El Papa León XIV inaugura el encuentro a los 10 años de Amoris Laetitia (foto: Vatican Media)
Este miércoles 7 de octubre, el Papa León XIV inauguró en el Aula Pablo VI del Vaticano una reunión extraordinaria que se prolongará hasta el próximo 14 de octubre, con motivo de los diez años de la publicación de Amoris Laetitia (La alegría del amor), la exhortación apostólica postsinodal del Papa Francisco sobre el matrimonio y la familia.
No se trata de una reunión cualquiera. Participan unas 248 personas, entre ellos los responsables de las Iglesias orientales católicas y los presidentes de aproximadamente 115 conferencias episcopales, junto con otros invitados del Pontífice, expertos, sacerdotes, religiosos, laicos y matrimonios. Algunos de estos últimos son personas relativamente desconocidas fuera de sus respectivos ambientes eclesiales, pero participarán en las deliberaciones de un encuentro que puede tener consecuencias importantes… y no estoy hablando solamente de la pastoral familiar. Hablo de la unidad de la Iglesia.
La periodista Nicole Winfield, de Associated Press, que lleva años cubriendo la Santa Sede, ha descrito el encuentro como una revisión del estado de la puesta en práctica de una de las decisiones más controvertidas del pontificado anterior: la apertura, bajo determinadas circunstancias, de la posibilidad de recibir la Comunión para los católicos divorciados que han contraído una nueva unión civil.
¿A quése refiere Winfield?
Para comprender la verdadera importancia de lo que León XIV está haciendo, es indispensable recordar cómo nació Amoris Laetitia, por qué se convirtió en uno de los documentos pontificios más discutidos de las últimas décadas y cómo terminó marcando profundamente la percepción del pontificado de Francisco entre un sector significativo de los fieles católicos.
Dos sínodos que cambiaron la historia reciente de la Iglesia
Francisco convocó no uno, sino dos sínodos consecutivos sobre la familia: el extraordinario, celebrado del 5 al 19 de octubre de 2014, y el ordinario, del 4 al 25 de octubre de 2015.
He cubierto como periodista católico decenas de encuentros eclesiales y sínodos desde los pontificados de san Juan Pablo II y Benedicto XVI, y puedo decir que nunca antes había presenciado un nivel de controversia, desconfianza y tensión interna comparable al que caracterizó estos dos acontecimientos. Probablemente solo el posterior Sínodo de la Amazonía terminaría superándolos en polémica; pro aún así, su impacto se limitaba a una región.
El primer sínodo de lafamilia comenzó bajo circunstancias particularmente favorables para Francisco. El nuevo Papa gozaba todavía del enorme beneficio de la duda que suele acompañar a los primeros años de un pontificado. Sin embargo, esa confianza comenzó a deteriorarse cuando varios participantes denunciaron públicamente que determinados pasajes de los documentos sinodales parecían responder más a una agenda previamente preparada que al resultado real de las discusiones.
El episodio más célebre fue la publicación de la Relatio post disceptationem, el documento intermedio que contenía afirmaciones sorprendentemente positivas sobre las uniones homosexuales. Aquellos párrafos provocaron una conmoción inmediata porque parecían introducir conceptos completamente ajenos al lenguaje habitual del magisterio católico.
En una memorable conferencia de prensa en el Vaticano, cuando un periodista preguntó al cardenal húngaro Péter Erdő, relator general del sínodo, por el contenido de aquellos pasajes, el purpurado remitió la responsabilidad de su redacción al arzobispo italiano Bruno Forte, secretario especial de la asamblea y considerado entonces uno de los aliados teológicos más progresistas de Francisco.
“Pregúntenle a él, porque él lo escribió” furon las palabras del cardenal.
No fue el único episodio revelador. El cardenal sudafricano Wilfrid Napier denunció los problemas que estaba generando la presentación pública de textos que, según sus críticas, no reflejaban adecuadamente las discusiones de los padres sinodales.
En otras palabras, para el Cardenal Napier, los estractos de las intervenciones sinodales preparadas por la sala de prensa del Vaticano traicionaban el contenido original, y parecían apuntar a una conclusión ya alcanzada por los titireteros.
La cuestión de fondo comenzó entonces a hacerse evidente: existía un esfuerzo por encontrar una vía que permitiera a los divorciados en nueva unión acceder a la Eucaristía, algo que la disciplina tradicional de la Iglesia impedía mientras se mantuviera una convivencia conyugal contraria al vínculo matrimonial válido anterior.
Y no estábamos hablando de un cambio menor.
San Juan Pablo II había reafirmado en Familiaris Consortio, de 1981, que los divorciados vueltos a casar civilmente no podían ser admitidos a la Comunión mientras persistiera su situación objetiva, salvo que, por razones graves que impidieran separarse, asumieran el compromiso de vivir en plena continencia.
