James Martin y la normalización del sacerdote “gay”
El jesuita vuelve a desafiar la disciplina de la Iglesia: ahora quiere ordenar al sacerdocio a abiertos militantes homosexuales
El padre James Martin, S.J., que viene sistemáticamente empujando el cambio de la doctrina católica para normalizar los actos homosexuales, dio la semana pasada un paso más decisivo: pedir la admisión al seminario y al sacerdocio de hombres que se identifican abiertamente como “LGBT”.
En un artículo publicado el 22 de julio en Outreach, la plataforma que dirige para promover su particular visión de la “pastoral” LGBT, Martin pregunta directamente: “¿Deberían aceptarse hombres gays en los seminarios o ser ordenados sacerdotes?. Su respuesta es inequívocamente afirmativa; y aunque aclara que su planteamiento “presupone una vida de celibato y castidad”, Martin pasa por encima los enormes problemas de su planteamiento.
Según su razonamiento, si un hombre homosexual puede abstenerse de mantener relaciones sexuales, entonces su homosexualidad no debería constituir un impedimento para la ordenación. Pero esa no es la enseñanza de la Iglesia.
La disciplina vigente no se limita a preguntar si el candidato será capaz de evitar actos sexuales. Examina si posee la madurez afectiva, la libertad interior, la capacidad relacional y la disposición para ejercer la paternidad espiritual propia del sacerdote.
Martin convierte una cuestión de idoneidad sacerdotal en una reivindicación de inclusión.
Las falacias de Martin
Un analista católico comparte en X las principales falacias lógicas de la propuesta de Martin
1. Falacia anecdótica: Utiliza 40 años de anécdotas personales («he conocido a docenas») para defender una política global aplicable a toda la Iglesia.
2. Apelación a la autoridad: Cita al papa Francisco supuestamente calificando de «santos» [a algunos sacerdotes homosexuales] para dar la impresión de que la propuesta cuenta con respaldo oficial.
3. Apelación a la emoción: Menciona cómo la Iglesia «denigra o insulta» [a los sacerdotes que se revelan como homosexuales] para suscitar acuerdo mediante la empatía en lugar de la teología.
4. *Non sequitur*: El éxito de casos individuales en el pasado no demuestra automáticamente que deba cambiarse la política institucional de cara al futuro.
5. Hombre de paja moral: Reenfoca el debate en torno a si los hombres “gay” pueden ser «santos» [una pregunta irrelevante], ignorando el verdadero debate teológico sobre el simbolismo esponsal y la identidad sacerdotal.
Lo que enseña el Catecismo
Antes de hablar de candidatos homosexuales al sacerdocio, es necesario recordar con exactitud la doctrina de la Iglesia.
La enseñanza oficial del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la homosexualidad está contenida en los números 2357 a 2359. En ellos la Iglesia enseña que “la Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.”
Enseña también que esta inclinación es “objetivamente desordenada“ y constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba; razón por la que los homosexuales “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición”.
La posición católica contiene, por tanto, dos verdades inseparables. La persona posee una dignidad inviolable y merece amor pastoral. Pero ni la inclinación ni los actos pueden ser redefinidos como moralmente ordenados.
Martin suele insistir en la primera verdad mientras somete la segunda a una lenta erosión lingüística.
De “objetivamente desordenada” a “diferentemente ordenada”
Desde hace años, Martin propone abandonar la expresión “objetivamente desordenada”. En una conferencia pronunciada en la Universidad jesuita de Fordham el 2017, el sacerdote propuso explícitamente sustituirla por la fórmula “diferentemente ordenada”.
La modificación puede parecer puramente pastoral y sin consecuencias. Pero no es así.
Una inclinación “diferentemente ordenada” ya no sería una inclinación hacia algo moralmente incorrecto. Sería sencillamente una variante distinta de la sexualidad humana. La diferencia entre la unión conyugal del hombre y la mujer y la relación entre personas del mismo sexo dejaría de ser moral y antropológica para convertirse en una mera diversidad de formas afectivas.
