El Cardenal Pizzaballa se agiganta
En sorprendente carta pastoral, el Patriarca Latino de Jerusalén explica cuál debe ser la respuesta cristiana tras la catástrofe del 7 de Octubre
Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén
La carta pastoral del cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, publicada el 27 de abril de 2026 y fechada el 25 de abril, titulada “«Volvieron a Jerusalén con gran alegría» Una propuesta para vivir la vocación de la Iglesia en Tierra Santa”, es un documento que cualquier católico serio, interesado en saber cómo responder al escenario de violencia mundial desatado a partir del ataque de Hamas el fatídico 7 de Octubre de 2023.
Un texto universal
La carta, al estilo Pizzaballa, ha sido escrita con sencillez, como la que escribiría cualquier obispos a su diócesis. Pero en realidad es una brillante y profunda propuesta de discernimiento para la Iglesia en Tierra Santa: cómo vivir cristianamente dentro de un conflicto que, según él, probablemente seguirá marcando la vida de la región por años.
Pizzaballa parte de una constatación dura: la guerra de Gaza y el 7 de octubre de 2023 han abierto una etapa nueva y oscura. Para los palestinos, dice, estos acontecimientos se insertan en una larga historia de humillación y desplazamiento; para los israelíes, significan una violencia inédita que reaviva traumas profundos.
Pero el Patriarca insiste en que la crisis no es solo local: revela el colapso de un orden internacional que decía apoyarse en reglas, derecho internacional y multilateralismo, pero que hoy aparece impotente o hipócrita. En ese vacío, denuncia, la fuerza militar se ha vuelto casi un culto idolátrico, y los civiles terminan tratados como instrumentos de guerra.
El lenguaje que ha perdido sentido
Uno de los puntos más fuertes de la carta es su descripción moral del clima actual: dolor, odio, deshumanización, miedo, aislamiento y pérdida de confianza. Pizzaballa advierte que no todos los sufrimientos son idénticos ni todas las responsabilidades equivalentes: hay diferencia entre quien ejerce poder y quien lo sufre, entre quien ocupa y quien es ocupado, entre quien gobierna y quien es gobernado. Reconocer esas diferencias, dice, es una exigencia de justicia y verdad.
También sostiene que palabras como “coexistencia”, “diálogo”, “justicia”, “derechos humanos” o “dos pueblos y dos Estados” se han gastado hasta parecer vacías. Aun así, afirma que la realidad impone una verdad elemental: no hay alternativa real a la convivencia. La Tierra Santa es hogar de judíos israelíes, árabes palestinos, cristianos, musulmanes, drusos, samaritanos, bahá’ís y otros; por tanto, los cristianos no pueden renunciar a ser “sal y luz” creando espacios concretos de encuentro cuando las palabras ya no bastan.
La crisis del diálogo interreligioso
La carta dedica una sección importante al diálogo interreligioso, que Pizzaballa reconoce en crisis. Dice que los lugares santos, que deberían ser espacios de oración, se han convertido muchas veces en campos de batalla identitaria, y denuncia como “el pecado más grave de nuestro tiempo” el uso del nombre de Dios para justificar violencia, ocupación o terrorismo. Pero no abandona el diálogo: para los cristianos de Tierra Santa, dice, no es una opción táctica, sino una necesidad vital y parte de su vocación.
En cuanto a la situación concreta de la Iglesia local, el Cardenal italiano ofrece un panorama realista, sin caer en lo sombrío. En Gaza describe a los cristianos viviendo entre ruinas, sin agua, alimentos ni medicinas suficientes, mientras la parroquia de la Sagrada Familia y Cáritas siguen siendo “el rostro de Cristo” en medio del horror. En Palestina, advierte sobre el avance de asentamientos y el riesgo de una ocupación permanente. En Israel, reconoce discriminación, desigualdad, inseguridad y el trauma social posterior al 7 de octubre; además, admite que los católicos de lengua hebrea no siempre se han sentido escuchados por su propia Iglesia.
La segunda gran parte de la carta es bíblica y teológica. Aquí es donde Pizzaballa se agigante como una de las mentes pastorales más lúcidas de la Iglesia de hoy.
