El Camino Sinodal ya no camina
El nuevo documento de la Secretaría del Sínodo sólo explica cómo da vueltas sobre sí mismo
La Secretaría General del Sínodo publicó hoy, 20 de mayo, un nuevo documento titulado Hacia las Asambleas 2027-2028: Etapas, Criterios y Herramientas para la preparación. El texto pretende establecer el calendario, la metodología y los criterios que conducirán a las Iglesias locales, las Conferencias Episcopales y las agrupaciones continentales hacia una llamada “Asamblea Eclesial” en octubre de 2028.
Según el documento, el proceso estará organizado en cuatro etapas: “hacer memoria” en el primer semestre de 2027, “interpretar” en el segundo semestre de 2027, “orientar” en el primer cuatrimestre de 2028 y finalmente “celebrar” en octubre de 2028, en el Vaticano.
Mordiéndose la cola
Dicho de manera más clara: el Camino Sinodal no termina. Se reproduce. Se justifica a sí mismo. Se alimenta de reuniones, documentos, informes, cartas, asambleas, “relatos narrativos”, “informes teológico-pastorales” e “informes prospectivos”. Y todo ello camino a un megaevento cuya naturaleza nadie parece poder explicar con precisión: una “Asamblea Eclesial” que se realizará en el Vaticano, presidida por el Papa León XIV en octubre de 2028.
Pero ¿Qué es exactamente la Asamblea Eclesial? No pregunten. Porque ni la Secretaría General del Sínodo tiene una respuesta clara. No es una institución reconocible en la gran tradición de gobierno de la Iglesia. No es el Sínodo de los Obispos como surgió a la largo de la historia de la Iglesia, ni tampoco como lo entendieron, después del Concilio Vaticano II, San Pablo VI, San Juan Pablo II o Benedicto XVI. No es un concilio. No es una conferencia episcopal. No es una estructura prevista con claridad por el Código de Derecho Canónico. Es, más bien, una nueva criatura burocrático-pastoral, envuelta en lenguaje espiritualizado, cuya forma y autoridad se van definiendo sobre la marcha.
Una “solución” en busca de un problema
Durante décadas, el Sínodo de los Obispos fue una institución imperfecta, ciertamente, pero real: un instrumento de comunión episcopal y de colaboración de los sucesores de los apóstoles con el Sucesor de Pedro. Después de una larga pausa histórica en la vida sinodal de la Iglesia, fue revitalizado tras el Concilio Vaticano II por San Pablo VI, y luego desarrollado por San Juan Pablo II y Benedicto XVI como una instancia al servicio de la comunión, la doctrina, la misión y la gobernabilidad eclesial. Grandes documentos pontificios surgieron como fruto de los sínodos.
Ahora, sin embargo, esa institución queda cada vez más desplazada por un “camino-proceso” nebuloso, interminable, autorreferencial, que pretende convertirse en una “nueva forma de ser Iglesia”. Qué significa eso, tampoco lo pregunten. Porque cuanto más se pregunta, más se responde con fórmulas circulares, lenguaje terapéutico y apelaciones genéricas al Espíritu Santo.
Un camino sin destino
El documento de hoy insiste en que se trata de compartir los “frutos” del camino iniciado tras el Documento Final del Sínodo 2021-2024. Pero después de tantos años de consultas, fichas, mesas, documentos y encuentros, la pregunta elemental sigue sin respuesta: ¿cuáles son los frutos?
No conozco a nadie que se haya convertido gracias al Camino Sinodal. En cambio, en los últimos tres años he conocido a muchos conversos: hombres y mujeres que han llegado o regresado a la Iglesia por la belleza de la liturgia, por la claridad de la doctrina, por la fuerza de los sacramentos, por el testimonio de santos sacerdotes, por la vida familiar católica, por la adoración eucarística, por el Rosario, por la tradición viva de la Iglesia. No por un “informe prospectivo”.
El propio documento muestra hacia dónde va la lógica interna de este proceso democrático hasta lo ridículo y sin precedentes en la vida de la Iglesia. Si no lo creen, lean lo que dice el documento respecto de la selección de participantes:
“En la selección de los participantes se garantizará una atención adecuada a la relación entre hombres y mujeres y entre las diferentes generaciones, a la diversidad cultural y eclesial —incluyendo a presbíteros, diáconos, consagradas y consagrados, miembros de asociaciones, movimientos y nuevas comunidades, fieles no insertados en estructuras organizadas— y a la presencia de personas que viven situaciones de fragilidad o marginación. Se prestará especial atención a la participación de los párrocos. Cuando sea oportuno, también podrán participar representantes de otras Iglesias y Comunidades cristianas o de otras religiones”.
