Un obispo holandés pide a León XIV reconsiderar el camino sinodal
Mons. Robert Mutsaerts le pide que devuelva al centro de la Iglesia la santidad, la Eucaristía y la salvación de las almas
Mons. Robert Mutsaerts, Obispo Auxiliar de ’s-Hertogenbosch (Bois-le-Duc) en los Países Bajos
Una extensa carta abierta dirigida al Papa León XIV por el obispo auxiliar holandés Rob Mutsaerts plantea quizá una de las preguntas más incómodas que pueden formularse después de años de reuniones, consultas, documentos, mesas redondas y “conversaciones en el Espíritu” del llamado Sínodo sobre la Sinodalidad: ¿qué frutos concretos ha producido todo esto para la evangelización y la salvación de las almas?
Mons. Robert “Rob” Mutsaerts no es un observador externo. Es obispo auxiliar de la diócesis holandesa de ’s-Hertogenbosch desde 2010, cuando fue nombrado por Benedicto XVI, y actualmente es también el obispo de referencia para la juventud y la catequesis de la Conferencia Episcopal de los Países Bajos.
Su carta resulta especialmente significativa ahora que el Vaticano ha establecido una larga fase de implementación con asambleas diocesanas en 2027, reuniones de conferencias episcopales posteriormente, encuentros continentales en 2028 y finalmente una “Asamblea Eclesial” en Roma en octubre de 2028. El propio Vaticano afirma que la finalidad es que la sinodalidad se convierta cada vez más en el “estilo ordinario de la vida eclesial”.
Y es precisamente eso lo que alarma a Mutsaerts: que aquello que comenzó como un sínodo termine convertido en una forma permanente de gobernar la Iglesia.
La pregunta que importa: ¿salva almas?
Desde las primeras líneas de su extensa carta, el obispo deja claro que su crítica no se origina en una disputa entre facciones eclesiásticas. Invoca, más bien, el principio tradicional salus animarum suprema lex: la salvación de las almas es la ley suprema.
Y dirige al Papa una pregunta extraordinariamente sencilla:
“Mi pregunta es simple y sincera: ¿ayuda realmente el proceso sinodal a acercar las almas a Cristo y a la salvación eterna? Esa es para mí la pregunta decisiva”.
Mutsaerts reconoce expresamente las buenas intenciones de quienes han trabajado en el proceso. Pero recuerda que las buenas intenciones no bastan. Cristo mismo, señala, proporcionó el criterio para juzgar cualquier iniciativa: “Por sus frutos los conoceréis”.
Por eso, después de años de consultas y documentos, pregunta:
“¿Se ha fortalecido la fe? ¿Se ha proclamado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Han llegado más personas a la conversión? ¿Se asiste más a la Misa dominical? ¿Hay más vocaciones sacerdotales? ¿Se ha fortalecido la catequesis? ¿Ha aumentado la reverencia hacia la Eucaristía? ¿Se ha vuelto más clara la enseñanza moral de la Iglesia? ¿Ha aumentado el coraje misionero?”
La respuesta de Mutsaerts es contundente: si esos son los criterios, resulta imposible declarar que el Sínodo ha sido un éxito.
Y añade un problema adicional: el proceso no está terminando, sino que se prolonga:
“Lo que comenzó como un sínodo 2021-2024 amenaza con convertirse en una forma permanente de gobierno”.
Esta no es una exageración retórica: en mayo, la Secretaría General del Sínodo confirmó un itinerario hasta 2028 y describió las sucesivas asambleas no como el final del proceso, sino como ocasiones para relanzar la “conversión sinodal” de la Iglesia.
“Un sínodo sobre un sínodo”
Mutsaerts comienza entonces a diseccionar lo que considera el problema de fondo.
Tradicionalmente, recuerda, un sínodo se convocaba para tratar algo: la evangelización, la familia, el sacerdocio, la Eucaristía, la Sagrada Escritura, una crisis pastoral o una controversia doctrinal.
Esta vez el tema ha sido la propia sinodalidad. Y su comparación es deliberadamente mordaz:
“Se podría comparar con una reunión que se convoca interminablemente para discutir cómo se deben celebrar las reuniones de ahora en adelante”.
El obispo no niega la legitimidad de los sínodos, concilios o consultas. Recuerda que forman parte de la historia de la Iglesia desde el Concilio de Jerusalén. Lo que cuestiona es algo distinto: convertir el método sinodal en un paradigma permanente de la vida de la Iglesia.
“El sínodo clásico era un medio”, escribe. En cambio, “en el discurso sinodal contemporáneo, la sinodalidad amenaza con convertirse en un fin en sí misma”.
La Iglesia no inventa la verdad
Aquí la carta deja de ser simplemente una crítica administrativa y entra en el terreno más profundo de la eclesiología.
Para Mutsaerts, la cuestión decisiva es si la Iglesia se entiende a sí misma como una comunidad que construye progresivamente su propia identidad mediante la escucha y el consenso, o como una comunidad que ha recibido de Cristo una Revelación que debe custodiar y transmitir.
