sino un dictador incapaz de anteponer el bien del país a su propio interés personal y al de la camarilla que lo rodea.
El hecho consumado y la necesidad de mirar adelante
La discusión sobre el “derecho” de Estados Unidos a intervenir puede continuar. Pero hay un dato ineludible: el hecho ya ocurrió. Y esto está poderosamente implicado en las palabras del Papa. Y hoy Venezuela se encuentra ante una nueva autoridad, Delcy Rodríguez -es irrelevante si se autodenomina “vicepresidente” o “presidente”- que tiene ante sí una inmerecida pero real posibilidad histórica.
Rodríguez, una militante dura del Chavismo, adquirió cierta credibilidad internacional por su habilidad para estabilizar la producción petrolera del país. Como tal, puedo negociar simultáneamente con los sectores corruptos y duros que aún creen conservar poder real, y con el gobierno norteamericano, para abrir una transición pacífica y restablecer la democracia que Venezuela supo tener: la más longeva de América del Sur antes de la actual dictadura.
Ahora se trata de evitar más sangre, más hambre y más destrucción.
El papel insustituible de los obispos de Venezuela
Y aquí llegamos al punto verdaderamente decisivo.
Cuando el Papa afirma que el bien del pueblo venezolano debe prevalecer “por encima de cualquier otra consideración”, no está lanzando una exhortación genérica. Está marcando una prioridad moral absoluta. Y esa prioridad pone en primer plano a los obispos católicos de Venezuela.
¿Por qué?
Primero, porque fueron siempre críticos del régimen dictatorial, sin romper del todo los canales de comunicación con un gobierno que, en los últimos años, se había convertido en una auténtica cueva de gorilas.
Segundo, porque a través de Cáritas Venezuela fueron la principal red de sustento para millones de personas hambrientas y sufrientes. En un país devastado, la Iglesia estuvo presente, capilarmente, cuando el Estado colapsó.
Y tercero, porque el pueblo venezolano es mayoritariamente católico. Y su fe ha sido reavivada precisamente por la canonización de José Gregorio Hernández y Sor Carmen Rendiles, dos figuras que generan unidad, esperanza y orgullo nacional.
Por todo ello, la Iglesia -y en particular los obispos- tiene hoy una capacidad única: convertirse en puente de comunicación entre todas las partes. No en un actor más, sino en el actor indispensable.
Los análisis internacionales han ignorado sistemáticamente esta realidad. Harían bien en corregir ese error.
La emergencia humanitaria y la pregunta clave
Un solo dato basta para dimensionar la urgencia. El lunes 5, Andrea Iacomini, portavoz de UNICEF en Italia para Venezuela, advirtió:
“La inflación crónica y descontrolada continúa erosionando el poder adquisitivo de las familias, comprometiendo su acceso a la atención médica, la alimentación y casi todos los servicios que un niño necesita vitalmente. Se prevé que 7.9 millones de personas necesitarán asistencia humanitaria para 2026, de las cuales 3.9 millones son niños”.
Estados Unidos tendrá que invertir recursos de manera significativa y pronto para aliviar esta catástrofe. Pero la pregunta es brutalmente concreta: en un país donde la mayoría de los actores competentes están exiliados y la cúpula del poder es una guarida de ladrones, ¿qué institución tiene la credibilidad, la estructura y la presencia territorial para distribuir esa ayuda?
La respuesta es obvia.
Una voz episcopal todavía insuficiente
Precisamente por eso resulta preocupante la tibieza de los mensajes episcopales hasta ahora. Dos breves comunicados en X, ambos el 3 de enero, llamando a la serenidad, a la oración y rechazando la violencia. Palabras correctas. Insuficientes.
El primer post en X dice:
“Ante los acontecimientos que hoy vive nuestro país, pidamos a Dios nos conceda a todos los venezolanos serenidad, sabiduría y fortaleza. Nos hacemos solidarios con quienes fueron heridos y los familiares de quienes fallecieron. Perseveremos en la oración por la unidad de nuestro pueblo”.
Y probablemente cayendo en la cuenta de lo insuficiente, publicaron un segundo:
“Hacemos un llamado al Pueblo de Dios para vivir más intensamente la esperanza y la oración ferviente por la paz en nuestros corazones y en la sociedad, rechazando cualquier tipo de violencia. Que nuestras manos se abran para el encuentro y la ayuda mutua, y que las decisiones que se tomen, se hagan siempre por el bienestar de nuestro pueblo.
Que María de Coromoto nos acompañe en nuestro caminar”.
Monseñor Gonzalo Ontiveros Vivas en una brevísima entrevista publicada en italiano por la agencia SIR, -que difícilmente llegó al pueblo venezolano- dijo:
“Los acontecimientos del viernes pasado estuvieron seguidos de un gran silencio, pues la gente permaneció en sus casas, poca gente salió, poca gente estuvo en las calles; había gran tranquilidad, silencio, sobre todo una aparente tranquilidad... esperamos ver cómo evoluciona la situación. Esperamos que todo salga bien y les pido que recen para que, sobre todo, reine la paz y la armonía, para que no haya brotes de violencia en las ciudades, sino que todo transcurra en paz. Hasta ahora, todo transcurre con mucha calma, e incluso como Iglesia venezolana, hemos pedido cautela para evitar más problemas y una gran solidaridad mutua para ayudar a los más necesitados. En resumen, que estemos muy atentos espiritualmente y en unidad, en fraternidad”.
Hasta este lunes, el sitio web de la Conferencia Episcopal Venezolana seguía sin actualizarse, sin un pronunciamiento sustancial.
La prudencia ante una situación fluida se entiende. Pero el silencio prolongado o la falta de iniciativa, no.
Este es un momento histórico que exige liderazgo visible, autoridad moral y disponibilidad real para mediar. No basta con rezar -aunque hay que rezar-. Hay que hablar. Y hay que actuar.
Con los miles de católicos venezolanos dentro y fuera del país, muchos de los cuales viven entre la esperanza y el agotamiento, cabe esperar que los obispos hagan pronto sentir una voz clara, firme y unificadora. Una voz que mire al futuro y que actúe sin complejos y sin la interferencia de la “mafia” jesuita que ha actuado en abierta colaboración con la dictadura.
La Iglesia en Venezuela no puede perder esta hora. Porque cuando la historia llama, el silencio también es una respuesta. Y casi nunca es la correcta.



