El Papa León evaluó la situación del mundo
En su discurso al cuerpo diplomático, el Pontífice presentó con sorprendente claridad las exigencias para un mundo justo y en paz
El discurso que el Papa León XIV dirigió el viernes 9 de enero al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede -el tradicional mensaje de inicio de año, conocido como “El Estado del Mundo” desde la perspectiva vaticana- fue, sin exagerar, uno de los más orgánicos, claros y conceptualmente ambiciosos que se recuerdan en este género.
No fue un texto complaciente ni meramente protocolar. Tampoco una sucesión de fórmulas diplomáticas cuidadosamente neutras. Fue, más bien, un discurso cordial en el tono, pero sorprendentemente firme en el fondo, y en varios pasajes abiertamente poco “diplomático”, en el mejor sentido del término: directo, conceptual, y moralmente exigente.
Desde el inicio, el Papa dejó claro cuáles son las prioridades que marcan su lectura del mundo actual: la defensa de la vida en todas sus etapas, la familia, la dignidad humana, la libertad de conciencia, los derechos de los padres y la centralidad de la verdad como base de toda convivencia social. Hacía tiempo que estos temas no eran abordados con tanta claridad, extensión y coherencia en un discurso al cuerpo diplomático.
Para decepción de la izquierda eclesial, el Pontífice no lanzó ninguna condena, directa o insinuada, a la intervención norteamericana; pesó sí una sólida y sustentada condena a la lógica de la violencia y la fuerza como el camino a la paz.
Llorones profesionales de la izquierda eclesial norteamericana como el ex empleado pro abortista de Obama Christopher Hale, juró que el discurso anti guerra había sido dirigido directamente y casi exclusivamente a Estados Unidos.
Con el típico narcisismo de la izquierda eclesial norteamericana, Hale olvidó que el mundo no es Estados Unidos, y que existe una lista larga de conflictos más largos, sanguinarios e irresueltos que la captura de Maduro, como por ejemplo:
La guerra entre Rusia y Ucrania
El conflicto israelí-palestino
El conflicto entre Pakistán y Afganistán
El conflicto israelí-libanés (contra Hezbollah)
La guerra en la región del Sahel (Malí, Burkina Faso, Níger)
La guerra civil en Sudán
La guerra civil en Myanmar
La guerra civil en Siria
La guerra civil e internacional (con la intervención de Arabia Saudita) en Yemen
La guerra civil en la República Democrática del Congo (RDC)
La guerra civil en Etiopía
La guerra civil en Libia
Un discurso con columna vertebral filosófica
La gran sorpresa del mensaje fue su columna vertebral intelectual. León XIV no se limitó a describir conflictos o a enumerar crisis. Optó por algo mucho más arriesgado —y mucho más fecundo—: interpretar el momento histórico a la luz de una de las obras fundacionales del pensamiento occidental, La ciudad de Dios, de San Agustín de Hipona.
Es muy probable que más de la mitad de los embajadores presentes no tuvieran plena conciencia de la importancia histórica, teológica y política de esta obra monumental. Pero eso no resta fuerza al gesto del Papa. Al contrario: confirma que León XIV no rebaja el nivel de su magisterio para adaptarse a la ignorancia del auditorio, sino que propone una lectura exigente de la realidad, confiando en la inteligencia y la responsabilidad de sus interlocutores.
Inspirándose en el contexto del saqueo de Roma del año 410, que llevó a san Agustín a escribir su obra, el Papa recordó que La ciudad de Dios responde a una crisis cultural profunda: cuando muchos acusaban al cristianismo de haber debilitado al Imperio, Agustín ofreció una lectura más honda de la historia, basada en la coexistencia de dos “ciudades”: la ciudad de Dios y la ciudad terrena.
León XIV subrayó que no se trata de una oposición simplista entre Iglesia y Estado, ni entre lo religioso y lo político. Las dos ciudades coexisten, también hoy, y atraviesan el corazón de cada persona. Cada ser humano —y, por extensión, cada nación— es protagonista y responsable de la historia que construye.
El colapso del lenguaje y la crisis del multilateralismo
Desde esta clave agustiniana, el Papa diagnosticó varios de los grandes males contemporáneos. Uno de los más lúcidos fue el debilitamiento del multilateralismo, sustituido progresivamente por una diplomacia de la fuerza. “La guerra vuelve a estar de moda”, advirtió, con una franqueza poco habitual.
Pero quizá el pasaje más filosófico —y más inquietante— fue su reflexión sobre el colapso del lenguaje. León XIV lo describió con precisión quirúrgica: “Hoy en día, el significado de las palabras es cada vez más fluido y los conceptos que representan son cada vez más ambiguos”, y advirtió que “el lenguaje ya no es el medio preferido por los seres humanos para conocerse y relacionarse entre sí”. Peor aún: “en las contorsiones de la ambigüedad semántica, el lenguaje se está convirtiendo cada vez más en un arma con la cual engañar, o golpear y ofender a los oponentes”.
