La pregunta del millón: ¿Qué es una mujer?
Columnista del Washington Post reconoce el vacío central del activismo “trans” en el debate sobre deportes femeninos
Una de las paradojas más llamativas del actual debate sobre identidad de género es que algunas de las críticas más demoledoras al activismo trans no provienen de sectores conservadores ni religiosos, sino de voces influyentes del establishment liberal.
Es el caso de la reciente columna de la periodista Megan McArdle, publicada en el Washington Post bajo el título de The gaping hole in the transgender sports case, en la que expone sin rodeos lo que denomina “el agujero gigantesco” en los argumentos legales del movimiento trans en los casos sobre deportes femeninos analizados la semana pasada por la Corte Suprema de Estados Unidos.
El debate en la Corte
El caso gira en torno a leyes estatales que prohíben a varones que se identifican como mujeres competir en categorías deportivas femeninas. Durante las audiencias ante los jueces de más estatura y poder de Estados Unidos, relata McArdle, los abogados defensores de los atletas trans evitaron sistemáticamente una pregunta básica planteada por el juez supremo Samuel Alito:
¿qué significa ser hombre o mujer a efectos de la protección constitucional contra la discriminación sexual?
La respuesta -“no tenemos una definición para el tribunal”- fue, en palabras de la columnista, un momento devastador, no solo mediáticamente, sino jurídicamente.
La fuga contraproducente
McArdle subraya un punto que muchos activistas prefieren eludir: sin una definición clara de “sexo”, el derecho simplemente no puede funcionar. Eludir la pregunta no es una estrategia sofisticada, sino, como ella lo califica, mala praxis política y legal. Y el problema no se limita a una mala respuesta ante una audiencia concreta, sino a una evasión sistemática que lleva años instalada en el discurso público.
Los activistas de género, en efecto, han avanzado durante años jugando a la ambigüedad de que el “sexo” no solo es secundario, sino irrelevante frente al concepto de “género”; es decir, la manera como cada uno se autopercibe. Pero si el sexo no existe, si no hay referentes de ningun tipo ¿Quién puede declararse “discriminado”, cuando la discriminación requiere de un grupo bien definido que o discrimina o es discriminado?
El ejemplo del lobby gay
En uno de los pasajes más incisivos de su columna, McArdle compara la estrategia trans con la que sí tuvo éxito en la legalización del “matrimonio” entre personas del mismo sexo.
El lobby gay, recuerda, convenció a la opinión pública de tres cosas claras, independientemente de que fueran verdaderas: que la orientación sexual no era una elección, que excluir a las personas homosexuales era injusto y que su inclusión no dañaba a terceros (es decir, las parejas homosexuales). La legitimidad de esos argumentos los dejaremos para otro momento. Lo cierto es que el lobby gay logró la victoria en la Corte Suprema gracias al establecimiento de principios claros.
En el caso de los deportes femeninos, en cambio, ninguna de las narrativas trans ensayadas ha logrado persuadir al público: ni que el sexo sea solo una construcción social, ni que la identidad de género deba prevalecer siempre sobre la biología, ni que no exista ventaja física residual en atletas varones.
La columnista va más lejos y señala lo que considera la consecuencia lógica -y pocas veces admitida- del argumento trans más radical: si el sexo es indescifrable, fluido o irrelevante, entonces el concepto mismo de deporte femenino deja de tener sentido. No se trata de “incluir”, sino de abolir la categoría. El ejemplo que menciona -el de competencias donde mujeres comparten piscina con atletas biológicamente masculinos- ilustra por qué esta posición resulta inaceptable para la mayoría de la población.
No sólo falso, sino vago
McArdle observa, además, que el recurso a un lenguaje casi místico, según el cual el sexo sería una realidad inaccesible, conocida solo por revelación interior, puede funcionar en círculos académicos snob o entre activistas, pero estña muerto desde la partida en tribunales y ante la opinión pública. La ley, recuerda, requiere definiciones, no invocaciones emocionales ni apelaciones a experiencias subjetivas.
Resulta especialmente significativo que sea una columnista liberal quien reconozca que la negativa del lobby trans a aceptar cualquier compromiso (por ejemplo, distinguir entre ámbitos donde la biología importa y donde no) ha tenido un efecto contrario al buscado: a medida que avanzaron ciertas políticas trans, el apoyo social retrocedió. El “todo o nada”, advierte McArdle, suele terminar en nada.
El valor de la verdad
Desde una perspectiva católica y antropológica, la reflexión de McArdle confirma algo que muchos han señalado durante años y han sido tachados de intolerantes por hacerlo: negar la realidad del sexo biológico no libera, sino que destruye marcos de justicia, especialmente para mujeres y niñas. Que esta crítica emerja ahora desde el corazón del liberalismo mediático estadounidense es una señal de que el debate está entrando en una fase distinta, menos ideológica y más anclada en la realidad.
La columna de McArdle no solo diagnostica un error estratégico del activismo trans. Expone una verdad incómoda: cuando un movimiento es incapaz de responder a la pregunta más elemental: ¿qué es una mujer?
Así no solo pierde casos judiciales; pierde credibilidad cultural.