“La Iglesia no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo. Cristo no creó un grupo de discusión. Llamó a los apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a predicar, bautizar y enseñar”.
De ahí una afirmación particularmente importante:
“La verdad no surge por mayoría de votos. Si mañana el 90 por ciento de los católicos dejara de creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría por eso menos realmente presente. Si el 80 por ciento rechaza una determinada doctrina moral, esa doctrina no se vuelve automáticamente falsa. La verdad no es producida por consenso”.
Este es probablemente el núcleo intelectual de toda la carta.
Mutsaerts no niega que los obispos deban escuchar a los fieles. Todo lo contrario. Pero pregunta: ¿a quién debe escuchar primero la Iglesia?
Su respuesta es inequívoca: a Cristo, a la Escritura, a la Tradición Apostólica, al testimonio de los santos, a veinte siglos de cristianismo y al Magisterio; y, ciertamente, también a los fieles. El peligro aparece cuando ese orden se invierte.
La palabra casi desaparecida: conversión
Para el obispo holandés, ese cambio de prioridades explica otra de las grandes carencias del proceso: se habla constantemente de escucha, inclusión, participación y acompañamiento, pero mucho menos de conversión
.
“¿Qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces no es el Evangelio el que debe cambiar; es el hombre quien debe cambiar. En el cristianismo eso se llama conversión”.
Y continúa:
“La Iglesia no existe principalmente para afirmar a las personas en lo que ya son. Existe para llevarlas a Cristo. Las primeras palabras de la predicación pública de Jesús no fueron: ‘Primero dime qué piensas de las estructuras actuales de la Iglesia’, sino: ‘Conviértanse y crean en la Buena Nueva’. Eso es considerablemente menos burocrático. Y considerablemente más radical”.
Mutsaerts repasa entonces la historia cristiana: Pedro, Pablo, Francisco, Domingo, Francisco Javier, el Cura de Ars, Madre Teresa y Juan Pablo II. Todos escucharon a las personas, concede. “Pero escuchar nunca fue el punto de llegada. El punto de llegada era la conversión a Cristo”.
Una casa que arde discutiendo sus estructuras
El diagnóstico adquiere especial fuerza viniendo de un obispo holandés. Porque Mutsaerts conoce desde dentro una de las Iglesias locales donde la secularización ha avanzado más brutalmente: templos vacíos, parroquias fusionadas, conventos que desaparecen, órdenes religiosas envejecidas, vocaciones escasas, confesión casi inexistente para innumerables bautizados y un conocimiento cada vez menor de las verdades básicas de la fe.
Ante semejante panorama, sostiene, la gran pregunta debería ser: “¿Cómo podemos ganar nuevamente el mundo para Cristo?”
Sin embargo, observa que una enorme cantidad de energía sinodal se dedica a las estructuras, la participación, los procesos de decisión, la presencia de mujeres, la inclusión y las relaciones de poder.
No niega que algunos de estos asuntos puedan ser legítimos. Pero utiliza una imagen difícil de olvidar:
“Una casa en llamas tiene prioridades distintas de los asuntos domésticos”.
El problema, según Mutsaerts, puede incluso agravarse mediante lo que describe irónicamente como una especie de “ley de Parkinson eclesiástica”: cuanto menos se evangeliza, más comités aparecen sobre evangelización; cuanto menos vocaciones hay, más documentos se escriben sobre ellas; cuanto menos gente va a Misa, más largas se vuelven las reuniones sobre cómo “ser Iglesia”.
La burocracia, advierte, puede crear la ilusión de actividad mientras la realidad se deteriora.
Expectativas que la Iglesia no puede cumplir
Hay otra crítica especialmente fuerte: Durante el proceso sinodal se ha permitido discutir reiteradamente cuestiones como el diaconado femenino, el sacerdocio, la moral sexual, las relaciones homosexuales, la autoridad eclesial, la descentralización o la posición de la mujer.
Según Mutsaerts, aunque se alegue que escuchar no significa necesariamente modificar la doctrina, mantener durante años esos asuntos sobre la mesa genera inevitablemente la expectativa de que pueden cambiar.
Y ahí aparece la paradoja pastoral:
“Se pide a las personas que expresen sus expectativas. Después, algunas de esas expectativas resultan imposibles de satisfacer sin poner en peligro la continuidad con la doctrina católica. ¿Qué sucede entonces? Una decepción generalizada. La Iglesia ha creado ella misma expectativas que finalmente no puede cumplir”.
Lejos de ser pastoral, sostiene, ese método termina fabricando frustración. Incluso advierte de una cierta “protestantización” de la concepción de la Iglesia: mayor peso de las estructuras consultivas, las experiencias individuales, las comunidades locales y los cambios culturales frente a la autoridad doctrinal recibida.
Y formula otra pregunta incómoda: si esos modelos no impidieron el desplome de numerosas denominaciones protestantes en Europa occidental, ¿por qué debería esperarse que produzcan una renovación católica?