Y aquí está el punto que vuelve el diagnóstico casi profético: “Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Sólo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos”. No lo dijo como una teoría abstracta, sino como un requisito de supervivencia cultural y política: esto debe ocurrir “en nuestros hogares y espacios públicos”, “en la política, en los medios de comunicación y en las redes sociales”, y también —de forma muy particular— en el ámbito de las relaciones internacionales.
En este contexto, León XIV denunció una paradoja que casi nadie se atreve a enunciar desde una tribuna diplomática: “este debilitamiento del lenguaje se invoca a menudo en nombre de la propia libertad de expresión. Sin embargo, si lo analizamos más detenidamente, ocurre lo contrario”, porque “la libertad de expresión está garantizada precisamente por la certeza del lenguaje y el hecho de que cada término está anclado en la verdad”. Y remató con una frase de esas que caen como plomo en la sala: “se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan.”
Libertad de conciencia, vida y familia: sin eufemismos
Aquí el Papa dejó de “sugerir” y pasó a afirmar. Primero, con la libertad de conciencia: recordó que la objeción de conciencia no es una anomalía tolerable, sino un derecho humano fundamental. Lo explicó de manera transparente: “la objeción de conciencia permite a las personas rechazar obligaciones legales o profesionales que entran en conflicto con principios morales, éticos o religiosos profundamente arraigados”, y dio ejemplos directos, sin rodeos: “puede tratarse… del rechazo por parte de médicos y profesionales de la salud a participar en prácticas como el aborto o la eutanasia.”
Y luego soltó una frase clave —limpia, fuerte, imposible de tergiversar—: “La objeción de conciencia no es rebelión, sino un acto de fidelidad a uno mismo.” A continuación, denunció el clima cultural y político que busca erosionarla incluso en democracias: “en este momento de la historia, la libertad de conciencia parece ser cada vez más cuestionada por los Estados, incluso por aquellos que dicen basarse en la democracia y los derechos humanos.”
Desde ahí, el Papa construyó una línea recta hacia la vida y la familia, sin sentimentalismo, pero con un marco moral completo. Sobre la familia, recordó su carácter decisivo como ámbito de aprendizaje del amor y servicio a la vida, y defendió explícitamente que la vocación al amor y la vida se manifiesta “de manera importante en la unión exclusiva e indisoluble entre una mujer y un hombre”, y que esa vocación “implica un imperativo ético fundamental para que las familias puedan acoger y cuidar plenamente la vida por nacer.”
Cuando habló del aborto, lo hizo con una claridad que rara vez se escucha en foros internacionales: “Entre ellas se encuentra el aborto, que interrumpe una vida en crecimiento y rechaza acoger el don de la vida.” Y además apuntó a la dimensión política y financiera del problema con un juicio inequívoco: “la Santa Sede expresa su profunda preocupación por los proyectos destinados a financiar la movilidad transfronteriza con el fin de acceder al llamado ‘derecho al aborto seguro’.” Más aún: “considera deplorable que se asignen recursos públicos para suprimir la vida, en lugar de invertirlos en apoyar a las madres y las familias.” Y dejó establecido el criterio rector: “El objetivo principal debe seguir siendo la protección de todos los niños no nacidos y el apoyo efectivo y concreto a todas las mujeres para que puedan acoger la vida.”
En la misma línea, condenó la maternidad subrogada con términos frontalmente éticos: “Al convertir la gestación en un servicio negociable, se viola la dignidad de ambos, tanto del niño… como de la madre.” Y respecto de la eutanasia, también evitó el maquillaje verbal: pidió “soluciones al sufrimiento humano, como los cuidados paliativos”, en lugar de promover “formas falsas de compasión como la eutanasia.”
Finalmente, el Papa cerró el bloque con una frase que resume toda su arquitectura moral y política: “A la luz de estos retos, es necesario reafirmar con fuerza que la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano.” Y denunció, con una expresión demoledora, el fenómeno cultural que ve detrás de muchas agendas contemporáneas: “estamos asistiendo a un auténtico ‘cortocircuito’ de los derechos humanos.”
Un documento para el presente y para la historia
El discurso recorrió, además, los principales conflictos del mundo —Ucrania, Tierra Santa, Venezuela, Haití, África, Asia— con llamados explícitos al alto el fuego, al diálogo y al respeto del derecho internacional humanitario. Pero siempre desde una lógica coherente: sin verdad, sin humildad y sin un fundamento trascendente, la paz se vuelve imposible.
Al final, León XIV regresó a san Agustín para recordar que “nuestros supremos bienes consisten en la paz”, una paz que no nace de la fuerza ni del orgullo, sino de la humildad de la verdad y de la valentía del perdón.
Este discurso no es solo una pieza más del calendario diplomático vaticano. Es un documento indispensable para comprender el momento actual, y probablemente será leído en el futuro como uno de los textos programáticos más densos y claros del pontificado de León XIV.
Quizá muchos no hayan captado todas sus referencias. Pero el mensaje está ahí, con una coherencia intelectual y una firmeza moral que no admiten dudas: la Iglesia no renuncia a pensar el mundo en grande, ni a decir la verdad con claridad, incluso cuando resulta incómoda.
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