El Catecismo de la Iglesia Católica, en su numeral 1650, reiteró esa enseñanza. Y Benedicto XVI la confirmó nuevamente en Sacramentum Caritatis, de 2007, insistiendo al mismo tiempo en la obligación pastoral de acompañar con caridad a quienes se encontraban en esa situación.
La cuestión, por tanto, no era si la Iglesia debía recibir con misericordia a los divorciados en nueva unión. Sobre eso nunca había existido un desacuerdo doctrinal serio. El problema era si podía modificarse una disciplina sacramental estrechamente vinculada con la indisolubilidad del matrimonio, la doctrina sobre el pecado grave y las condiciones necesarias para recibir dignamente la Eucaristía.
La controversia se hizo todavía mayor durante el segundo sínodo.
En octubre de 2015, un grupo de trece cardenales encabezado por George Pell envió una carta confidencial al Papa Francisco expresando su preocupación por la metodología empleada en el primer sínodo, el contenido del documento de trabajo y la composición de la comisión encargada de redactar las conclusiones.
La existencia de la carta fue confirmada posteriormente, entre otros, por el cardenal Timothy Dolan, aunque la existencia de la carta, que debió ser privada,fue dada a conocer por el periodista italiano Sandro Magister.
La preocupación era evidente: algunos de los participantes más importantes consideraban que los mecanismos del sínodo podían facilitar resultados previamente orientados en cuestiones doctrinalmente delicadas.
A pesar de las quejas de aquella carta, el segundo sínodo no cambió su etodología y terminó desarrollándose en un clima de desconfianza que dejó heridas profundas.
Y esas heridas se trasladaron casi inmediatamente al documento pontificio que nació de ambos encuentros.
Una exhortación de nueve capítulos devorada por una nota al pie
Amoris Laetitia fue firmada por Francisco el 19 de marzo de 2016, solemnidad de san José, y presentada públicamente el 8 de abril de aquel año.
Es una exhortación apostólica postsinodal, no una encíclica. Pero, como demostrarían los acontecimientos, su alcance eclesial y sus consecuencias pastorales fueron extraordinariamente importantes.
El documento contiene nueve capítulos dedicados a una amplia variedad de cuestiones familiares. Comienza con una reflexión bíblica sobre la familia, continúa con los desafíos contemporáneos del matrimonio, desarrolla la vocación cristiana de los esposos y dedica un extenso y hermoso capítulo al amor matrimonial, inspirado en el himno de la caridad de san Pablo en la Primera Carta a los Corintios.
Otros capítulos hablan de los hijos, la educación, la pastoral familiar y la espiritualidad del matrimonio.
Especialmente significativo es el capítulo noveno, dedicado a la espiritualidad matrimonial y familiar, que ofrece la posibilidad de comprender la vida cotidiana de los esposos, sus sacrificios, sus alegrías y sus responsabilidades como un verdadero camino de santificación.
Sin embargo, prácticamente todo ese contenido terminó eclipsado por el capítulo octavo, titulado Acompañar, discernir e integrar la fragilidad.
Y dentro de ese capítulo, por una nota al pie.
La tristemente célebre nota 351 introdujo la posibilidad de que, en determinadas circunstancias, la recepción de los sacramentos formara parte del “acompañamiento pastoral” de personas que viven en situaciones consideradas objetivamente irregulares.
El texto no formulaba una autorización universal e indiscriminada; pero abrió el camino para una interpretación que permitía claros abusos. Un obispo argentino, por ejemplo, anunció una gran Misa en la catedral de “retorno” de los divorciados en nueva unión a la Comunión. ¿Eso es lo que decía Amores Laetitia? No. ¿Fue parte de los precedibles abusos que la fatídica nota produciría? Sin duda.
Los obispos de la región de Buenos Aires, sin duda animados por el Papa Francisco, publicaron criterios pastorales que concretaban la posibilidad de recibir la Eucaristía en situaciones limitadas; y el propio Francisco manifestó que esa interpretación era “la correcta” y que “no hay otra”. Aquella orientación terminó adquiriendo una relevancia magisterial especial cuando ese texto, peso pluma de la teología pastoral, fue incorporada por pedido del Papa en las Acta Apostolicae Sedis.
El entonces arzobispo Víctor Manuel Fernández, uno de los colaboradores teológicos más cercanos a Francisco y hoy prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, desempeñó un papel particularmente importante en la defensa de esta interpretación.
En 2017 publicó en la revista Medellín, del CELAM, un artículo titulado El capítulo VIII de Amoris Laetitia: lo que queda después de la tormenta, en el que reconocía explícitamente que la interpretación de Francisco suponía un cambio en la disciplina vigente.
