Son los pequeños los que impulsan al mundo
El primer Te Deum de fin de año del Papa León XIV es un texto imperdible sobre su visión de esperanza cristiana
Crédito: Vatican Media
Este miércoles 31 de diciembre, a las 5:00 PM hora de Roma, en la Basílica de San Pedro, el Papa León XIV celebró las primeras vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios.
También allí pronunció la histórica y solemne Acción de Gracias conocida como el “Te Deum” (“¡A Ti Dios!”)
La homilía del Pontífice, por su sencillez, su profundidad teológica y su sensibilidad frente a lo que pasa hoy en el mundo y la historia vale la pena leerla.
Acá ofrezco mi propia traducción en español, la original fue pronunciada en italiano.
Nota; al finalizar la celebración, el Papa León salió a bendecir el Nacimiento de la Plaza San Pedro, donde se entretuvo con los fieles presentes.
¡Queridos hermanos y hermanas!
La liturgia de las Primeras Vísperas de la Madre de Dios posee una riqueza singular, que le viene tanto del vertiginoso misterio que celebra como de su colocación justamente al final del año solar. Las antífonas de los salmos y del Magníficat insisten en el acontecimiento paradójico de un Dios que nace de una virgen o, dicho al revés, de la maternidad divina de María. Y al mismo tiempo, esta solemnidad, que concluye la Octava de Navidad, cubre el paso de un año a otro y extiende sobre él la bendición de Aquel «que era, que es y que viene» (Ap 1,8). Además, hoy la celebramos al final del Jubileo, en el corazón de Roma, junto a la Tumba de Pedro, y entonces el Te Deum que resonará dentro de poco en esta Basílica querrá como dilatarse para dar voz a todos los corazones y los rostros que han pasado bajo estas bóvedas y por las calles de esta ciudad.
Hemos escuchado en la Lectura bíblica una de las síntesis más asombrosas del apóstol Pablo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción filial» (Gal 4,4-5). Este modo de presentar el misterio de Cristo hace pensar en un designio, un gran designio sobre la historia humana. Un designio misterioso, pero con un centro claro, como una alta montaña iluminada por el sol en medio de un espeso bosque: este centro es la “plenitud del tiempo”.
Y precisamente esta palabra —“designio”— ha resonado en el cántico de la Carta a los Efesios: «El designio de recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. En su benevolencia lo había determinado en Él de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos» (Ef 1,9-10).
Hermanas y hermanos, en nuestro tiempo sentimos la necesidad de un designio sabio, benevolente, misericordioso. Que sea un proyecto libre y liberador, pacífico, fiel, como aquel que la Virgen María proclamó en su cántico de alabanza: «De generación en generación su misericordia se extiende sobre los que lo temen» (Lc 1,50).
Otros designios, sin embargo, hoy como ayer, envuelven al mundo. Son más bien estrategias, que buscan conquistar mercados, territorios, zonas de influencia. Estrategias armadas, revestidas de discursos hipócritas, de proclamas ideológicas, de falsos motivos religiosos.
Pero la Santa Madre de Dios, la más pequeña y la más alta entre las criaturas, ve las cosas con la mirada de Dios: ve que con la potencia de su brazo el Altísimo dispersa las tramas de los soberbios, derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes, colma de bienes las manos de los hambrientos y deja vacías las de los ricos (cf. Lc 1,51-53).
La Madre de Jesús es la mujer con la cual Dios, en la plenitud del tiempo, ha escrito la Palabra que revela el misterio. No la impuso: primero la propuso a su corazón y, recibido su “sí”, la escribió con amor inefable en su carne. Así, la esperanza de Dios se entrelazó con la esperanza de María, descendiente de Abrahán según la carne y, sobre todo, según la fe.
A Dios le gusta esperar con el corazón de los pequeños, y lo hace involucrándolos en su designio de salvación. Cuanto más hermoso es el designio, tanto más grande es la esperanza. Y, de hecho, el mundo avanza así, impulsado por la esperanza de tantas personas sencillas, desconocidas pero no para Dios, que a pesar de todo creen en un mañana mejor, porque saben que el futuro está en las manos de Aquel que les ofrece la esperanza más grande.
Una de estas personas era Simón, un pescador de Galilea, a quien Jesús llamó Pedro. Dios Padre le concedió una fe tan franca y generosa que el Señor pudo edificar sobre ella su comunidad (cf. Mt 16,18). Y nosotros todavía hoy estamos aquí rezando junto a su tumba, donde peregrinos de todas las partes del mundo vienen a renovar su fe en Jesucristo, Hijo de Dios. Esto ha sucedido de modo especial durante el Año Santo que está por concluir.
El Jubileo es un gran signo de un mundo nuevo, renovado y reconciliado según el designio de Dios. Y en este designio la Providencia ha reservado un lugar particular a esta ciudad de Roma. No por sus glorias, no por su poder, sino porque aquí derramaron su sangre por Cristo Pedro y Pablo y tantos otros Mártires. Por eso Roma es la ciudad del Jubileo.
¿Qué podemos desear a Roma? Que esté a la altura de sus pequeños: de los niños, de los ancianos solos y frágiles, de las familias que tienen más dificultades para salir adelante, de los hombres y mujeres que han venido de lejos esperando una vida digna.
Hoy, queridísimos, damos gracias a Dios por el don del Jubileo, que ha sido un gran signo de su designio de esperanza sobre el hombre y sobre el mundo. Y agradecemos a todos aquellos que, durante los meses y los días de 2025, han trabajado al servicio de los peregrinos y para hacer a Roma más acogedora. Este había sido, hace un año, el deseo del amado Papa Francisco. Quisiera que lo siguiera siendo, y diría que todavía más después de este tiempo de gracia. Que esta ciudad, animada por la esperanza cristiana, pueda estar al servicio del designio de amor de Dios sobre la familia humana. Que nos lo obtenga la intercesión de la Santa Madre de Dios, Salus Populi Romani.