No se estaría suavizando solamente el lenguaje. Se estaría cambiando la realidad que ese lenguaje describe.
Por evidente presión de sus superiores, Martin ha expuesto correctamente la doctrina vigente cuando ha considerado conveniente hacerlo. En un artículo publicado en 2018 en la revista jesuita norteamericana America reconoció que los actos homosexuales son contrarios a la ley natural, que las personas homosexuales están llamadas a la castidad y que la doctrina católica excluye el llamado matrimonio entre personas del mismo sexo. Incluso declaró: “Como sacerdote católico, nunca he desafiado esas enseñanzas, ni lo haré”.
Sin embargo, al proponer que la inclinación es “diferentemente ordenada” desafía precisamente la estructura antropológica sobre la cual se sostienen esas enseñanzas. Una vez que la inclinación deja de ser considerada objetivamente desordenada, resulta difícil explicar por qué su realización sexual debe continuar siendo considerada moralmente ilícita.
La doctrina no puede conservarse indefinidamente después de haber destruido sus fundamentos.
El documento Vaticano de 2005
Pero ¿Cuál es la norma oficial y vigente de la Iglesia respecto de la aceptación de homosexuales al camino sacerdotal? Es la Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las órdenes sagradas, publicada por la entonces Congregación para la Educación Católica. El documento fue sometido al papa Benedicto XVI, quien lo aprobó y ordenó su publicación el 31 de agosto de 2005.
La Instrucción establece tres situaciones incompatibles con la admisión al seminario y a las órdenes sagradas: practicar la homosexualidad, presentar tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostener la llamada cultura gay.
Su formulación no admite demasiadas reinterpretaciones:
“La Iglesia […] no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas” a quienes presentan esas condiciones.
El documento no dice que pueden ser admitidos cuando prometan observar el celibato. Tampoco define las tendencias profundamente arraigadas como aquellas que hacen imposible la continencia sexual, que es la interpretación favorecida por Martin.
La Instrucción explica que esas tendencias pueden obstaculizar gravemente la correcta relación del futuro sacerdote con hombres y mujeres. El problema, por tanto, no se reduce al riesgo de que mantenga relaciones sexuales. Se refiere a la integración afectiva requerida para representar a Cristo como Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, y para ejercer una verdadera paternidad espiritual.
El texto contempla únicamente una excepción para tendencias transitorias, como aquellas relacionadas con una adolescencia todavía no superada. Esas tendencias deben haber desaparecido claramente antes de la ordenación diaconal.
También recuerda una verdad hoy sistemáticamente olvidada:
“El solo deseo de llegar a ser sacerdote no es suficiente y no existe un derecho a recibir la Sagrada Ordenación”.
Nadie posee derecho al sacerdocio. Ni el heterosexual, ni el homosexual, ni el intelectualmente brillante, ni el particularmente piadoso. Corresponde a la Iglesia determinar si el candidato reúne las cualidades humanas, espirituales, intelectuales y pastorales necesarias.
Excluir a un candidato porque carece de una condición indispensable para el ministerio no equivale a negar su dignidad como persona o su vocación universal a la santidad.
Francisco ratificó la norma
Martin intenta apoyar su posición en una conversación privada que mantuvo con el papa Francisco en 2024. Según su relato, Francisco le habría dicho que conocía a numerosos seminaristas y sacerdotes homosexuales “buenos, santos y célibes”, y le habría permitido hacer pública esa afirmación.
No existe razón automática para acusar a Martin de inventar la conversación. Pero tampoco existe una grabación, una transcripción oficial o un testigo independiente que permita establecer exactamente qué dijo Francisco, qué pregunta estaba respondiendo o en qué contexto pronunció esas palabras.
Ahora que Francisco ha fallecido, no puede aclararlo.
Pero existe algo mucho más importante que una conversación privada: un documento público aprobado por el mismo pontífice.
En 2016, la Congregación para el Clero publicó la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, norma universal para la formación de los sacerdotes. El documento repitió textualmente la prohibición de 2005: la Iglesia no puede admitir al seminario ni a las órdenes sagradas a quienes practican la homosexualidad, tienen tendencias profundamente arraigadas o sostienen la cultura gay.