Fernández insistía en distinguir entre la situación objetiva de pecado y la posible culpabilidad subjetiva de las personas, argumentando que determinados condicionamientos podían disminuir la responsabilidad moral.
Sus críticos, sin embargo, consideraban que aquella explicación no resolvía la cuestión central: cómo podía introducirse una práctica sacramental que parecía entrar en tensión con las enseñanzas de los pontífices anteriores, sin explicar con suficiente claridad su compatibilidad con ellas.
La ironía resultaba surrealista: Una exhortación de nueve capítulos, presentada como una gran renovación de la pastoral familiar, había quedado reducida en el debate eclesial a una controversia sobre unas pocas líneas escondidas al pie de una página, y en la conferencia, que el CELAM terminó sacando de internet, Fernández expresaba su desconcierto y frustración por la explosión eclesial que había producido una nota a pie de página.
Las cinco preguntas que no recibieron respuesta
La situación alcanzó su punto más delicado cuando cuatro cardenales —Carlo Caffarra, Walter Brandmüller, Raymond Leo Burke y Joachim Meisner— presentaron en septiembre de 2016 cinco dubia, es decir, cinco preguntas formales que solicitaban una respuesta precisa sobre la interpretación de Amoris Laetitia.
Los cardenales querían saber si seguían vigentes las condiciones establecidas por Familiaris Consortio para admitir a la Comunión a divorciados en nueva unión, si mantenían su plena validez las enseñanzas de Veritatis Splendor sobre los actos intrínsecamente malos y las normas morales absolutas, y cómo debían comprenderse las relaciones entre pecado objetivo, culpabilidad subjetiva, conciencia personal y acceso a los sacramentos.
No eran preguntas irrelevantes ni simples manifestaciones de hostilidad al Papa. Afectaban a cuestiones fundamentales de teología moral y disciplina sacramental.
Francisco nunca respondió directamente a aquellas cinco preguntas en los términos solicitados.
Esa decisión contribuyó a transformar una controversia teológica en una crisis de confianza eclesial. Para algunos católicos, Amoris Laetitia representaba una renovación “misericordiosa” de la pastoral. Para muchos otros, introducía una ambigüedad peligrosa que podía desembocar en contradicciones entre la práctica sacramental y la doctrina de la Iglesia.
La polarización llegó incluso a extremos lamentables, con pequeños grupos que comenzaron a cuestionar la legitimidad misma del pontificado.
Lo más grave fue que aquella desconfianza no desapareció. Por el contrario, terminó contaminando la recepción de muchas otras iniciativas de Francisco, incluso cuando estas no tenían relación directa con la controversia matrimonial.
Una parte de la Iglesia comenzó a leer los documentos, los nombramientos, los gestos improvisados, las visitas privadas y especialmente las decisiones del Papa bajo lo que él mismo llamó “una hermenéutica de la sospecha”.
Y así llegamos, diez años después, al pontificado de León XIV.
León XIV y el difícil arte de sanar sin romper
Desde el inicio de su pontificado, León XIV ha mostrado una preocupación constante por la unidad de la Iglesia.
No ha querido presentarse como un Papa que rompe con Francisco, ni mucho menos como alguien que pretende desmantelar sistemáticamente su herencia. Al contrario, ha reconocido repetidamente los aportes de su predecesor.
Pero también ha comenzado a mostrar un estilo propio, caracterizado por la prudencia, la claridad, el sentido de la oportunidad y una preocupación especial por evitar conflictos innecesarios.
Por eso considero que la decisión de dedicar ocho días a evaluar Amoris Laetitia tiene una importancia mucho mayor de la que podría sugerir su carácter aparentemente pastoral.
León XIV sabe perfectamente que está tocando uno de los puntos más sensibles del pontificado anterior.
Y sabe también que no puede pretender sanar las divisiones ignorando que estas existen.
En su discurso inaugural de este 7 de octubre, el Papa evitó entrar directamente en la controversia sacramental, pero formuló preguntas que revelan tanto su preocupación pastoral como el horizonte que desea ofrecer al encuentro.
Se preguntó, entre otras cosas, qué tipo de Iglesia encuentran las personas cuando atraviesan sus momentos de mayor fragilidad, si nuestras comunidades son capaces de ayudarlas a descubrir que siguen teniendo un lugar dentro de ellas y cómo anunciar la plenitud de la enseñanza evangélica sobre la familia.
Lejos de presentar el problema como una simple elección entre rigor doctrinal y misericordia pastoral, León XIV ha insistido en que la verdad cristiana debe transmitirse mediante la paciencia, la cercanía y la caridad.
