El nuevo comunismo y la guerra contra Dios
Marco Rubio declara la guerra a los revolucionarios que cambian de nombre pero conservan el mismo odio contra la civilización cristiana
Marco Rubio está convirtiéndose en una figura inusual dentro de la política exterior de los Estados Unidos.
El secretario de Estado ha sido históricamente, con algunas excepciones notables, un administrador pragmático del poder norteamericano: negocia alianzas, evita conflictos innecesarios, impone sanciones, calcula intereses y busca equilibrios. No se espera de él que formule una interpretación intelectual de Occidente, que explique su decadencia cultural o que se pronuncie sobre los fundamentos religiosos de una civilización.
Rubio está haciendo precisamente eso.
No es un detalle menor que sea hijo de inmigrantes cubanos. Nació en Miami en 1971, en una familia cuya historia quedó marcada por la revolución castrista y por la experiencia de miles de cubanos que encontraron en los Estados Unidos la libertad que el comunismo les había arrebatado. Rubio conoce el marxismo no solamente como una teoría política, sino como una fuerza histórica que destruyó una nación, persiguió la fe y dispersó familias enteras.
Durante los últimos meses, tres intervenciones suyas han ido formando una auténtica visión de conjunto: un discurso sobre la crisis de la civilización occidental pronunciado en Europa, una reflexión sobre las raíces católicas de los Estados Unidos y, finalmente, el anuncio de una estrategia internacional contra el resurgimiento del terrorismo político de extrema izquierda.
Tomadas en conjunto, estas intervenciones representan una advertencia: Occidente no se encuentra únicamente ante una disputa económica, electoral o geopolítica. Está nuevamente ante una lucha por su alma.
Recuperar la identidad de Occidente
El primero de esos discursos fue pronunciado el 14 de febrero de 2026 durante la Conferencia de Seguridad de Múnich.
Rubio recordó que la alianza entre Europa y los Estados Unidos no nació solamente de intereses militares o comerciales, sino de una civilización compartida, construida sobre siglos de historia, cultura, filosofía y religión cristiana. Durante la Guerra Fría, señaló, el comunismo y la libertad se enfrentaban en el corazón mismo de Alemania, mientras miles de años de civilización occidental pendían de un hilo.
Sin embargo, la victoria sobre la Unión Soviética produjo una peligrosa ilusión: la creencia de que las naciones, las fronteras, la religión y las identidades culturales habían dejado de importar. Las élites occidentales imaginaron que el comercio global, los organismos internacionales y un supuesto “orden basado en reglas” podrían sustituir a la patria, la tradición y la lealtad nacional.
El resultado ha sido una Europa que con demasiada frecuencia reniega de sus raíces, restringe la libertad de expresión, desprecia su herencia cristiana y permite una inmigración masiva islamista sin exigir una verdadera integración cultural. Rubio denunció la irresponsabilidad de importar poblaciones entre las cuales pueden instalarse minorías islamistas intolerantes sin contar con la voluntad política necesaria para defender la identidad y las leyes de las naciones receptoras.
Su mensaje fue que Europa y Estados Unidos solamente podrán permanecer unidos si continúan siendo claramente occidentales. Una alianza militar vaciada de contenido cultural terminaría siendo una estructura sin alma. El discurso, como era de esperarse, irritó a las élites políticas europeas, contaminadas hasta el tuétano de la suicida ideología woke.
La raíz católica de los Estados Unidos
La segunda intervención histórica de Rubio tuvo lugar el 9 de abril, mediante un mensaje dirigido a un simposio organizado por la Universidad Católica de América y la Universidad de Notre Dame con motivo de los 250 años de la Declaración de Independencia.
Rubio cuestionó frontalmente el relato según el cual el catolicismo sería una presencia extranjera o tardía en los Estados Unidos.
Recordó que, aunque solamente uno de los 56 firmantes de la Declaración de Independencia —Charles Carroll de Carrolton— era católico, la fe católica estaba presente en el continente mucho antes del nacimiento de la República. La primera celebración cristiana registrada en el territorio fue una Misa; San Agustín, en Florida, fue fundado por católicos españoles; y exploradores, misioneros, soldados y pioneros católicos recorrieron, cartografiaron y bautizaron buena parte del territorio norteamericano.