La frase suena inclusiva, abierta, amplia. Pero precisamente allí está el truco. En este tipo de arquitectura eclesial, todos participan, todos hablan, todos son incorporados, todos son “escuchados”, pero la figura del obispo —sucesor de los apóstoles, maestro de la fe, principio visible de unidad en su Iglesia particular— queda diluida en una especie de asamblea permanente de sensibilidades, experiencias y representaciones sociológicas.
El nuevo dogma de “escuchar”
El problema no es escuchar. La Iglesia siempre ha escuchado. El problema es transformar la escucha en una metodología sin fin, y luego vender esa metodología como si fuera una nueva eclesiología.
Según el anuncio oficial, las diócesis y eparquías deberán realizar asambleas de evaluación en el primer semestre de 2027; luego vendrán las asambleas de las Conferencias Episcopales en el segundo semestre de 2027; después, en el primer cuatrimestre de 2028, las asambleas continentales deberán elaborar un “informe prospectivo capaz de identificar prioridades y orientaciones compartidas”; finalmente, en octubre de 2028, se celebrará en Roma la susodicha Asamblea Eclesial de toda la Iglesia.
Desperdiciar la energía eclesial
Es decir: más reuniones, más papeles, más síntesis, más responsables locales, más equipos, más plataformas, más traducciones, más “acompañamiento”, más horas robadas a sacerdotes, religiosos y laicos que ya cargan sobre sus espaldas el trabajo real de la evangelización.
Y aquí aparece otra contradicción central. El documento promete que no se trata de añadir nuevas cargas a la vida de las comunidades. Pero al mismo tiempo afirma:
“Es esencial, en cambio, que las personas elegidas estén dispuestas a apoyar el proceso incluso más allá de 2028, contribuyendo a garantizar su continuidad.”
Esto no es una tarea ligera. Es una estructura paralela. Es una nueva burocracia pastoral con pretensión de permanencia. Un trabajo casi a tiempo completo para quienes, en lugar de dedicarse a catequizar, confesar, formar, predicar, visitar enfermos, acompañar matrimonios, enseñar la fe o sostener apostolados concretos, deberán ahora “garantizar la continuidad” de un proceso que nunca termina.
El lenguaje del documento tampoco ayuda. Al contrario: oscurece. ¿Qué significa, en la vida concreta de la Iglesia, un “informe prospectivo”? ¿Qué significa que en octubre de 2028 “el camino recorrido se reconducirá a la unidad y se entregará al discernimiento de toda la Iglesia”? ¿Quién discierne? ¿Con qué autoridad? ¿Sobre qué materias? ¿Con qué consecuencias? ¿Qué vínculo tendrá todo esto con el ministerio episcopal? ¿Qué peso tendrá frente al Papa? ¿Qué lugar ocupará frente al Sínodo de los Obispos, que sí tiene historia, identidad y marco institucional?
¿Dónde están los frutos?
Vatican News recoge que el documento pretende no repetir la consulta del Sínodo ni añadir tareas adicionales, sino releer lo vivido, reconocer frutos y dificultades, y compartir experiencias en una lógica de “intercambio de dones” entre Iglesias. También informa que los materiales deberán ser enviados a la Secretaría General del Sínodo: hasta el 30 de junio de 2027 para la etapa diocesana, hasta el 31 de diciembre de 2027 para las Conferencias Episcopales y hasta el 30 de abril de 2028 para la etapa continental.
Pero la experiencia de estos años permite ser escépticos. Muy escépticos.
Porque este Camino Sinodal no ha mostrado capacidad real de revitalizar a las Iglesias en crisis. En muchos países europeos, donde la práctica sacramental se derrumba, las vocaciones escasean y la transmisión de la fe se ha roto, el lenguaje sinodal no ha detenido la hemorragia.
Tampoco parece tener mucho que aportar allí donde la Iglesia sí está creciendo: en África, en muchas zonas de Asia, o incluso en Estados Unidos, donde se percibe un número importante de conversiones, especialmente entre jóvenes que no están buscando una Iglesia más líquida, más procedimental o más parecida a una ONG deliberativa, sino una Iglesia más clara, más santa, más sacramental y más exigente.
Allí donde la Iglesia agoniza, este proceso no la resucita. Allí donde la Iglesia crece, este proceso estorba.