Al final del documento consta expresamente: “El Sumo Pontífice Francisco ha aprobado el presente Decreto General ejecutivo y ha dispuesto su publicación”.
Esa es la posición oficial de Francisco. Lo demás son recuerdos de conversaciones privadas, interpretaciones y anécdotas.
Vale la pena también recordar el episodio de mayo de 2024, cuando varios medios italianos informaron que Francisco había reiterado, durante una reunión a puerta cerrada con los obispos italianos, que los hombres homosexuales no debían ser admitidos en los seminarios. La controversia se concentró en una expresión vulgar atribuida al Papa. La Santa Sede no publicó una transcripción, pero reconoció que la conversación se había referido precisamente a la admisión de homosexuales al seminario y ofreció disculpas a quienes se sintieron ofendidos por el término divulgado por terceros. En otras palabras, el Papa Francisco lamentaba la vulgaridad… pero no su convicción de que los seminarios no deberían admitir homosexuales.
¿Qué significa declararse sacerdote “gay”?
Aquí planteo la pregunta que el P. Martin evita responder adecuadamente.
Un sacerdote puede experimentar tentaciones sexuales de muy diferente naturaleza y, con la gracia de Dios, vivir fielmente el celibato. Puede haber tenido antes de su conversión una vida promiscua. Puede sentir atracción por mujeres, por hombres o afrontar otras heridas afectivas. Ninguna tentación, considerada aisladamente, resume su identidad ante Dios.
¿Por qué, entonces, un sacerdote necesita presentarse públicamente como “gay”?
Los sacerdotes que sienten una fuerte atracción por mujeres no se presentan como “sacerdotes heterosexuales”. Quienes tuvieron una vida sexual desordenada antes de su conversión tampoco reclaman ser reconocidos como “fornicarios célibes”. Un alcohólico recuperado puede reconocer honestamente su fragilidad, pero no convierte necesariamente esa fragilidad en el principio organizador de su ministerio ni dice “soy el cura alcohólico”
La pregunta no pretende negar la existencia de la tentación. Pretende determinar si esa tentación debe convertirse en identidad pública y categoría eclesial.
La Congregación para la Doctrina de la Fe advirtió en 1986 contra la reducción de la persona a su orientación sexual. La Iglesia, afirmó, rechaza considerar a alguien puramente como “heterosexual” u “homosexual”, porque todos poseen “la misma identidad fundamental”: criaturas de Dios y, por la gracia, hijos suyos.
Este principio resulta todavía más importante para el sacerdote. Su identidad pública y sacramental no debería construirse alrededor de sus apetitos, heridas o inclinaciones, sino de su configuración con Jesucristo.
El sacerdote no está llamado a “integrar” una identidad gay dentro del sacerdocio como si ambas realidades fueran equivalentes. Está llamado a entregar toda su persona a Cristo, permitiendo que sus afectos sean purificados y ordenados por la gracia.
La discreción sobre la propia vida sexual no es una forma de vergüenza ni de ocultamiento enfermizo. Es parte de la modestia, la prudencia y la libertad necesarias para que el sacerdote no convierta el altar en plataforma de afirmación personal.
La crisis de abusos y el informe John Jay
Martin apela a la existencia de sacerdotes homosexuales célibes que han sido buenos confesores, maestros, pastores o directores espirituales. Esa realidad no necesita ser negada. La gracia puede producir auténticos frutos de santidad en personas que cargan con toda clase de heridas y tentaciones.
Pero los casos individuales, por edificantes que sean, no resuelven la cuestión prudencial general sobre la admisión al sacerdocio.
Tampoco puede ignorarse el perfil de las víctimas de la crisis de abusos sexuales en los Estados Unidos.