Cuando se declaró la independencia, menos del 2% de la población estadounidense era católica. Sin embargo, sostuvo Rubio, los principios de la nueva República no surgieron exclusivamente de la Ilustración. Su concepción de la ley natural, de los derechos concedidos por Dios, de la libertad unida a la virtud y del poder sometido a un orden moral pertenecía a la misma tradición civilizatoria que había producido a san Agustín y santo Tomás de Aquino.
Rubio fue todavía más lejos: presentó a los Estados Unidos como el lugar donde la civilización cristiana occidental pudo renovarse y comenzar de nuevo.
No se trataba de convertir retrospectivamente a todos los Padres Fundadores en católicos. Se trataba de reconocer que incluso los fundadores protestantes o deístas pensaban dentro de categorías culturales que el cristianismo había construido durante siglos.
Para Rubio, por tanto, la fe no es una afición privada que deba ocultarse cuando comienza la discusión política. Es uno de los elementos constitutivos de una nación. Sin religión, sin una concepción objetiva del bien y sin obligaciones anteriores al Estado, la libertad se degrada inevitablemente en licencia, y el poder termina ocupando el lugar de Dios.
La nueva estrategia contra el terrorismo de izquierda
La intervención más reciente e importante ocurrió el 16 de julio, cuando Rubio reunió en Washington a dirigentes políticos, expertos y responsables de seguridad de más de 60 países para inaugurar una coalición internacional contra el resurgimiento del terrorismo político.
Durante los últimos 25 años, explicó, la lucha antiterrorista occidental estuvo concentrada principalmente en el extremismo islamista. Había buenas razones para ello: los atentados del 11 de septiembre de 2001, Madrid en 2004, Londres en 2005 y la expansión del Estado Islámico obligaron a reconstruir toda la arquitectura de seguridad occidental.
Esa estrategia tuvo resultados. Rubio afirmó que los atentados y complots yihadistas en los Estados Unidos han disminuido aproximadamente dos tercios desde el apogeo del Estado Islámico, mientras que las muertes causadas por el terrorismo yihadista en Europa cayeron alrededor del 97% entre 2015 y 2024. La amenaza no ha desaparecido, advirtió, pero ha sido reducida.
El problema es que Occidente desarrolló simultáneamente un enorme punto ciego frente a la violencia revolucionaria de izquierda.
Un atentado cometido por neonazis es justamente reconocido como terrorismo. Pero cuando una bomba es colocada por marxistas, anarquistas o revolucionarios, demasiados periodistas, profesores y políticos prefieren describirla como un exceso lamentable cometido al servicio de una causa supuestamente noble.
Rubio anunció que esa indulgencia, esa tolerancia suicida, ha terminado.
El Departamento de Estado ha comenzado a construir mecanismos de cooperación policial, intercambio de inteligencia, persecución financiera, designaciones como organizaciones terroristas y restricciones de visados contra extranjeros que participen, financien o faciliten redes violentas de extrema izquierda. La política no convierte en terrorista a cualquiera que se declare socialista. La idiotez es suficiente pena en sí misma. Su objeto son las organizaciones que utilizan, justifican o promueven la violencia como instrumento político.
Esta distinción es indispensable. Una democracia puede tolerar ideas equivocadas, incluso ideas profundamente destructivas. Lo que no puede tolerar es que quienes incendian edificios, asesinan adversarios, sabotean infraestructuras o financian grupos armados reciban una inmunidad moral porque afirman actuar en nombre de la “justicia social”.
Las viejas guerrillas bajo una nueva mirada
Rubio recordó expresamente la historia de los Tupamaros, los Montoneros, las FARC, el ELN y Sendero Luminoso. También mencionó las Brigadas Rojas italianas, la Fracción del Ejército Rojo alemana y otras organizaciones que secuestraron, bombardearon y asesinaron durante décadas en nombre de la revolución.
El ejemplo colombiano resulta especialmente revelador. La antigua organización de las FARC que firmó el acuerdo de paz fue retirada de la lista norteamericana de organizaciones terroristas. No obstante, las facciones disidentes FARC-EP y Segunda Marquetalia continúan designadas como organizaciones terroristas extranjeras y siguen involucradas en asesinatos, secuestros, extorsión y narcotráfico.
La nueva política no convierte automáticamente en terrorista a cualquier antiguo guerrillero acogido al acuerdo de paz. Pero sí pone bajo una nueva luz la obscena normalización política y cultural de quienes nunca han condenado claramente los métodos criminales de la revolución.