También pidió que la diversidad de experiencias que llegan de las Iglesias locales contribuya a un discernimiento auténtico, sin ocultar las dificultades ni las preguntas que todavía necesitan respuesta.
Su invitación fue particularmente significativa: escuchar las experiencias acumuladas durante diez años, reconocer sus frutos y fracasos y enfrentar con honestidad los desafíos pendientes.
El Papa no está convocando formalmente un nuevo sínodo para modificar Amoris Laetitia. Los organizadores han señalado que el objetivo es examinar su aplicación pastoral y discernir los pasos futuros.
Pero sería ingenuo creer que una reunión de esta magnitud, convocada personalmente por León XIV y dedicada a un documento tan conflictivo, carecerá de consecuencias importantes.
Y aquí es donde, a mi juicio, aparece la oportunidad extraordinaria que el Pontífice tiene delante.
Las opciones de León XIV
Frente a Amoris Laetitia, León XIV dispone de distintos caminos, pero no todos ofrecen las mismas posibilidades de reconstruir la unidad eclesial.
Uno sería reafirmar con mayor contundencia la interpretación que permite la Comunión a determinados divorciados en nueva unión, promover una aplicación más uniforme e incluso impulsar cambios en la disciplina canónica para darle mayor estabilidad jurídica.
Personalmente, considero esa posibilidad poco probable.
No porque el Papa desconozca o desprecie la preocupación pastoral de Francisco, sino porque semejante iniciativa colocaría nuevamente en el centro del debate una controversia que ya ha provocado demasiadas divisiones y obligaría a enfrentar de manera todavía más explícita las objeciones doctrinales que siguen pendientes.
Existe, sin embargo, un segundo camino.
León XIV puede rendirle un homenaje genérico a Amoris Laetitia, rescatar sus aspectos menos explorados -pienso en elcapítulo 9- y, a partir de ellos, plantear una auténtica renovación de la pastoral matrimonial y familiar.
Una renovación que no esté dominada por el problema de qué hacer con los matrimonios que fracasan, sino por una pregunta mucho más apremiante: ¿qué está haciendo la Iglesia para que los jóvenes vuelvan a casarse, tengan hijos y formen familias capaces de transmitir la fe?
Porque hay algo que ha cambiado dramáticamente en estos diez años.
La crisis de la familia ya no puede ser comprendida principalmente a partir del divorcio y las segundas uniones. En numerosas sociedades, especialmente en Occidente, el problema es todavía más radical: los jóvenes no se casan, los matrimonios se postergan indefinidamente y las tasas de natalidad han caído a niveles que amenazan la continuidad demográfica de sociedades enteras.
La Iglesia se enfrenta, además, a otra crisis inseparable de la anterior: la transmisión de la fe entre generaciones.
Una proporción creciente de niños y jóvenes crece sin una experiencia familiar de oración, sin formación religiosa estable y, en muchos casos, sin conocer siquiera el significado cristiano del matrimonio.
La pregunta decisiva ya no puede limitarse a cómo acompañar a quienes han sufrido una ruptura matrimonial. También debemos preguntarnos cómo formar matrimonios capaces de permanecer unidos, cómo ayudar a los esposos a descubrir la belleza de la apertura a la vida y cómo reconstruir una cultura familiar que haga posible la evangelización de las nuevas generaciones.
No se trata de abandonar a las personas heridas por el divorcio ni de restar importancia a sus necesidades espirituales. Se trata de reconocer que el horizonte de la misión de la Iglesia debe ser mucho más amplio que la discusión sacramental que consumió buena parte de las energías eclesiales durante la década pasada.
Y esto no es simplemente una interpretación mía del desafío actual. El propio León XIV ha señalado, en su discurso inaugural, la dificultad creciente que experimentan muchos jóvenes para aceptar el compromiso matrimonial definitivo, así como los problemas económicos, culturales y sociales que condicionan sus decisiones.
La diferencia es fundamental: mientras la controversia de 2016 giraba principalmente alrededor de cómo integrar situaciones familiares irregulares, la gran cuestión de 2026 puede llegar a ser cómo reconstruir una cultura en la que el matrimonio cristiano vuelva a resultar posible, deseable y fecundo.
Una Iglesia que no sea capaz de reconstruir la cultura del matrimonio y la familia tendrá dificultades crecientes para transmitir la fe de una generación a la siguiente.
Si el Papa consigue avanzar en esa dirección, habrá logrado algo extraordinario. No habrá necesitado declarar derrotado a Francisco ni dar la razón públicamente a sus defensores. Habrá hecho algo mucho más importante: conducir a la Iglesia hacia una misión que exige todos sus esfuerzos.



