El discurso del Papa que todo joven católico debe conocer
Las palabras que el Papa León XIV dirigió a un grupo de estudiantes católicos norteamericanos tiene enorme actualidad universal
Quiero compartir en español las palabras que este sábado 20 de junio el Papa León XIV dirigió en inglés, vía videomensaje, a los jóvenes que participan de los encuentros de verano de la Universidad Franciscana de Steubenville; palabras que creo deben llegar a todos los jóvenes que están decididos a tomarse su catolicismo en serio.
Un contexto necesario
Antes de presentar las palabras que el Papa León XIV dirigió a los jóvenes reunidos en las conferencias de verano de la Universidad Franciscana de Steubenville, conviene explicar por qué este mensaje no es un gesto menor ni un simple saludo protocolar.
Steubenville no es una universidad católica más. Nació como una pequeña institución franciscana en una ciudad industrial de Ohio, en un ambiente marcado por las dificultades económicas, la decadencia urbana y la crisis cultural que golpeó con especial fuerza a tantas instituciones católicas norteamericanas después de los años sesenta.
En 1974, cuando el P. Michael Scanlan, franciscano de la Tercera Orden Regular, asumió la presidencia, la universidad atravesaba una situación crítica. Lo que hizo Scanlan fue exactamente lo contrario de lo que muchas instituciones católicas hicieron en esa época: no diluyó la identidad católica para sobrevivir, sino que apostó por ella con radicalidad.
Influenciado en parte por la Renovación Carismática Católica, pero también por una comprensión muy concreta de la fidelidad eclesial, el P. Scanlan devolvió a Steubenville una vida sacramental intensa, una espiritualidad visible, una formación doctrinal seria y una cultura comunitaria capaz de acompañar personalmente a los estudiantes.
De allí surgió el sello que hasta hoy distingue a la universidad: una combinación de claridad doctrinal, entusiasmo evangelizador, vida litúrgica, dirección espiritual, amistad cristiana y sentido de misión. No se trató simplemente de “hacer más católica” una universidad en el papel. Se trató de reconstruir una cultura católica real.
Por eso Steubenville se ha convertido en una de las universidades católicas más influyentes de Estados Unidos. Su prestigio no se debe solamente a su ortodoxia doctrinal, sino a una experiencia integral de formación. Allí han enseñado figuras de enorme peso intelectual y espiritual, como Scott Hahn, el célebre converso, biblista y teólogo católico, cuya obra ha formado a generaciones enteras de católicos de habla inglesa.
Pero la importancia de Steubenville va más allá de sus profesores más conocidos. Lo decisivo es que la universidad ofrece a jóvenes seriamente católicos algo que muchas instituciones “católicas” de marca ya no ofrecen: una educación donde la fe no es un adorno institucional, sino el centro vivo de la vida académica y comunitaria.
Steubenville pertenece, además, a una nueva constelación de universidades católicas relativamente pequeñas —junto con instituciones como Christendom College, Thomas Aquinas College, Ave Maria University, Benedictine College, la University of Dallas y otras que merecerían estar en esta lista— que han ganado autoridad moral precisamente porque no intentaron competir con el mundo renunciando a su alma. Mientras muchas universidades católicas antiguas y famosas fueron absorbiendo los supuestos culturales del progresismo académico norteamericano, estas instituciones eligieron otro camino: fidelidad al Magisterio, formación intelectual sólida, vida sacramental, acompañamiento vocacional y una comunidad donde la fe puede respirarse sin pedir permiso.
La gran diferencia
El contraste es inevitable. Universidades históricamente católicas —especialmente jesuitas como Georgetown, Boston College o Fordham— y también Villanova —la universidad agustiniana donde estudió el propio Papa León XIV— conservan nombres, símbolos e historias católicas. Pero en demasiados casos, su cultura institucional real se ha alejado profundamente de la identidad que les dio origen. En vez de formar una élite intelectual católica, muchas de estas instituciones terminan formando parte del circuito cultural, político y académico del progresismo norteamericano, con una vida universitaria donde la doctrina católica suele quedar subordinada a las modas ideológicas dominantes.