En julio, Rodrigo Londoño, alias “Timochenko”, antiguo comandante de las FARC y actual dirigente del partido surgido de la desmovilización, viajó a España invitado por Izquierda Unida. Para determinados sectores españoles, recibir a una figura vinculada durante décadas con una organización responsable de secuestros, atentados y asesinatos parece perfectamente aceptable, mientras que cualquier político que defienda la patria, la familia o la identidad cristiana es presentado como una amenaza para la democracia.
Esa inversión moral es precisamente uno de los fenómenos que Rubio está denunciando.
El neocomunismo: un mundo sin Dios
Rubio no utilizó en su discurso la palabra “neocomunismo”. Tampoco presentó una lista que incluyera expresamente todas las variantes del llamado progresismo contemporáneo. Pero describió con claridad su sustancia.
La izquierda radical, explicó, puede adoptar diferentes nombres: comunismo, marxismo, anarquismo, anticapitalismo o antiimperialismo. Sus consignas cambian con el tiempo y según el país, pero conserva un mismo impulso interior: el resentimiento contra la civilización heredada, la voluntad de derribar lo que otros han construido y el deseo de igualar destruyendo aquello que es bello, noble o excelente.
Rubio rechazó incluso la conocida disculpa según la cual el comunismo sería una teoría hermosa que fracasa cuando se aplica. El comunismo no es “hermoso” ni siquiera en teoría. El mundo que propone es pequeño, uniforme y gris: un mundo sin heroísmo, sin grandeza, sin milagros y, finalmente, “sin Dios”.
Allí se encuentra la dimensión más importante de su discurso para los católicos.
El comunismo clásico destruía iglesias, asesinaba sacerdotes, prohibía órdenes religiosas y declaraba oficialmente el ateísmo. El neocomunismo occidental suele emplear métodos distintos. En lugar de cerrar siempre las iglesias, procura vaciar de contenido la fe. En lugar de prohibir el cristianismo, exige que los cristianos mantengan sus convicciones fuera de la vida pública. En lugar de confiscar todos los bienes, intenta apoderarse del lenguaje, la educación, la sexualidad, la memoria histórica y la definición misma de la persona humana.
Y si alguien radicalizado decide quemar una iglesia o asesinar a un sacerdote -como los islamistas en Francia y España- entonces se aseguran de que la pena sea la mínima posible.
Se presenta como progresismo, deconstrucción, justicia identitaria, revolución sexual, ecologismo radical o liberación de todas las normas. Pero su núcleo sigue siendo el mismo: ninguna autoridad por encima de la voluntad humana, ninguna naturaleza que deba ser respetada, ninguna verdad moral que el poder no pueda modificar.
Es, en última instancia, una rebelión contra Dios.
El supuesto avance de la “ultraderecha”
No es casualidad que América Latina esté experimentando un desplazamiento electoral hacia la derecha.
Desde Argentina y Ecuador hasta Chile, Honduras, Costa Rica, Perú y recientemente Colombia, los electores han respaldado a dirigentes que prometen recuperar el orden, combatir el crimen, defender las fronteras, promover la iniciativa privada y reconstruir la identidad nacional. Las sucesivas elecciones de los conservadores Abelardo de la Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú confirmó una tendencia regional que la prensa progresista suele llamar de “ultraderecha”, incluso cuando sus propuestas habrían sido consideradas perfectamente normales hace apenas unas décadas.
La maniobra lingüística es evidente. Primero se desplaza artificialmente el centro político hacia la izquierda. Después se presenta el neomarxismo cultural como la nueva moderación. Finalmente, cualquiera que defienda la ley natural, la propiedad, la seguridad ciudadana, la diferencia sexual, la soberanía nacional o la herencia cristiana es colocado fuera de los límites de lo aceptable.
Así, el revolucionario se convierte en moderado y el defensor del sentido común en extremista.
Naturalmente, no todos los gobernantes conservadores son iguales. Algunos poseen programas económicos liberales; otros son nacionalistas o populistas.
Pero comparten, en distintos grados, dos intuiciones fundamentales.
La primera es que la fe no constituye un obstáculo para la nación, sino una parte esencial de su identidad y de su cohesión moral.
