La era del secularismo militante en América Latina empieza a agotarse
Pew Research: A la puerta de elecciones generales, más latinoamericanos quieren ver la religión en la vida pública
Durante demasiado tiempo, una parte de las élites políticas, judiciales, mediáticas y académicas de América Latina quiso vendernos una ficción: que la “separación entre Iglesia y Estado” exigía expulsar al cristianismo de la vida pública.
Es decir, no se trataba de limitar el poder confesional del Estado, que es totalmente razonable, sino arrinconar la fe cristiana al ámbito de lo privado, de lo sentimental, de lo doméstico, de lo decorativo.
En otras palabras: “tolerar” la religión siempre y cuando no incomodara al poder, no formara conciencias, no inspirara leyes y no produjera ciudadanos capaces de disentir. Las constituciones de México y Uruguay son el ejemplo supremo de este dogmatismo anti religioso.
La encuesta sobre religión y política
Ese ciclo está empezando a agotarse. Así lo confirma, con números serios, la más reciente investigación del Pew Research Center, realizada el 26 de marzo de 2026 y publicada hoy, según la cual amplios sectores de América Latina quieren que la religión tenga presencia en el liderazgo nacional, en la identidad de sus países y aun en la formación de sus leyes.
Pew encontró que en Brasil, Colombia y Perú alrededor de dos tercios de los adultos consideran importante tener un presidente que defienda a personas con sus creencias religiosas. En esos mismos tres países, mayorías también dicen que ser cristiano es importante para ser verdaderamente parte de la nación, y aproximadamente dos tercios afirman que la Biblia debería tener una influencia considerable en las leyes del país.
Pew publica su encuesta en un momento político decisivo: Perú celebrará elecciones presidenciales este domingo 12 de abril; Colombia irá a las urnas el 31 de mayo; Brasil lo hará el 4 de octubre.
No estamos, pues, ante una discusión abstracta de seminario universitario. Estamos ante un año electoral en el que millones de latinoamericanos deberán decidir si siguen entregando poder a proyectos políticos que consideran sospechosa, retrógrada o tolerable solo bajo vigilancia la identidad cristiana de sus pueblos, o si optan por liderazgos más dispuestos a reconocer que la fe no es un residuo del pasado, sino una fuerza viva en la conciencia pública del continente.
¿Religioso igual a retrógrado?
La teoría política dominante, usualmente más implícita que explícita, era que el ciudadano latinoamericano moderno, sofisticado y democrático debía pensar como si Dios no existiera. Que cualquier intento de llevar convicciones cristianas al debate público era poco menos que una amenaza clerical. Que invocar el Evangelio, la ley natural, la dignidad de la familia, la protección del niño por nacer o la libertad religiosa constituía una especie de infracción al buen gusto político.
Hay un dato particularmente revelador. El estudio de Pew no muestra únicamente que católicos y evangélicos valoran la dimensión religiosa del liderazgo político. Muestra también que incluso entre los no afiliados religiosamente hay sectores nada despreciables -sobre todo en Brasil, Colombia y Perú- que consideran importante que el presidente de un país defienda creencias religiosas y que la Biblia influya en las leyes.
Es decir: incluso fuera de la práctica religiosa regular, subsiste en amplias capas de la sociedad la percepción de que una nación no se sostiene solo con burocracia, mercado y tecnocracia. También necesita una gramática moral. Y en América Latina, esa gramática sigue siendo, en lo esencial, cristiana.
No todo lo que brilla…
Esto no significa, conviene decirlo con precisión, que toda propuesta invocando a Dios sea buena, ni que todo candidato que se presente como creyente merezca confianza. Mucho menos significa que el cristianismo deba convertirse en eslogan de campaña, en mercancía emocional o en coartada populista.
La fe no está para adornar ambiciones personales ni para bautizar improvisaciones ideológicas. Pero una cosa es rechazar la manipulación religiosa de la política, y otra muy distinta aceptar que la política deba construirse de espaldas a las convicciones religiosas de la mayoría.
América Latina, pese a todos sus cambios, sigue siendo profundamente cristiana. No de modo uniforme. No sin tensiones. No sin erosión. No sin secularización en ciertos sectores urbanos o elites culturales. Pero sigue siéndolo.
La Semana Santa que acaba de movilizar multitudes en distintos países de la región ha vuelto a mostrar que la fe cristiana no es una pieza de museo, sino una realidad pública, visible, popular, encarnada. La tesis del cristianismo como reliquia cultural reservada para abuelas piadosas y obispos burocráticos hace tiempo que no explica lo que ocurre en las calles.
Ojo a las elecciones
Por eso las elecciones que se han realizado hace poco -como Chile y Ecuador-, así como las que se vienen, importan tanto. No porque vayan a producir automáticamente una restauración cristiana de la vida pública. Pero sí pueden marcar el comienzo del fin de una época en la que el establishment latinoamericano creyó que podía gobernar indefinidamente despreciando la imaginación moral cristiana de sus pueblos. Pueden mostrar que la ciudadanía está cansada de la ficción según la cual solo es legítima la presencia pública de ciertas convicciones: las progresistas, las secularistas, las bendecidas por ONG, tribunales internacionales y redacciones ideologizadas.
Perú será la primera prueba de ese nuevo clima. No la última, ni necesariamente la decisiva, pero sí la primera. Y quienes aparecen encabezando las encuestas parecen confirmar los números de Pew.
Y después vendrán Colombia y Brasil. Cada país con su propia historia, su propio sistema de partidos, sus propias heridas y sus propios riesgos. Pero en los tres casos hay una cuestión de fondo que ya no puede ser barrida bajo la alfombra: ¿puede la política latinoamericana seguir actuando como si la fe cristiana de sus pueblos fuera irrelevante?
Pew acaba de responder, con datos, que no.