Ese es precisamente el contexto que hace tan significativo el mensaje del Papa León XIV a los participantes de las conferencias de verano de Steubenville. No está hablando a una audiencia genérica. Habla a jóvenes reunidos en uno de los lugares donde la Iglesia en Estados Unidos ha demostrado que la evangelización juvenil todavía puede ser seria, alegre, exigente y profundamente católica.
Las conferencias de verano
Las llamadas Steubenville Youth Conferences son encuentros de verano de extensión para estudiantes de secundaria que combinan catequesis, oración, música, adoración eucarística, confesión, predicación, vida comunitaria y discernimiento vocacional.
Este año celebran cincuenta años de historia. Desde sus inicios, han marcado a cientos de miles de jóvenes católicos y se han extendido desde el campus de Steubenville a numerosas sedes en Norteamérica. No son simples campamentos juveniles. Son, en el mejor sentido de la palabra, experiencias de evangelización intensiva: espacios donde muchos jóvenes redescubren la fe, vuelven a los sacramentos, se abren a la vocación y descubren que la vida católica no es una herencia cultural cualquiera, sino una llamada personal de Cristo.
Por eso las palabras del Papa León XIV sobre la verdadera paz, la perfecta alegría, el peligro de buscar satisfacción superficial en las pantallas, el placer, la imagen o las falsas promesas del mundo, y la necesidad de abrirse a la vocación propia, caen en terreno fértil.
Un terreno que creo que también será fértil entre los jóvenes de habla española. Acá va mi traducción del texto completo del Papa. Disfruten.
Videomensaje del Papa León XIV a los participantes de las Conferencias de Verano de Steubenville
Queridos amigos:
Me alegra saludarles a todos mientras se reúnen en diversos lugares para las Conferencias Juveniles de Verano de Steubenville, durante el año que marca el quincuagésimo aniversario de estos encuentros. Como quizá sepan, este año celebramos también el octingentésimo aniversario de la muerte de san Francisco. Dado que este evento está organizado por la Universidad Franciscana de Steubenville, me pareció oportuno reflexionar sobre el mensaje que san Francisco podría transmitir a los jóvenes de hoy. Creo que podría hablarnos de muchas cosas, pero especialmente de la paz auténtica y de la perfecta alegría, pues estos temas fueron una parte importante de su vida.
Si hubieran encontrado a san Francisco por las calles de Asís en el siglo XIII, tal vez los habría mirado con una sonrisa serena y amorosa, diciéndoles: «Pace e bene», es decir, «Paz y todo bien». Así saludaba a menudo san Francisco, expresando uno de los deseos de su corazón. Nosotros también podemos preguntarnos: ¿Deseo la paz verdadera para quienes se relacionan conmigo? ¿Trato a los demás de manera que les transmita paz? Quizás digan que esto no siempre es fácil. A veces, nuestra conducta —incluso con aquellos a quienes más amamos— puede generar frustración y conflicto en lugar de paz. Debemos tener presente que san Francisco pudo sembrar la paz no por sus propios esfuerzos, sino porque poseía en su interior la fuente de la verdadera paz. He repetido a menudo que la paz es un don de Dios, un regalo que recibimos cuando invitamos al Señor a entrar en nuestro corazón. Estamos llamados, entonces, a ser instrumentos de su paz, difundiéndola en nuestras familias, comunidades, países y en el mundo entero. Por ello, les invito a aprovechar los momentos de silencio durante esta conferencia para descubrir la paz de Cristo, aquella que Él prometió dar a sus discípulos (cf. Jn 14, 27).
