El renacimiento católico que incomoda a los “progres”
Miles de jóvenes en Occidente abrazan con fervor la fe… y no pocos católicos “progresistas” reaccionan con sospecha, fastidio y miedo
El martes 21 de abril, la revista católica norteamericana Crisis Magazine publicó un desconcertante artículo titulado Why Are So Many Afraid of the Catholic Revival? (¿Por qué tantos temen el resurgimiento católico?)
¿El tema central del artículo? Que hay algo casi tragicómico y bastante revelador en la reacción de ciertos católicos “progresistas” ante un hecho que debería llenar de alegría a cualquier hijo fiel de la Iglesia: jóvenes entrando al catolicismo con entusiasmo, convicción, devoción, hambre de doctrina y hasta gusto por formas tradicionales de vivir la fe.
En vez de celebrar, sospechan. En vez de agradecer, relativizan.
En vez de preguntarse qué está haciendo bien la Iglesia cuando se muestra sin complejos, prefieren buscar explicaciones sociológicas, psicológicas, culturales o políticas para no admitir lo más evidente: que cuando Dios toca un alma, la mueve de verdad. Y que cuando la fe se presenta con seriedad, belleza, exigencia y hondura sobrenatural, no pocos jóvenes responden.
¿Por qué el enojo?
Eso es precisamente lo que subraya el autor del artículo, John Horvat II -autor de varios libros sobre la reforma de la sociedad a partir de la doctrina social de la Iglesia- observa que el aumento de bautismos de adultos y conversiones jóvenes no encaja en los esquemas habituales de quienes llevan décadas administrando la decadencia eclesial como si fuera normal.
La tesis de fondo es incómoda, pero certera: muchos de los que se presentan como los adultos responsables del catolicismo contemporáneo no saben qué hacer cuando la Iglesia deja de parecer una ONG espiritualizada y vuelve a presentarse como lo que es: la verdadera religión, exigente, bella, doctrinal, sacramental y orientada a la salvación.
Y eso los inquieta porque este renacimiento no sale de los exóticos laboratorios pastorales que siguieron al Concilio Vaticano II, ni de sus planes de “nueva evangelización”, ni de sus liturgias desinfladas, ni de sus discursos obsesionados con parecer relevantes ante el mundo.
Sorpresa para todos
De hecho, el propio artículo destaca que incluso muchos obispos -yesto lo he comprobado personalmente con pastores amigos– se han mostrado desconcertados por la llegada de tantos conversos, especialmente jóvenes, algo que no encaja en las explicaciones convencionales. Los escépticos de este renacimiento tienen varias líneas de defensa, y todas delatan lo mismo: miedo.
La primera es el viejo truco de los números. Sí, dicen, entran algunos jóvenes; pero también se van muchos otros. Como si la cuestión fuera meramente contable. Como si diera lo mismo un católico tibio, mal evangelizado, secularizado hasta la médula que decide irse y otro que llega sediento de verdad, dispuesto a aprender, a obedecer, a sacrificarse, a rezar y a evangelizar.
Más allá de los números
Horvat señala con razón que el dato relevante no es solo cuántos entran, sino quiénes están entrando: precisamente grupos que, según la narrativa liberal, no deberían sentirse atraídos por la Iglesia. Y, sin embargo, ahí están. Jóvenes, intelectuales, escépticos, paganos, ateos, figuras protestantes importantes, personas que no buscan una religión cómoda sino una verdad por la que valga la pena vivir.
Y eso es lo que descoloca a tantos. Porque estos jóvenes no llegan pidiendo una Iglesia más diluida. No llegan reclamando menos dogma, menos moral, menos liturgia, menos identidad. Llegan buscando exactamente lo contrario. Buscan lo sagrado. Buscan claridad. Buscan raíces. Buscan pertenecer a algo más grande que ellos mismos. Buscan una fe que no les mienta ni les rebaje la exigencia para caerles simpática.
El fin del mito liberal
Y ahí empieza el problema para el progresismo eclesial envejecido.
Porque durante demasiado tiempo se nos vendió la idea de que, para atraer a los jóvenes, había que adaptar la Iglesia al mundo moderno: bajar el tono, aflojar la doctrina, banalizar la liturgia, psicologizar la vida espiritual y presentar el catolicismo como una experiencia comunitaria agradable, sin demasiadas incomodidades morales.
