San Mateo Ayariga, mártir africano
Hay santos de los que conocemos prácticamente todo. Conservamos sus cartas, sus diarios espirituales, los testimonios de quienes convivieron con ellos, sus sermones, sus obras y hasta los detalles más pequeños de sus últimos días. Y luego está San Mateo Ayariga.
De Mateo Ayariga sabemos casi nada.
Ni siquiera los datos más elementales de su biografía están completamente establecidos. Sabemos que era africano, que procedía de Ghana y que había llegado a Libia como tantos otros migrantes pobres que buscaban trabajo en un país cuya riqueza petrolera había atraído durante décadas a trabajadores de otras partes de África.
También sabemos que trabajaba allí cuando terminó en manos del Estado Islámico. Incluso su historia religiosa anterior no está totalmente documentada: algunas fuentes sostienen que ya era cristiano y otras que era católico, mientras que otras dejan abierta la posibilidad de que su profesión explícita de fe cristiana se produjera precisamente durante su cautiverio y a las puertas de la muerte.
Pero sabemos una cosa…y parece que para Dios fue suficiente.
Mateo terminó prisionero junto a veinte trabajadores egipcios pertenecientes a la Iglesia copta ortodoxa. ISIS los llevó hasta una playa de Libia, los vistió con aquellos tristemente célebres uniformes anaranjados y filmó cuidadosamente la escena que pretendía utilizar como propaganda del terror. Los hombres serían decapitados por ser cristianos. Sus verdugos querían que el video mostrara al mundo el poder del Estado Islámico y la humillación de los seguidores de Cristo.
Lo que terminaron filmando fue algo completamente distinto.
Cuando llegó el momento de definir de qué lado estaba y se le presentó la posibilidad de salvarse si se proclamaba musulmán, a Mateo Ayariga se le atribuye una frase extraordinaria: “Su Dios es mi Dios”.
Es difícil imaginar una profesión de fe más sencilla. Mateo no escribió ningún tratado teológico ni hay registro de cuáles eran sus devociones No sabemos qué virtudes practicó durante su juventud, cuántas veces se confesó, cuáles fueron sus pecados, sus luchas, sus dudas o sus caídas. No sabemos si alguna vez imaginó siquiera que terminaría siendo venerado como santo. Lo que sabemos es que, cuando llegó la única pregunta que finalmente importaba, vio a aquellos cristianos condenados a morir por Jesucristo y eligió compartir su suerte: “Su Dios es mi Dios”
Y murió con ellos el 15 de febrero de 2015.
El reconocimiento
Pocos días después, el papa copto ortodoxo Tawadros II declaró santos mártires a los 21 hombres. Ocho años más tarde ocurrió algo todavía más excepcional. El 11 de mayo de 2023, durante el encuentro entre Francisco y Tawadros II en Roma, el Papa anunció que los 21 serían inscritos en el Martirologio Romano. Francisco explicó que aquellos hombres habían sido bautizados “no solamente en el agua y el Espíritu, sino también en la sangre” y llamó a esa sangre “semilla de unidad” entre los cristianos.
Ahora la historia acaba de dar otro giro tan gratificante como conmovedor.
El obispo Michael Olson, de Fort Worth, Texas, anunció el pasado 28 de agosto la creación en Arlington de la Saint Matthew Ayariga Catholic Church, una parroquia personal destinada especialmente a la creciente comunidad católica ghanesa del norte de Texas. Será la primera parroquia católica nacional ghanesa de Estados Unidos y, según la propia diócesis, la primera parroquia católica del mundo puesta bajo el patronazgo de San Mateo Ayariga. La iglesia será dedicada el 29 de enero de 2027, con la presencia prevista del arzobispo Gabriel Anokye de Kumasi, Ghana.
La paradoja es admirable. ISIS produjo el repulsivo video para borrar la identidad de esos hombres y convertirlos simplemente en víctimas anónimas del terror islamista. Once años después, la Iglesia católica está poniendo el nombre de uno de ellos en la fachada de una parroquia en Texas.
El obispo Olson lo expresó de una manera admirable: “donde la violencia intenta borrar la identidad de un hombre, la Iglesia recuerda su nombre”.
El valor del martirio
Pero creo que la historia de Mateo Ayariga contiene una enseñanza todavía más profunda, y quizá particularmente consoladora para quienes somos dolorosamente conscientes de nuestras propias debilidades.
Los católicos a veces corremos el riesgo de imaginar la santidad como una especie de expediente perfecto. Pensamos espontáneamente en grandes santos cuyas vidas parecen haber estado marcadas desde muy temprano por virtudes extraordinarias. Esos santos son importantes y definitivamente ejemplares.
Pero la Iglesia posee también otra clase de historias: historias desconcertantes de hombres y mujeres cuyas vidas tuvieron zonas oscuras, pecados graves, adicciones, fracasos y contradicciones, pero que cuando llegó la hora decisiva supieron reconocer a Cristo y no negarlo.
Uno de los ejemplos que he mencionado más de una vez es el de San Andrés Wouters, sacerdote holandés del siglo XVI y uno de los 19 mártires de Gorcum. Las fuentes católicas antiguas se limitan a decir, con cierta delicadeza, que su conducta antes de ser capturado “no había sido edificante”. Pero otras biografías son bastante menos diplomáticas: Wouters había llevado una vida escandalosa como sacerdote, era conocido por sus relaciones con mujeres y había engendrado varios hijos.