Y más estorbará en la medida en que pretende ser férreamente regimentado. Según la información publicada hoy, los trabajos tendrán como base el Documento Final de la Asamblea Sinodal de octubre de 2024, las llamadas “pistas” para la fase de implementación publicadas en 2025, y nuevos materiales que la Secretaría General irá ofreciendo progresivamente para guiar el proceso.
El texto lo dice claramente:
“La Secretaría General del Sínodo pondrá además a disposición ulteriores materiales de trabajo adicionales y organizará encuentros formativos en línea para apoyar a los responsables del proceso en las iglesias locales.”
Es decir, no basta con haber terminado una asamblea. No basta con haber publicado un Documento Final. No basta con haber abierto una fase de implementación. Ahora vendrán más documentos, más materiales, más encuentros formativos, más guías, más responsables, más supervisión. Todo para asegurar que el “proceso” siga avanzando. No necesariamente la evangelización. No necesariamente la conversión. No necesariamente la santidad. El proceso.
Todos saben lo que no es
El cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo, ha insistido en que lo propuesto no es una carga adicional, sino un tiempo de discernimiento compartido y acción de gracias, y que las asambleas no deben entenderse como una consulta sociológica ni como un proceso deliberativo, sino como una experiencia eclesial y espiritual de discernimiento.
Pero aquí conviene decirlo con franqueza: cuando una estructura convoca reuniones sucesivas en todos los niveles de la Iglesia, exige documentos, informes, cartas, responsables locales, materiales de trabajo, encuentros formativos y continuidad más allá de 2028, eso sí es una carga adicional. Se le puede llamar “discernimiento”, “escucha” o “intercambio de dones”. Pero en la vida real de las parroquias, de las diócesis y de los fieles comprometidos, se traduce en tiempo, recursos, energía y atención.
Y el tiempo de los fieles no es material descartable para experimentos eclesiales de laboratorio.
La hora de los fieles de decir no
Por eso coincido con el creciente número de sacerdotes, obispos y laicos que ven este proceso como una pérdida de tiempo. No porque se opongan a la comunión. No porque rechacen la “escucha”. No porque teman “caminar juntos”. Sino porque entienden que la Iglesia ya tiene caminos naturales, probados y santos para anunciar y hacer crecer el Reino: la predicación clara del Evangelio, la celebración digna de los sacramentos, la catequesis sólida, la formación doctrinal, la vida de oración, la dirección espiritual, la caridad concreta, la educación católica, la familia cristiana, la vida consagrada, la misión ad gentes, la adoración eucarística, la devoción mariana, la confesión frecuente y la santidad ordinaria.
Eso ha convertido al mundo. No los “informes prospectivos”.
Los obispos, con la pistola sinodal en la cabeza, se verán obligados a una gran puesta en escena. Un Kabuki eclesial. Los organizadores podrán cantar victoria porque habrá asambleas, documentos, fotos, comunicados, frases solemnes y una gran celebración en Roma en octubre de 2028.
Pero para los católicos de a pie, para los sacerdotes que conocen a su pueblo, para los obispos que no han olvidado que su primera responsabilidad es custodiar la fe recibida de los apóstoles, todo esto corre el riesgo de convertirse en una maquinaria de conclusiones ya insinuadas, lenguaje inflado y frutos pastorales prácticamente inexistentes.
Los católicos libres —los que no le debemos obediencia a cada experimento administrativo cuando no está en juego una verdad esencial de la fe— tenemos derecho a decir basta. El Camino Sinodal no es un dogma. No es un sacramento. No es el Credo. No es la Tradición apostólica. No es la liturgia. No es la misión esencial de la Iglesia. Es un proceso pastoral contingente, discutible, evaluable y criticable.
Y si no sirve, hay que decirlo.
No tiene sentido seguir gastando años, dinero, energía eclesial y paciencia de los fieles en un proceso que parece más interesado en perpetuarse que en producir frutos visibles de conversión. La Iglesia no necesita más “camino” hacia una sinodalidad indefinida. Necesita volver a caminar hacia Cristo, con claridad doctrinal, valentía apostólica y confianza en los medios que el Señor mismo entregó a su Iglesia.
Mientras tanto, la mayoría del pueblo fiel seguirá haciendo lo que la Iglesia siempre ha hecho cuando quiere vivir y no simplemente administrarse: evangelizar, formar, rezar, enseñar, confesar, adorar, servir y construir apostolados concretos.
El resto puede seguir escribiendo informes.



