Un “reloj poblacional” marcaba el crecimiento de la población mundial en el museo de ciencias de Chicago
Si tienes planes para el próximo viernes 13 de noviembre, te recomiendo que no los canceles. Aunque, según un artículo publicado hace 66 años en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, ese día debería producirse nada menos que el fin de la humanidad.
No se trata de la profecía de algún iluminado religioso, de uno de esos predicadores apocalípticos que periódicamente anuncian el fin del mundo, ni de una extravagancia publicada en alguna revista sensacionalista. La predicción apareció el 4 de noviembre de 1960 en Science, la publicación de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS), una de las instituciones científicas más respetadas del planeta.
El artículo llevaba un título que no dejaba demasiado espacio a la imaginación: Doomsday: Friday, 13 November, A.D. 2026 (Día del Juicio Final: viernes 13 de noviembre de 2026).
Sus autores eran Heinz von Foerster, físico y pionero de la cibernética de la Universidad de Illinois, y sus colaboradores Patricia M. Mora y Lawrence W. Amiot. Mediante una sofisticada formulación matemática, los investigadores habían llegado a la conclusión de que, si continuaban las tendencias demográficas de los dos milenios anteriores, la población humana se aproximaría al infinito precisamente en esa fecha.
Sí, al infinito. Nada menos.
Según su razonamiento, el crecimiento de la población se aceleraría de tal manera que llegaría un momento en que la humanidad simplemente no podría seguir existiendo.
Los autores lo resumieron con una frase que merece pasar a la historia de las predicciones científicas más espectaculares y absurdas: «Nuestros tataranietos no morirán de hambre. Morirán aplastados».
Aplastados, naturalmente, por la insoportable multitud de seres humanos que habitarían nuestro pequeño planeta.
Lo interesante es que la predicción no surgía de una simple fantasía. Los investigadores habían recopilado 24 estimaciones históricas de población, correspondientes a unos dos mil años, y elaborado un modelo matemático que reproducía razonablemente bien el crecimiento demográfico observado. El problema estaba en suponer que una ecuación construida sobre tendencias pasadas podía proyectarse indefinidamente hacia el futuro, como si la conducta humana, la tecnología, la economía y la cultura fueran constantes sometidas a una fatalidad matemática.
Y aquí es donde comienza la verdadera historia.
Cuando la ciencia se convierte en ideología
La predicción de von Foerster encajaba magníficamente en el clima intelectual de una época obsesionada con la llamada «explosión demográfica». Desde los tiempos del economista británico Thomas Malthus, a finales del siglo XVIII, una corriente de pensamiento había insistido en que el crecimiento de la población terminaría por superar la capacidad de la Tierra para sostenerla.
Von Foerster introducía una variante peculiar: reconocía que el ingenio humano podía aumentar la producción y superar muchas limitaciones materiales, pero sostenía que esa misma capacidad de cooperación e innovación permitiría que la población creciera hasta alcanzar proporciones imposibles.
Su conclusión práctica era inequívoca: había que reducir drásticamente la natalidad. Los autores proponían disminuir a la mitad la tasa mundial de nacimientos para evitar la catástrofe.
Conviene hacer una distinción importante. El modelo matemático era un ejercicio científico legítimo, aunque construido sobre supuestos que terminaron demostrando sus limitaciones. Lo que merece una crítica mucho más severa es el salto desde esa construcción teórica hacia una prescripción sobre cómo debía comportarse la humanidad. Allí la ciencia comenzaba a mezclarse con una determinada visión del hombre y de la sociedad. En otras palabras, bajo el nombre de “ciencia”, se estaba aplicando ideología pura y dura: la idea de que el nacimiento de nuevos seres humanos constituía un “problema” que debía ser corregido.
La falsedad aceptada como dogma
Como recuerda el historiador Alan MacEachern en un reciente análisis publicado en The Conversation, la predicción llegó a citarse en libros de genética, ecología y demografía durante décadas. Incluso apareció en debates públicos y jurídicos, incluido un proceso judicial estadounidense sobre el aborto anterior a Roe v. Wade, donde se utilizó como argumento a favor de restringir el crecimiento poblacional a cualquier costo.
Nutrido por este mito, en 1968 Paul Ehrlich publicaría su célebre libro The Population Bomb (La bomba demográfica), que contribuiría decisivamente a popularizar las profecías de hambrunas masivas y catástrofes provocadas por la superpoblación.
Había nacido una verdadera industria intelectual del miedo demográfico, frecuentemente presentada como una consecuencia inevitable de los descubrimientos científicos.
Sesenta y seis años después, el problema es exactamente el contrario
Estamos a pocas semanas del viernes 13 de noviembre de 2026 y sabemos que la humanidad no será aplastada por una multitud infinita de seres humanos.
La realidad demográfica que enfrentamos es, en muchos sentidos, exactamente la contraria de la que aquellos expertos temían.
Hoy, buena parte del mundo desarrollado enfrenta una crisis de natalidad de proporciones históricas. Países como Corea del Sur, Japón, Italia, España y China registran tasas de fecundidad muy inferiores a las necesarias para garantizar el reemplazo generacional.
En algunos de ellos, la reducción de la población ya es una realidad; en otros, sus consecuencias se están manifestando en el envejecimiento acelerado, la disminución de la fuerza laboral y las dificultades crecientes para sostener los sistemas de pensiones y asistencia social.