San Francisco también era conocido por ser una persona especialmente alegre. Se deleitaba en la belleza de la creación, en la infinita bondad y misericordia de Dios y en la conversión de los pecadores. Y, sin embargo, tal vez les sorprenda la forma en que explicó en una ocasión en qué consiste la perfecta alegría. Una tarde de invierno, mientras regresaba a Asís con fray León —uno de los primeros miembros de la orden franciscana—, san Francisco comenzó a enumerar una larga lista de cosas aparentemente «buenas» que, sin embargo, no conducen a la alegría perfecta. En un momento dado, fray León exclamó: «¡Padre Francisco, le ruego que me enseñe en qué consiste la alegría perfecta!». En su respuesta, el santo describió una situación trágica que implicaba sufrir frío, hambre y rechazo —lo opuesto a lo que cabría esperar— y añadió que, si tales dificultades se aceptan con paciencia, sin quejarse y con amor a Dios, «eso es la alegría perfecta».
¿Es realmente posible sentir alegría en circunstancias tan difíciles? Solo es posible si nuestra vida se fundamenta en nuestra relación con Dios como Padre amoroso. En efecto, la alegría de san Francisco —aquella de la que él hablaba— no se encuentra en los dispositivos electrónicos, ni pasando horas frente a una pantalla o navegando interminablemente por las redes sociales cada día. Estas actividades a menudo nos hacen perder un tiempo valioso que podría dedicarse a la oración silenciosa, a cultivar amistades auténticas, a compartir tiempo de calidad con la familia, a profundizar en nuestra fe, a estudiar o a practicar deporte. La alegría nunca debe buscarse en el consumo de drogas, el abuso del alcohol, la promiscuidad, las relaciones superficiales, la obsesión por la imagen personal o cualquier tipo de comportamiento perjudicial. Sorprendentemente, tampoco se encuentra en bienes como la riqueza, la belleza, la fama o incluso la salud, pues un día dejaremos todo esto atrás.
Solo el amor de Dios puede brindarnos una alegría verdadera y perfecta. Si tenemos la profunda convicción de que Dios cuida de nosotros como hijos suyos amados, no nos dejaremos perturbar ni desanimar, ni siquiera ante situaciones difíciles. Muchos de vosotros habéis oído desde pequeños que Dios os ama. Pero ¿realmente lo creéis? ¡Sois preciosos a los ojos de Dios! (cf. Is 43, 4). ¡Él os ama incondicionalmente! ¿Estáis seguros de ello? Si cultiváis una relación de confianza con Él —mediante la oración constante y la recepción de los sacramentos— y os abandonáis en sus manos, la ansiedad, la tristeza y la soledad se disiparán a medida que su gracia os llene y su amor inflame vuestro corazón. Este es el secreto para afrontar las circunstancias difíciles con una sonrisa. Abran sus corazones para descubrir esta realidad.
Así pues, el mensaje de san Francisco —y el mío— es sencillo: la verdadera paz y la alegría perfecta son dones de Dios que llegan cuando nos abrimos a Él y confiamos en su poder para transformarnos. ¿Qué podemos ofrecerle a cambio de tan gran amor y de dones tan generosos? ¡Nada más que a nosotros mismos! Hoy, el Señor necesita misioneros que anuncien su mensaje a quienes no le conocen, hombres y mujeres santos que funden familias católicas llenas de amor, sacerdotes que sean padres espirituales y ministros de los sacramentos, así como religiosos y religiosas que den testimonio de la verdadera alegría de su Reino. Si sientes que el Señor podría estar llamándote a alguna de estas vocaciones, no te cierres ni te apartes por miedo; da un paso al frente y dile al Señor: «Aquí estoy: envíame» (Is 6, 8). Al mismo tiempo, no temas hablar de ello con alguien de confianza, ya sea un amigo, un sacerdote o una religiosa.
Les deseo a todos una conferencia fructífera y rezo para que, durante estos días, se llenen del amor de Cristo y conozcan a otros jóvenes que deseen entregarle su vida por completo y, al hacerlo, encuentren la verdadera felicidad. Al encomendarlos a todos a la intercesión materna de Nuestra Señora, Causa de nuestra alegría, invoco con gusto sobre cada uno de ustedes las bendiciones divinas de paz y fortaleza.
Que Dios Todopoderoso los bendiga a todos: el ✠ Padre, el ✠ Hijo y el ✠ Espíritu Santo. Amén.



