Mons. Fulton J. Sheen en Nueva York en Mayo de 1965. (Foto dePictorial Parade/Getty Images) y Agnes Claire Reithebech en 1951, cuando trabajaba como contable para el obispo Sheen en la Sociedad para la Propagación de la Fe. (Cortesía de Agnes Claire Reithebech)
Tras la histórica beatificación de Fulton Sheen, celebrada el 24 de septiembre en St. Louis ante más de 50.000 fieles, una mujer de 96 años que vive a las afueras de Denver -mi ciudad de adopción- reveló por primera vez a una veterana escritora espiritual católica, los recuerdos de su larga relación con el célebre predicador. Su testimonio permite descubrir al hombre detrás de las cámaras: su generosidad, su sentido del humor, su extraordinaria devoción a la Virgen y el sufrimiento que acompañó sus últimos años de ministerio.
Un beato para hoy
La beatificación de Fulton J. Sheen, celebrada el pasado 24 de septiembre ante unos 50.000 fieles en el Dome at America’s Center de St. Louis, una ciudad en la encrucijada geográfica de los estados más católicos de Estados Unidos, ha terminado convirtiéndose en algo bastante más grande que una ceremonia largamente esperada. La multitud llegó desde casi todos los estados de Estados Unidos y desde varios países para asistir a la proclamación del primer obispo nacido en Estados Unidos en ser declarado beato. El Cardenal Luis Antonio Tagle presidió la Misa como representante del Papa León XIV.
Pero quizá lo más interesante de lo ocurrido alrededor de la impresionante ceremonia, con más de mil sacerdotes, obispos y cardenales, sea que Fulton Sheen está siendo descubierto nuevamente.
No solamente por quienes recuerdan al extraordinario predicador que llegó a reunir a una audiencia de 40 millones de estadounidenses frente al televisor en los años cincuenta, sino también -y esto es lo que más me sorprende— por jóvenes que nacieron décadas después de su muerte.
Un fenómeno en redes sociales
Sus viejos programas están circulando ahora, recortados en promociones digeribles, en TikTok, Instagram y YouTube. Fragmentos de Life Is Worth Living acumulan decenas de miles de reacciones y son vistos por jóvenes católicos que encuentran en aquel obispo de capa magna, pizarra y tiza algo que muchos comunicadores religiosos contemporáneos parecen haber perdido: claridad, inteligencia, humor y la absoluta convicción de que la fe católica no necesita pedir disculpas por existir.
El National Catholic Register, el periódico católcio nacional más prestigioso de Estados Unidos, ha documentado especialmente su creciente popularidad entre católicos de la generación Z, mientras EWTN ha convertido numerosas intervenciones antiguas de Sheen en videos breves dirigidos precisamente a ese nuevo público.
Y en medio de ese redescubrimiento ha aparecido ahora un testimonio extraordinario.
Una mujer prácticamente desconocida para la historia pública de Fulton Sheen acaba de contar por primera vez cómo era realmente el famoso obispo cuando no estaba frente a una cámara.
Se llama Agnes Claire Reithebech, tiene hoy 96 años y trabajó junto a Sheen durante dieciséis años, entre 1950 y 1966, en la Sociedad para la Propagación de la Fe en Nueva York. Su relación con él continuó después como amistad hasta la muerte del arzobispo en 1979. Durante más de siete décadas, jamás había contado públicamente sus recuerdos. Ahora decidió hacerlo en una entrevista exclusiva con Eileen Rohan publicada por la publicación Zeale pocos días antes de la beatificación.
Y lo que aparece en sus recuerdos es quizá más interesante que cualquier biografía, porque Agnes no describe al Fulton Sheen de los grandes discursos, sino al de todos los días: es decir en los espacios de vida donde los verdaderos santos se diferencian de las “estrellas”.
Un rosario a las tres de la tarde
Agnes tenía apenas 20 años y acababa de terminar la universidad cuando comenzó a trabajar como contable en la Sociedad para la Propagación de la Fe. Poco después llegó un nuevo director a la oficina. Era entonces simplemente monseñor Fulton Sheen.
Su primera impresión, admite, no tuvo nada de extraordinaria. Para ella era simplemente “el nuevo jefe que venía a dirigir todo”. Muy pronto descubriría, sin embargo, que era un jefe amable, relajado y extraordinariamente cercano a sus empleados.
La oficina se encontraba en la famosa Quinta Avenida de Nueva York, frente al Empire State Building. Sheen vivía cerca y normalmente iba caminando.