La alternativa: santos, no estructuras
Mutsaerts no se limita, sin embargo, a demoler, sino que propone una alternativa: las grandes reformas de la historia de la Iglesia, recuerda, no comenzaron normalmente mediante reestructuraciones administrativas. Comenzaron con santos: Benito, Bernardo, Francisco, Domingo, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, Francisco de Sales, Juan Bosco, Teresa de Lisieux, Maximiliano Kolbe, Juan Pablo II.
En sus palabras:
“Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad y gestores altamente remunerados”.
Y su fórmula alternativa a los clichés del “camino sinodal” resume prácticamente toda la carta:
“No menos escucha, sino más santidad. No menos participación, sino más conversión. No menos diálogo, sino más proclamación”.
Hay además un problema de representatividad que raramente se menciona. Los católicos que más participan en estructuras eclesiales y sesiones de escucha no necesariamente representan al conjunto de los fieles.
Mutsaerts pone ejemplos muy concretos: ni el católico que asiste diariamente a Misa y reza el Rosario, ni el joven dispuesto a viajar durante horas por una liturgia tradicional, ni la madre de seis hijos que intenta educarlos en la fe o la religiosa contemplativa disponen del tiempo para llenar encuestas o participar en comisiones.
“Quien escucha únicamente a quienes se acercan al micrófono puede olvidar fácilmente que el Pueblo de Dios es más grande que el círculo alrededor de la mesa de reuniones”.
Esta observación es acertada; pero especialmente incómoda porque cuestiona uno de los supuestos más frecuentes del proceso: que multiplicar consultas equivale necesariamente a escuchar mejor al Pueblo de Dios.
Cristo escucha, pero después corrige
Quizá la imagen más lograda de la carta sea la que Mutsaerts toma de los discípulos de Emaús. Jesús camina con los discípulos, les pregunta qué sucede y les permite explicar su decepción.
Hasta ahí, ironiza el obispo, “cualquier manual sinodal podría estar de acuerdo con entusiasmo”.
Pero luego ocurre algo decisivo: Cristo no confirma su interpretación: La corrige al explicarle las Escrituras y finalmente ellos lo reconocen al partir el pan.
Después tampoco se quedan eternamente en Emaús “evaluando su experiencia de caminar juntos”. Se levantan, vuelven a Jerusalén y anuncian lo ocurrido.
“El proceso sinodal se ha quedado atascado en Emaús, y la pregunta es si todavía puede salir de allí. Estamos tan ocupados discutiendo cómo debe caminar junta la Iglesia que a veces olvidamos hacia dónde se dirige”.
Al Papa León XIV: “Denos claridad”
Aquí es donde la carta se convierte en una súplica al Papa.
Y el momento es particularmente significativo porque León XIV, hasta ahora, no ha detenido el
proceso heredado de Francisco. Por el contrario, el Vaticano afirma que el nuevo Papa ha confirmado y promovido la fase de implementación, y en junio León recibió a los responsables continentales del Sínodo en un encuentro que el cardenal Mario Grech describió como “una fuerte señal de apoyo y aliento”.
Por eso Mutsaerts está pidiendo que León XIV reconsidere las prioridades y los límites de un proceso que ya ha decidido continuar.
Su súplica es explícita:
“Mi petición es sencilla: denos claridad. Cuando el mundo hable con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se canse de discusiones internas, señálenos nuevamente a Cristo. Cuando nos perdamos en procesos y estructuras, recuérdanos nuestra misión”.
Y termina regresando exactamente al punto donde comenzó: la salvación de las almas.
Mutsaerts teme que la Iglesia esté perdiendo un tiempo precioso en interminables procesos internos precisamente cuando millones de personas han dejado de conocer a Cristo y, al mismo tiempo, aparecen nuevas generaciones que vuelven a buscar verdad, trascendencia, belleza y una identidad firme.
Por eso pide que el pontificado de León XIV se caracterice por una renovada concentración en “Cristo, la conversión, la santidad, la Eucaristía, la evangelización y la salvación de las almas”.
Y deja al Papa -en realidad, a toda la Iglesia- una pregunta que probablemente sea mucho más importante que determinar cuántos informes, asambleas o “procesos de escucha” consigue producir el Sínodo:
“Cuando todos los sínodos hayan concluido, todos los documentos hayan sido escritos, todos los comités hayan sido disueltos y nuestros propios nombres hayan sido olvidados, solamente quedará la pregunta que verdaderamente importa: ¿hemos acercado a Jesucristo a las personas confiadas a nuestro cuidado?”
Es difícil imaginar un criterio más católico para juzgar el éxito o el fracaso del interminable camino sinodal.




Muy buena carta! Que raro que no tuviera cobertura por los medios Católicos dominantes... o no tan raro!
Tenemos las autoridades que nos merecemos por no rezar y mortificarnos más por ellas.
¡Dios se apiade de su Iglesia!