La segunda es que el comunismo y el socialismo revolucionario no son simples propuestas administrativas alternativas. Son fuerzas que, cuando logran controlar la cultura y el Estado, atacan sistemáticamente la memoria, la religión, la familia, la propiedad y los vínculos naturales que impiden al individuo quedar completamente sometido al poder político.
Una batalla que nos corresponde
La nueva estrategia anunciada por Marco Rubio será cuestionada. Sus críticos -la mayoría de ellos aliados ideológicos de los denunciados- ya sostienen que podría politizar la lucha antiterrorista, minimizar la “violencia de extrema derecha” o confundir organizaciones criminales con movimientos legales de izquierda.
Ninguna de esas cautelas justifica mantener el doble rasero que durante décadas convirtió la violencia marxista en una especie de terrorismo moralmente privilegiado.
Un criminal no deja de ser criminal porque levante el puño, se declare antifascista o afirme actuar en nombre de los pobres. Una bomba no se vuelve menos destructiva porque haya sido colocada bajo una bandera roja, trans o feminista. El asesinato político no se transforma en idealismo por aparecer acompañado de palabras como igualdad, liberación o justicia.
Rubio ha comprendido que la política exterior no puede limitarse a defender mercados, tratados o fronteras. Debe defender la civilización que hace posibles la libertad, la dignidad humana y el Estado de derecho.
Para los católicos de España y América Latina, su advertencia posee una importancia especial. Nuestras naciones no son apéndices culturales de un mundo abstracto y posnacional. Pertenecen a la civilización occidental y cristiana. Su historia, sus lenguas, sus leyes, sus fiestas, sus universidades y su propia concepción de la persona fueron formadas por la fe católica. Defender esa herencia no es extremismo. Extremismo es pretender destruirla.
La guerra que el nuevo comunismo libra contra Occidente es, en el fondo, una guerra contra Dios. Y solamente podrá ser enfrentada por pueblos que recuperen la conciencia de quiénes son, de dónde vienen y qué verdades no están dispuestos a negociar.
Aquí abajo traduzco al español el pasaje -a mi juicio- más relevante dell extenso discurso de Marco Rubio:
“Se trata [el neomarxismo] de un mal particular y único. Siempre ha estado impulsado por un odio, por encima de todo, hacia la civilización misma. Es una rebelión de lo peor contra lo mejor; de los débiles y cobardes contra los fuertes y los buenos. Es perpetrado por aquellos que no pueden construir, crear ni lograr grandes cosas, y que se vengan del mundo por su propia insuficiencia intentando destruir a quienes sí pueden hacerlo.
Eso es el izquierdismo radical. Puede adoptar diversos lemas e ideologías según el lugar y la época —anticapitalista, antiimperialista, comunista, anarquista, marxista—, pero su carácter fundamental es siempre el mismo. Es un resentimiento ponzoñoso disfrazado con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación; una necesidad abrumadora de derribar lo que hombres más grandes han construido, de destruir lo que es bello y justo, en nombre de personas que solo rebosan fealdad y no tienen nada más que ofrecer al mundo.
Mediante la violencia y el terror, buscan una vez más imponer su fealdad sobre todos nosotros.
El viejo dogma estaba equivocado. Nada de esto está impulsado por el «idealismo». No es «utópico»; de hecho, es todo lo contrario.
Una de las críticas que a veces se escuchan sobre el comunismo es: «Suena bien en teoría, pero nunca funciona en la práctica». Pero eso no es cierto. No suena bien en teoría. El mundo que concibe para todos nosotros es pequeño, plano y gris: despojado de toda excepcionalidad, vaciado de todo lo bueno y noble que hay en el alma humana. Es un mundo sin coraje, creatividad ni ambición; sin héroes, gloria ni grandes causas por las que luchar. Sin milagros. Sin mitos. Sin hombres que se eleven por encima de los demás para realizar actos increíbles y extraordinarios. Sin Dios.
Para estos arquitectos de la violencia revolucionaria, los imponentes logros de nuestra civilización representan una humillación insoportable: un recordatorio de lo que ellos no pueden hacer ni ser. Por eso eligen destruir. Atacan oleoductos, ferrocarriles, laboratorios y redes eléctricas: los símbolos físicos y tangibles del poder, la invención y el logro.
Tal es la naturaleza del terrorismo al que nos enfrentamos hoy. Desprecian a Occidente porque Occidente es excepcional.”