Propone contemplar Jerusalén no solo como un problema político, sino como icono espiritual. Jerusalén, dice, debe entenderse como casa de oración para todos los pueblos, lugar de revelación y ciudad llamada a la comunión. Advierte que cualquier acuerdo político que ignore la dimensión religiosa y “vertical” de Jerusalén está condenado al fracaso. No basta con delimitar fronteras o administrar lugares santos; hay que reconocer que para judíos, cristianos y musulmanes esta tierra tiene un significado religioso irrenunciable.
Inspirándose en el Apocalipsis, presenta la Nueva Jerusalén como una ciudad que “desciende del cielo”: no se conquista, se recibe. Esta imagen le permite criticar la obsesión por poseer espacios, dominar territorios o levantar fronteras absolutas. La ciudad de Dios no es una fortaleza cerrada, sino una casa abierta, donde la relación vale más que la posesión. Pizzaballa no niega la necesidad de custodiar lugares y espacios propios, pero insiste en que las fronteras deben proteger la libertad, no sofocarla.
El poder ignorado de la oración
La tercera parte baja a consecuencias pastorales. Pizzaballa pide poner en el centro la liturgia, la oración, la adoración eucarística, la lectio divina, la Liturgia de las Horas, la confesión y el acompañamiento matrimonial. Rechaza una visión instrumental de la oración: no se reza solo para conseguir algo, ni siquiera la paz; se reza porque la oración es el corazón de la vida cristiana y transforma la mirada sobre la realidad.
A las familias les asigna una misión decisiva: ser “iglesias domésticas” y “laboratorios de reconciliación”; y señala algo muy concreto: los padres son los primeros narradores de la historia, y pueden transmitir memoria con verdad o con veneno. Educar para la convivencia no significa negar el dolor, sino contar incluso las verdades dolorosas sin sembrar odio ni deseo de venganza.
Sobre las escuelas católicas, afirma que deben ser “laboratorios del futuro”: lugares donde cristianos, musulmanes y judíos aprendan no solo contenidos, sino convivencia, pensamiento crítico y rechazo de la narrativa única del odio.
El testimonio de la caridad
La carta también subraya el papel de hospitales, Cáritas, clínicas, hogares, comedores y obras sociales. Para Pizzaballa, allí el diálogo se vuelve carne: judíos, cristianos y musulmanes nacen, sufren, trabajan, sanan y mueren juntos. Esas obras silenciosas muestran que otra convivencia es posible, no como teoría, sino como servicio cotidiano.
En el plano ecuménico, reconoce tensiones entre Iglesias, incluso por cuestiones prácticas como la diferencia de calendarios litúrgicos, especialmente la fecha de Pascua. No ofrece una solución mágica, pero pide paciencia, participación mutua y más conocimiento concreto entre comunidades. También reclama que las Iglesias hablen con una sola voz no solo en temas políticos, sino también en cuestiones éticas fundamentales: defensa de la vida, dignidad humana, igualdad entre pueblos, derechos de los pobres y justicia social.
Un Cardenal que cree en la Pascua
Hacia el final, Pizzaballa lanza una advertencia muy clara contra la cultura de la violencia. Dice que los cristianos deben rechazarla no solo en los actos, sino también en el lenguaje: homilías, catequesis, conversaciones familiares y medios de comunicación deben llamar las cosas por su nombre, pero sin reducir jamás al otro a enemigo. Pide educar a los hijos para no usar palabras de odio, no difundir noticias falsas y distinguir la crítica legítima del insulto.
El cierre es profundamente pascual. Pizzaballa no propone optimismo ingenuo. Reconoce el cansancio, la impotencia y la oscuridad. Pero llama a una confianza cristiana que no depende de que la política funcione ni de que las instituciones respondan. La Iglesia de Tierra Santa debe ser una presencia pequeña, quizá incómoda, que se niega a vivir de narrativas de odio. Su fórmula es sencilla y exigente: los cristianos no odian. La carta termina invitando a “volver a Jerusalén con alegría”, no porque la realidad sea fácil, sino porque Cristo resucitado sigue caminando con su pueblo incluso en la noche.
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