Y todos los días, exactamente a las tres de la tarde, ocurría lo mismo: Sheen salía de su despacho, se dirigía al espacio donde trabajaban sus empleados y se arrodillaba con ellos para rezar el Rosario.
La costumbre llegó a hacerse conocida fuera de la oficina. Agnes recuerda divertida que poco antes de las tres comenzaban misteriosamente a aparecer técnicos de máquinas de escribir, policías y bomberos que encontraban algún pretexto para pasar por allí. Algunos se escondían entre los archivadores simplemente para poder sumarse al Rosario dirigido por Sheen.
Era una escena maravillosa, dice Agnes, precisamente porque no tenía nada de espectacular.
El hombre que por las noches podía hablar a millones de personas vía el programa más sintonizado de la entonces naciente televisión norteamericana comenzaba su verdadera jornada espiritual de rodillas en una oficina.
El Sheen que nadie veía
Agnes descubrió también que el enorme sentido del humor que hizo famoso a Sheen en televisión no era una ficción calculada para las cámaras.Sheen era genuinamente cómico, era era simplemente su manera de ser.
Después del Rosario, ella y Sheen revisaban diariamente las cifras de donaciones y gastos. Un día, en vez de llevar los documentos a su despacho, Sheen llegó hasta el escritorio de Agnes, despejó una esquina y se arrodilló en el suelo para firmarlos.
Desde allí le preguntó teatralmente: “Agnes Claire, ¿cuántos hombres se han puesto de rodillas ante ti?” Ella respondió inmediatamente: “No los suficientes”... y ambos estallaban en risas.
Cuando Life Is Worth Living comenzó a grabarse en 1952, Agnes asistió a muchas de las filmaciones. Conoció, por tanto, la parte casi cómica de la preparación del famoso personaje televisivo: las largas filas de pequeños botones de la sotana y de las vestimentas episcopales que sus secretarias personales debían abrochar cuidadosamente antes de cada programa mientras Sheen esperaba pacientemente. Era la época previa a los adhesivos de hoy.
Por la oficina comenzaron además a desfilar celebridades que buscaban consejo espiritual. Una de ellas fue Clare Boothe Luce, escritora, congresista y posteriormente embajadora estadounidense en Italia.
El otro Sheen
Pero lo que Agnes recuerda sobre Sheen no es su relación con los poderosos. Es exactamente lo contrario. Llegaba frecuente sin abrigo, durante el invierno, porque lo había regalado
Sheen caminaba diariamente por Nueva York y con frecuencia llegaba a la oficina sin algo con lo que había salido de casa. Un día le faltaba el abrigo, otro día los guantes, otro, la bufanda.
Los había encontrado innecesarios en comparación con alguien que necesitaba esas prendas más que él.
En aquella época el dinero era todo en “cash” (efectivo) y Sheen tenía otra costumbre incómoda para la contabilidad: llegaba a la oficina después de haber entregado todo lo que llevaba a alguna persona necesitada que había encontrado en la calle.
Entonces acudía a Agnes. Ella abría la caja y volvía a darle algo de dinero -que rea literalmente para los pobres- para que pudiera pasar el resto del día; muchas veces para volver a realizar actos de caridad.
En otra ocasión Sheen se enteró de que la madre y la hermana de Agnes viajarían a Alemania para visitar familiares y preguntó por qué ella no iba también.
“No puedo pagarlo”, respondió. Sheen metió las manos en los bolsillos, sacó varios cientos de dólares y se los entregó. “Tú debes ir”... Y Agnes fue. Ese tipo de gestos, según Agnes, no eran excepcionales. Eran su manera habitual de vivir.
Los centavos que inundaban la oficina
La enorme popularidad de Sheen produjo situaciones que hoy parecen casi imposibles de imaginar. Durante uno de sus programas pidió a los espectadores que ayudaran a las misiones.
“Envíen un dólar. Envíen diez centavos”, repetía. Y las pequeñas monedas de cobre diez centavos llegaron por decenas de miles.
Muchos eran enviados por niños de escuelas católicas, pegados con cinta adhesiva a cartas y carteles. El volumen fue tan gigantesco que el correo comenzó a entregar enormes sacos de monedas y todo el personal terminó participando en una improvisada operación para separar los centavos de las cartas.
Uno de los empleados ideó incluso colocar cartones en los lavabos y remojar allí las monedas pegadas para desprenderlas.
Agnes recuerda especialmente una maqueta enviada por una escuela: las paredes estaban hechas con monedas de 25 centavos, los caminos con monedas de diez y los arbustos con billetes.
Todo terminaba financiando las misiones alrededor del mundo, por las que Sheen tenía una intensa pasión.