Y no se trata de afirmaciones de algún nostálgico defensor de las familias numerosas: según las proyecciones de población publicadas por las Naciones Unidas en 2024, más de la mitad de los países y territorios del mundo ya registraban una fecundidad inferior al nivel de reemplazo, aproximadamente 2,1 hijos por mujer. La tasa mundial había descendido a 2,25 hijos por mujer, frente a los 3,31 registrados en 1990.
La propia ONU, durante décadas encerrada en una guerra contra la población, proyecta que la población mundial continuará creciendo durante varias décadas, hasta alcanzar aproximadamente 10.300 millones de personas a mediados de la década de 2080, para después comenzar a disminuir.
Pero otros estudios presentan escenarios incluso más inquietantes.
Una investigación publicada en 2024 en The Lancet, basada en estimaciones del Institute for Health Metrics and Evaluation de la Universidad de Washington, calcula que para 2050 unos 155 de 204 países y territorios tendrían tasas de fecundidad inferiores al nivel de reemplazo generacional. Para el año 2100, esa situación podría afectar a 198 de los 204 países y territorios analizados.
Es importante precisar que la población mundial todavía crece. Pero la dirección de la tendencia es difícil de discutir: el problema demográfico que preocupa crecientemente a numerosos países ya no consiste en cómo impedir que nazcan demasiados niños, sino en cómo afrontar las consecuencias de que nazcan demasiado pocos.
Durante décadas se nos advirtió que debíamos temer a los niños que todavía no habían nacido. Hoy, numerosos gobiernos buscan desesperadamente maneras de conseguir que nazcan más.
Ayer se presentaba a las familias numerosas como una amenaza para el futuro del planeta. Hoy, países enteros descubren que sin nuevas generaciones su futuro económico, social y cultural puede verse seriamente comprometido.
Y todo esto ocurre cuando todavía no ha llegado aquel fatídico viernes 13 de noviembre.
La ciencia y su utilización como autoridad moral
Sería un error sacar de esta historia la conclusión de que la ciencia no merece nuestra confianza. La ciencia auténtica constituye una de las expresiones más extraordinarias de la inteligencia humana, y sus descubrimientos han permitido avances formidables en medicina, agricultura, comunicaciones y prácticamente todos los aspectos de nuestra existencia.
El problema aparece cuando, bajo el nombre de ciencia, se introducen presupuestos filosóficos, antropológicos o ideológicos que no han sido demostrados mediante el método científico.
La ciencia puede medir tasas de fecundidad, estudiar tendencias poblacionales, analizar la disponibilidad de recursos y construir modelos para evaluar distintos escenarios futuros. También puede ofrecer información valiosísima para orientar decisiones públicas.
Pero un modelo matemático no puede decirnos, por sí mismo, cuál es el valor de una vida humana, qué significado tiene la familia, si un hijo debe ser considerado una bendición o una carga, o qué sacrificios deberían imponerse a las personas para alcanzar determinados objetivos sociales.
Esas son cuestiones filosóficas, éticas y, en última instancia, antropológicas.
El problema comienza cuando alguien confunde lo que sus cálculos pueden describir con lo que su ideología desea imponer.
Desde nuestra perspectiva, esta distinción es fundamental. La Iglesia nunca ha tenido que elegir entre la verdad científica y la verdad moral, porque ambas, correctamente comprendidas, no pueden contradecirse. Pero sí ha tenido que enfrentar repetidamente la pretensión de convertir determinadas teorías científicas en una filosofía total del ser humano.
Y no deja de resultar irónico y revelador que algunos de los mismos círculos intelectuales que ridiculizan cualquier afirmación religiosa acerca del fin del mundo hayan mostrado tanta disposición a aceptar profecías apocalípticas, siempre que estuvieran acompañadas de suficientes ecuaciones matemáticas y publicadas en una revista prestigiosa.
Una lección para nuestro tiempo
La gran lección de aquel artículo de 1960 no consiste simplemente en burlarse de una predicción que no se cumplirá.
La lección es más bien recordar que el prestigio de la ciencia puede utilizarse para revestir de una aparente autoridad indiscutible conclusiones que, en realidad, dependen de supuestos discutibles, extrapolaciones inciertas y preferencias ideológicas.
La ciencia verdadera necesita observación, comprobación, revisión constante y humildad intelectual. Sus conclusiones permanecen abiertas a nuevos datos y a la posibilidad de ser corregidas. La ideología, por el contrario, suele comenzar con una respuesta y buscar después las pruebas que permitan revestirla de autoridad.
Cuando ambas se confunden, los resultados pueden ser especialmente peligrosos, porque la autoridad de una termina sirviendo de escudo a las pretensiones de la otra.
Por eso conviene desconfiar cada vez que alguien invoca a «la ciencia», como si se tratara de una entidad omnisciente, un tribunal infalible o una nueva divinidad secular, para exigirnos que aceptemos sin discusión una determinada visión de la sociedad, de la familia o de la naturaleza humana.
Dicho esto, les deseo anticipadamente un feliz viernes 13 de noviembre de 2026. No será un día de “mala suerte”; será una día de victoria de la realidad sobre la ideología.
Y si tienen hijos o nietos, abrácenlos. Son bastante más que una variable incómoda en una ecuación demográfica. Son un don de Dios y la esperanza de la humanidad.