El informe del John Jay College of Criminal Justice solicitado por los obispos norteamericanos para estudiar la tragedia de los abusos sexuales, determinó que “la mayoría de las víctimas —81 por ciento— fueron varones”. El 51 por ciento tenía entre 11 y 14 años; otro 27 por ciento tenía entre 15 y 17. La mayoría, por tanto, eran menores púberes o pospúberes, no niños prepubescentes.
Estos datos demuestran que la crisis estadounidense no puede describirse simplemente como un fenómeno de pedofilia. Una parte muy considerable consistió en abusos cometidos por hombres adultos contra muchachos adolescentes.
El padre Regis Scanlon, escribiendo en Homiletic & Pastoral Review, sostuvo que esa distribución exigía examinar seriamente la presencia de atracciones homosexuales en el clero y reforzar el discernimiento de los candidatos al sacerdocio. A su juicio, se habían adoptado medidas para proteger a los menores sin enfrentar suficientemente quiénes estaban siendo admitidos y ordenados.
Esa interpretación no puede descartarse como una simple expresión de prejuicio. El sexo y la edad de las víctimas son datos objetivos que exigen una explicación.
Y este llamado de urgencia del P. Scanlon resulta especialmente importante porque el propio informe John Jay deliberadamente quiso evitar identificar una única causa y evitaron considerar la identidad homosexual o la conducta homosexual previa a la ordenación como factores significativos independientes de riesgo para abusar de menores.
Pero sería intelectualmente deshonesto fingir que el predominio abrumador de víctimas masculinas adolescentes carece de relevancia para el discernimiento sacerdotal.
La correlación descriptiva existe: la mayoría de los abusadores fueron hombres y la gran mayoría de sus víctimas fueron varones, muchos de ellos adolescentes.
La conclusión razonable es la necesidad de un discernimiento riguroso que garantice entre los candidatos al sacerdocio madurez afectiva comprobada, transparencia, rechazo de cualquier doble vida, ausencia de tendencias profundamente arraigadas incompatibles con la paternidad sacerdotal y especial vigilancia frente a redes sexuales dentro del clero.
La cuestión de fondo
Está claro que una persona puede vivir heroicamente la castidad precisamente porque reconoce que no debe actuar bajo el impulso de determinados deseos.
El problema es que ese no es el planteamiento de James Martin.
Martin no se limita a acompañar pastoralmente a personas que cargan una cruz y desean vivir según la enseñanza de la Iglesia. Lleva años promoviendo un vocabulario y una identidad colectiva que tienden a presentar la homosexualidad como una variante positiva de la sexualidad humana.
Primero se sustituye “objetivamente desordenada” por “diferentemente ordenada”. Después se sostiene que un hombre puede construir públicamente su identidad alrededor de esa orientación sin que ello afecte su idoneidad sacerdotal. Finalmente, la disciplina que excluye las tendencias profundamente arraigadas es reinterpretada hasta significar únicamente incapacidad para abstenerse de relaciones sexuales.
Así, la norma permanece aparentemente intacta mientras se vacía de contenido.
La pregunta decisiva no es si un sacerdote que experimenta atracciones homosexuales puede recibir la gracia necesaria para vivir santamente. Evidentemente puede. La pregunta es si la Iglesia debe reconocer y normalizar la identidad “gay” como una categoría estable dentro del sacerdocio.
La respuesta de sus documentos vigentes es no. Y lo es y debe seguir siendo porque el sacerdocio no es un mecanismo para validar identidades personales. Es una llamada extraordinariamente exigente a representar sacramentalmente a Cristo Esposo, ejercer la paternidad espiritual y relacionarse con hombres y mujeres desde una afectividad madura, integrada y libre.
Martin insiste en que él, con sus propuestas está “construyendo un puente”. Pero un puente católico solamente puede conducir hacia Cristo y hacia la verdad completa sobre la persona humana. Cuando conduce hacia la normalización de una antropología incompatible con la ley natural, deja de ser un puente y se convierte en una vía de salida de la doctrina católica.
La Iglesia no necesita sacerdotes orgullosos de sus inclinaciones sexuales, cualquiera que sea su objeto. Necesita sacerdotes que puedan decir con san Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.