Cuando había que esconder a Sheen
La fama también tenía un lado menos divertido. En una época en que las oficinas prácticamente no tenían seguridad, personas extrañas o agresivas podían aparecer sin aviso exigiendo hablar con Sheen.
Los empleados habían desarrollado un sistema improvisado para sacarlo por una puerta trasera cuando percibían una amenaza.
En una ocasión la situación fue tan seria -el hombre que exigía hablar con Sheen estaba fuera sí y armado con un enorme cuchillo- que lo llevaron precipitadamente a la oficina vecina de un fabricante de alfombras.
Allí lo metieron en un ascensor de carga y los empleados lo rodearon con grandes alfombras para ocultarlo mientras lo conducían fuera del edificio.
Cuando todo terminó y Sheen regresó a la oficina, comentó tranquilamente que nunca antes había viajado en un ascensor envuelto en una alfombra.Y con su humor característico, simplemente encogió los hombros y dijo “supongo que para todo hay una primera vez”.
La cruz que Sheen no esperaba
Los recuerdos más fuertes de Agnes, sin embargo, no tienen nada de divertido. En 1966 Sheen fue convocado a una reunión con el poderoso Cardenal Francis Spellman, Arzobispo de Nueva York y la autoridad eclesiástica católica más poderosa del país.
Cuando regresó a la oficina después del encuentro, Agnes comprendió inmediatamente que algo había ocurrido. El hombre que normalmente saludaba a todos atravesó las oficinas en silencio, entró en la sala de reuniones y cerró la puerta.
Había sido nombrado obispo de Rochester, una diócesis pequeña en el norte del estado de Nueva York.
Sheen nunca explicó a sus empleados lo sucedido y nunca se quejó ante ellos. Agnes recuerda solamente que estaba visiblemente triste porque amaba profundamente su trabajo en la Sociedad para la Propagación de la Fe y la oportunidad de evangelizar a través de los medios, primero con su programa radial “The Catholic Hour”, posteriormente con su show de televisión, y las oportunidades de conferencias en círculos universitarios que éstas le permitían.
Por aquellos mismos días comenzó a cerrar con llave su despacho cuando salía, algo absolutamente inusual. Agnes era una de las pocas personas que sabía dónde se encontraban las llaves de repuesto y siempre sospechó que Sheen había recibido algún documento relacionado con sus nuevas circunstancias que no quería que los empleados vieran.
Cuando finalmente dejó Nueva York para Rochester, no llevó consigo a ningún miembro de su equipo: ni sus leales secretarias, ni sus entusiastas sacerdotes asistentes. Y prácticamente dejó de comunicarse con ellos durante aquellos años.
Al recordar aquella separación sesenta años después, Agnes todavía llora. “Cómo lo extrañábamos”, confesó a Zeale
Pero Agnes entendía que Sheen ante todo era un Un hijo leal de la Iglesia” y por eso dedicó lo mejor de su servicio -desde 1966 hasta 1969- como Obispo de la diócesis neoyorquina, a pesar de que conocía perfectamente que sus habilidades no eran las mejores para administrar una diócesis.
Finalmente, el Papa San Pablo VI decidió liberarlo del peso administrativo y lo elevó al puesto honorario de Arzobispo de Newport… y le permitió seguir adelante con su excepcional apostolado.
Las conversiones
Según los biógrafos de Sheen, no menos de 42,000 personas afirman haberse convertido al catolicismo o haber regresado a él por influencia directa del nuevo beato. Muchos lo hicieron a través de sus programas y conferencias, pero un número importante se convirtió gracias a la enorme cantidad de tiempo, escucha y oración que Sheen les dedicó.
Esta es una breve lista de algunos de los conversos más notables:
Clare Boothe Luce: Destacada escritora, congresista y embajadora; Luce fue guiada hacia la Iglesia por Sheen tras una célebre amistad y un periodo de instrucción.
Bella Dodd: Dirigente de alto rango del Partido Comunista de los Estados Unidos que abandonó la organización ´mientras planea una masiva infiltración de la Iglesia Católica- y se unió a la Iglesia
Louis F. Budenz: Importante escritor comunista y exjefe de redacción de The Daily Worker, quien renunció formalmente al comunismo y regresó a la fe católica bajo la guía de Sheen.
Henry Ford II: El famoso ejecutivo del sector automotriz, hijo del fundador de la empresa Ford; y cuya instrucción y recepción en la Iglesia Católica estuvieron vinculadas a Sheen.
Fritz Kreisler: Violinista y compositor de fama mundial nacido en Austria, quien se convirtió al catolicismo en una etapa avanzada de su vida.