Entonces llegó la persecución.
En 1572, durante las guerras religiosas de los Países Bajos, fuerzas calvinistas capturaron a un grupo de sacerdotes y religiosos católicos. Se les exigió abandonar dos doctrinas en particular: la autoridad del Papa y la fe católica en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Wouters podía haber salvado la vida renegando de aquello que había predicado tan imperfectamente durante la suya.
No lo hizo. Cuando sus perseguidores utilizaron contra él su escandaloso pasado, la tradición conserva una de las frases más sinceras pronunciadas por un mártir pecador: “Fornicador siempre fui; hereje nunca”.
Fue ahorcado con sus compañeros el 9 de julio de 1572. La Iglesia no canonizó su fornicación ni sus pecados, por supuesto. Canonizó al hombre que, llegado el momento definitivo, aceptó morir antes que negar a Cristo y la fe católica. Pío IX lo canonizó junto con los demás mártires de Gorcum en 1867.
Algo semejante, aunque en circunstancias muy distintas, ocurrió con San Marcos Ji Tianxiang, un médico y padre de familia católico chino. Había comenzado a consumir opio por razones medicinales y terminó desarrollando una dependencia de la que no consiguió librarse. En aquella época todavía no se comprendía la naturaleza de la adicción, y durante aproximadamente treinta años se le excluyó de la Eucaristía porque su incapacidad de abandonar el opio fue interpretada como señal de que no tenía verdadero arrepentimiento.
Pero Marcos no abandonó la Iglesia. Siguió rezando y asistiendo a Misa sin comulgar. Y cuando la rebelión de los Bóxers desencadenó una feroz persecución contra los cristianos chinos, llegó para él también la pregunta definitiva. Fue detenido junto con miembros de su familia y se negó a apostatar. Murió decapitado el 7 de julio de 1900 profesando firmemente su fe en Cristo. San Juan Pablo II lo canonizó el 1 de octubre de 2000 junto con los 120 mártires de China. El propio Martirologio Romano recuerda precisamente esta paradoja: el hombre que había permanecido durante treinta años apartado del banquete eucarístico terminó, mediante el martirio, alcanzando el “banquete eterno”.
Un camino al Cielo
El martirio no es una especie de truco jurídico celestial mediante el cual una persona puede vivir deliberadamente de espaldas a Dios y arreglarlo todo en el último minuto. Sería una caricatura grotesca de la doctrina cristiana. Significa algo mucho más profundo: que la gracia de Dios puede conquistar finalmente un corazón humano incluso después de una vida marcada por inmensas fragilidades, y que entregar voluntariamente la propia vida antes que negar a Cristo constituye un acto supremo de fe, esperanza, caridad y fortaleza.
El Catecismo lo dice sin ambigüedades: “El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe”. El mártir llega hasta la muerte unido por la caridad a Cristo muerto y resucitado. Y la Iglesia ha sostenido desde sus primeros siglos que, cuando alguien muere por Cristo sin haber podido recibir el bautismo sacramental, existe el llamado bautismo de sangre, que produce los frutos del Bautismo.
Y ahí es donde Mateo Ayariga resulta tan fascinante.
Tenemos santos cuyas vidas llenan bibliotecas. De él casi no tenemos una biografía… pero sí tenemos una decisión. Y una decisión puede decir más sobre un hombre que miles de páginas.
En aquella playa libia, Mateo pudo haberse separado de los demás y salvar su vida. Pudo decir “yo no soy uno de ellos”. Pudo aprovechar la diferencia de nacionalidad, de raza o posiblemente hasta de pertenencia eclesial para intentar sobrevivir. En cambio miró a aquellos hombres que iban a morir confesando a Jesucristo y dijo, en esencia: yo pertenezco con ellos porque pertenezco al mismo Dios. Una vez más: “Su Dios es mi Dios”.
Eso bastó para que los verdugos lo mataran. Y acabó siendo suficiente para que la Iglesia recordara su nombre.
Por eso me parece particularmente emocionante que dentro de pocos meses haya católicos entrando cada domingo en una iglesia de Arlington, Texas, sobre cuya puerta estará escrito Saint Matthew Ayariga Catholic Church. Allí habrá bautismos, primeras comuniones, matrimonios, confesiones y funerales. Habrá niños ghaneses nacidos en Estados Unidos que preguntarán a sus padres quién era el hombre cuyo nombre lleva su parroquia. Y tendrán que contarles la historia de un trabajador inmigrante africano del que sabemos poquísimo, pero que cuando unos hombres armados le exigieron decidir quién era realmente, eligió a Cristo.
Para quienes conocemos demasiado bien nuestras propias miserias, las historias de Mateo Ayariga, Andrés Wouters y Marcos Ji Tianxiang deberían provocar algo más que admiración. Deberían provocarnos esperanza.
No porque nuestros pecados carezcan de importancia. Precisamente porque la tienen. No porque podamos aplazar nuestra conversión hasta el último instante. Nadie tiene prometido ese último instante. Sino porque ninguno de nosotros debería cometer el pecado adicional de creer que nuestras miserias son más poderosas que la gracia de Dios.
Hay santos que fueron extraordinariamente fieles durante toda su vida. Y hay otros cuya historia parece concentrarse de manera impresionante en la hora de la prueba.
Nosotros no sabemos cómo será nuestra última hora. Pero sí sabemos cuál es la respuesta que, con la gracia de Dios, queremos poder dar: Su Dios es mi Dios.