Décadas después, los resultados están a la vista: iglesias vacías, vocaciones raquíticas, catequesis desarmada, generaciones enteras sin formación seria y una pastoral experta en acompañar la disolución, pero casi nunca en formar santos.
Ahora, cuando aparecen jóvenes que quieren confesarse, Adoración Eucarística, doctrina sólida, celo apostólico, reverencia litúrgica, disciplina moral y continuidad con la tradición, muchos de esos mismos sectores reaccionan como si hubiera ocurrido una invasión.
Les molesta el fervor ajeno porque pone en evidencia su propia fatiga espiritual. Les irrita la seriedad doctrinal porque expone la superficialidad con la que administraron la fe durante años. Y les incomoda particularmente el giro “tradicional”, porque deja al descubierto una verdad brutal: no era la tradición la que alejaba a los jóvenes; era la mediocridad.
El mito de las falsas intenciones
El artículo de Crisis también desmonta otra explicación muy de moda: la sociológica. Según esta lectura, la gente se estaría acercando a la Iglesia por sus “beneficios” sociales: estabilidad, comunidad, estatus, ascenso cultural, algo de prestancia.
Horvat menciona que algunos han llegado a tratar la conversión como una especie de “marca de élite” o señal de prestigio, una decisión instrumental más que espiritual. Incluso cita observaciones progres que vinculan la práctica religiosa con educación, ambición o movilidad social, y trae a colación a voces liberales que advierten contra un retorno demasiado entusiasta a la tradición.
Una palabra: Conversión
Pero Horvat es claro: esa explicación, además de mezquina, es espiritualmente ciega. Reduce la conversión al cálculo. Niega el misterio. Elimina a Dios de la escena. Y ese es, justamente, el punto más fuerte del artículo: los escépticos se comportan como si Dios no existiera. Como si Él no pudiera irrumpir en una vida, sacudir una conciencia, atraer un alma, derribar un pecado arraigado, deshacer una mentira moderna y encender el deseo de santidad.
Horvat insiste en que en toda conversión auténtica el agente principal es Dios, y que la gracia hace posible lo que los análisis sociológicos nunca logran explicar del todo: que alguien esté dispuesto a perder ventajas, romper con ambientes, corregir hábitos y cambiar de vida por amor a la verdad.
¿”Todos, todos,todos”?
Aquí conviene decirlo sin anestesia: hay un sector del catolicismo que tolera más fácilmente el pecado que el fervor. Le incomoda menos un católico tibio que un joven convencido. Le parece menos peligroso un bautizado sin doctrina que un converso con claridad. Prefiere una parroquia moribunda pero ideológicamente domesticada que una parroquia viva donde resurjan el latín, la adoración, el rosario, la sotana, el silencio sagrado, la confesión frecuente y familias numerosas que no piden permiso para ser católicas.
¿Por qué? Porque el joven fervoroso no entra a pedir validación; entra a pedir verdad. Y la verdad obliga. Obliga a revisar lo que se enseñó mal, lo que se calló cobardemente y lo que se deformó en nombre del diálogo con el mundo. Obliga a reconocer que no pocos experimentos pastorales fracasaron. Obliga a aceptar que una Iglesia menos obsesionada con agradar puede resultar mucho más atractiva que una Iglesia empeñada en imitar a la cultura dominante.
La alternativa al “camino sinodal”
Este momento merece ser leído con esperanza: pero también con lucidez crítica. Si muchos jóvenes están llegando con hambre de tradición, devoción, disciplina, celo y belleza, no es porque hayan sido manipulados por una moda estética ni porque estén buscando una credencial social. Es, en muchos casos, porque están hartos del vacío moderno y han descubierto que la Iglesia, cuando es verdaderamente ella misma, todavía tiene respuesta para el corazón humano.
Y lo que está ocurriendo rompe esquemas, derriba mitos liberales y apunta a algo que los escépticos no saben controlar ni explicar del todo, porque tiene el sello de la acción de Dios… y eso, al final, es lo que más los asusta.
No el tradicionalismo.
No el fervor juvenil.
No la liturgia reverente.
No la claridad doctrinal.
Lo que los asusta es que Dios siga actuando, a pesar de ellos.