Heywood Broun: Conocido periodista y escritor agnóstico estadounidense cuya mediática conversión al catolicismo fue guiada por Sheen.
Jo Mielziner: Célebre escenógrafo e iluminador teatral que se unió a la Iglesia bajo la mentoría de Sheen.
Virginia Mayo: Popular actriz de cine de Hollywood cuyo viaje espiritual y conversión estuvieron guiados por Sheen.
El final
Agnes, la hasta ahora desconocida secretaria, estuvo también presente en uno de los momentos finales y más simbólicos de la vida pública de Sheen.
Sheen había tenido una confrontación, a raiz del destino de fondos proporcionados por el gobierno norteamericano a los pobres a través de la organización que Sheen presidía, con el poderoso Cardenal Spellman. Spelman demandó los fondos para su arquidiócesis, Sheen no solo se los negó, sino que apeló al Papa… y el pontífice le dio la razón. Spellman utilizó su enorme poder para sacar a Sheen de su programa de televisión, impedirle las prédicas de Viernes Santo en la Catedral de San Patricio y aislarlo todo lo que pudo de las predicaciones públicas.
El gran predicador de pronto se vió, en sus últimos años, completamente aislado, dedicado a escribir, a recibir las visitas que acompañaba espiritualmente, y a seguir con la práctica que lo había sostenido diariamente, sin fallar una sola vez, durante sus 61 años de vida sacerdotal: la adoración eucarística de una hora, fuera la hora que sea.
El 2 de octubre de 1979, apenas dos meses antes de la muerte del arzobispo, el imponente y enérgico nuevo Papa, San Juan Pablo II, visitó la Catedral de San Patricio en Nueva York.
Sheen estaba relegado en un asiento posterior, ya gravemente enfermo después de varias operaciones de corazón. Agnes recuerda que estaba tan débil que su médico se encontraba discretamente preparado cerca de él por temor a que pudiera desplomarse.
Pero de pronto, el imparable Papa polaco se abrió paso entre cardenales y obispos hasta llegar a Sheen para abrazarlo públicamente y pronunciar unas palabras que terminarían convirtiéndose casi en el epitafio de su vida: “You are a loyal son of the Church”: “Eres un hijo leal de la Iglesia”.
Sheen murió poco después, el 9 de diciembre de 1979 -la fecha que ha quedado establecida como su fiesta- y tal como le había pedido a Dios: de rodillas, adorándolo en el Santísimo Sacramento del altar
El santo detrás del comunicador
Creo que allí está la verdadera importancia del testimonio de Agnes Claire Reithebech: Sabíamos que Fulton Sheen fue un extraordinario comunicador; que ganó un Emmy, que podía competir televisivamente con las grandes estrellas de su época y que millones de personas encendían sus televisores para escuchar durante media hora a un obispo católico hablar de Dios, del pecado, del matrimonio, de la política internacional o del sentido de la vida.
Lo que Agnes permite descubrir es algo más difícil de fabricar. Que cuando las cámaras se apagaban, el personaje no solo no cambiaba… era incluso más profundo y estimable. Era un hombre que no solo rezaba el Rosario todos los días con sus empleados, sino que conocía sus cumpleaños, visitaba a sus familias cuando estaban en necesidad, entregaba su dinero a desconocidos, regalaba su propia ropa.
Y cuando llegaron la humillación, la tristeza y el aislamiento, no convirtió su sufrimiento en una campaña pública contra sus superiores, sino que la llevó con humildad y silencio, perdonando y nunca hablando mal de sus detractores.
El hombre de una nueva generación
En vísperas de la beatificación, jóvenes católicos reunidos en St. Louis explicaron que habían conocido a Sheen a través de YouTube y de los algoritmos de las redes sociales. Algunos eran conversos recientes. Uno de ellos contó que una sencilla enseñanza de Sheen encontrada en internet había terminado incorporándose a su oración diaria.
Hay una ironía magnífica, una justicia divina, en todo esto.Fulton Sheen murió en 1979. Nunca conoció internet ni vio jamás un teléfono inteligente. No escuchó hablar de Instagram, TikTok o YouTube.
Pero el hombre que comprendió antes que casi nadie en la Iglesia que cada nueva tecnología podía convertirse en un púlpito, está evangelizando otra vez mediante una tecnología que ni siquiera pudo imaginar.
Y ahora, gracias a una mujer de 96 años que guardó sus recuerdos durante más de siete décadas, esa nueva generación puede descubrir algo todavía más importante que sus brillantes discursos: puede descubrir al hombre que existía detrás de ellos.



