El Camino Sinodal abre otro frente innecesario
Dos nuevos “informes” de “Grupos de Estudio” demuestran que, para la unidad de la Iglesia, este proceso no es solo inútil, sino peligroso
Crédito: James Estrin/The New York Times
El 5 de mayo de 2026 la Secretaría General del Sínodo publicó los informes finales de los Grupos de Estudio 7 y 9: uno sobre “criterios para seleccionar candidatos al episcopado”, y otro sobre “criterios teológicos y metodologías sinodales para discernir cuestiones doctrinales, pastorales y éticas emergentes”. Y estos documentos abren frentes de controversia absolutamente innecesarios.
Antes de comentar lo que estos grupos han concluido, conviene recordar por qué existen.
El torcido “camino sinodal”
El Camino Sinodal comenzó como un inmenso popurrí de temas, la mayoría de ellos altamente controversiales. El Vaticano quería discutir sobre “una nueva forma de ser Iglesia”, quería convertir a la Iglesia en “una Iglesia sinodal”, pero nunca explicó con suficiente claridad qué significaba eso en términos concretos. Y cuando abrió la discusión a literalmente todo el mundo —a las entonces famosas “periferias”, fueran practicantes o no, católicos o no— terminó recibiendo una gigantesca bolsa de reclamos, frustraciones, ideologías, agendas y temas polémicos: sacerdocio femenino, moral sexual, homosexualidad, revisión del derecho canónico, autoridad episcopal, democracia interna, poder, participación, y un largo etcétera.
Ese paquete enorme y absurdo no solo incrementó el escepticismo de una gran mayoría de católicos respecto del Camino Sinodal. También convirtió la primera sesión del Sínodo de 2023 —que cubrí personalmente en su integridad— en una discusión bastante estéril. Hubo mucha propaganda sobre un evento “sin precedentes”, muchas palabras grandes, muchas promesas, muchas supuestas esperanzas, pero casi todo formulado en un lenguaje tan vago que resultaba imposible traducirlo en la vida diaria de los católicos.
Vista la realidad, para la segunda fase del Camino Sinodal la Secretaría del Sínodo decidió evitar que todos esos temas explosivos volvieran a dominar el aula sinodal. ¿Cómo lo hizo? Sacándolos del centro de la discusión y trasladándolos a “Grupos de Estudio”.
Los “grupos de estudio”
Estos grupos tuvieron dos funciones. La primera fue desplazar los temas más controvertidos —sacerdocio femenino, revisión del Código de Derecho Canónico, cambios en la doctrina sexual de la Iglesia, aceptación de “uniones” homosexuales, elección de obispos y demás— fuera del proceso sinodal principal, que debía llegar, sí o sí, a la proclamación de una supuesta “nueva forma de ser Iglesia”.
La segunda fue arrojarles un hueso suficientemente grande a quienes estaban mucho más interesados en empujar esas agendas que en hablar de evangelización, conversión, sacramentos o santidad. Para eso se crearon comisiones con una representación significativa —y arbitraria— de personas interesadas en esos temas. Así surgieron los “grupos de estudio”
Lo primero que hizo el grupo dedicado a los “temas controvertidos” fue cambiarles el nombre: ya no serían “temas controvertidos”, sino “temas emergentes”.
Es decir, otra vez el relativismo verbal. Otra vez el juego de palabras y la vieja táctica de cambiar el nombre de una cosa para cambiar, de contrabando, la manera en que debe ser juzgada.
La herencia del camino sinodal
Como consecuencia de esta maniobra, hemos terminado con dos monstruos paralelos.
Por un lado, nos quedamos con un Camino Sinodal hiperinflado, burocrático y autorreferencial, que ahora pretende culminar —según la ruta ya propuesta por la Secretaría del Sínodo— en una gran “Asamblea eclesial” en Roma en los próximos años. Nadie sabe con precisión qué significa esa asamblea, cuál será su autoridad real, qué peso tendrán sus conclusiones ni cómo será compatible con la naturaleza jerárquica y apostólica de la Iglesia, establecida por Jesucristo y no por consultores pastorales.
Por otro lado, hemos heredado unos “grupos de trabajo” que no representan a nadie, que no responden claramente a ninguna estructura ordinaria de la Iglesia y que publican informes sin que quede claro para quién son. ¿Son informes para el Papa? ¿Para los dicasterios? ¿Para el “Pueblo de Dios”? ¿Para que cualquier católico pueda opinar, discutir y oponerse? Nadie lo sabe. Simplemente aparecen publicados, como si la publicación misma les otorgara una autoridad que nadie ha explicado.
Autoridades sin control
Los dos informes publicados esta semana muestran no solo lo inútil, sino también lo peligroso de estos grupos. Es verdad que casi nadie les presta atención en la Iglesia real. Pero ese es precisamente el problema: en la Iglesia contemporánea, la burocracia muchas veces no necesita convencer al pueblo fiel. Le basta con producir documentos, repetir fórmulas, ocupar espacios, instalar lenguaje y esperar el momento oportuno para convertir una propuesta marginal en una práctica establecida.
El primer informe, sobre la selección de los obispos, es simplemente descabellado. Propone, con muchas cláusulas de salvaguarda y mucho lenguaje cuidadosamente amortiguado, transformar la forma de elegir obispos en un proceso cada vez más parecido a una consulta democrática.
La pretensión es clara: introducir una transformación estructural en la selección de los sucesores de los Apóstoles mediante una mecánica tomada del mundo secular. Ya no se trata simplemente de que el Nuncio apostólico consulte prudentemente, informe a Roma y ayude al Papa —como Sucesor de Pedro— a elegir a quienes serán sucesores de los Apóstoles. Ahora se propone una participación ampliada del “Pueblo de Dios”, canalizada por consejos, comités, consultas y estructuras locales.
Por supuesto, el informe no dice crudamente: “democraticemos la elección de obispos”. Sería demasiado evidente. Pero la dirección es inequívoca.
Y aquí está el problema doctrinal de fondo: el obispo no es, como pretende el “grupo de trabajo”, un delegado de los fieles. No es el representante electoral de una base eclesial ni el producto de una negociación entre grupos, sensibilidades, asociaciones, élites pastorales o minorías ruidosas. El obispo es vicario de Cristo en su Iglesia particular. Es sucesor de los Apóstoles. Recibe una misión que viene de Cristo por medio de la Iglesia, no de una asamblea local ni de una encuesta pastoral.
La Iglesia puede, ciertamente, escuchar y consultar para evitar nombramientos torpes, ideológicos o desconectados de la realidad de una diócesis. Todo eso es sensato. Pero una cosa es la consulta prudencial y otra muy distinta es convertir la selección de obispos en un proceso de presión, lobby, representación y cálculo interno.
Basta mirar el estado calamitoso de nuestras democracias modernas, marcadas por acrimonia, polarización, campañas de desprestigio, facciones organizadas y manipulación de opinión. ¿De verdad alguien cree que traer esa lógica al corazón de la Iglesia va a producir mejores obispos?
Lo que este informe propone, aunque lo disfrace con lenguaje piadoso, es una erosión gravísima de la estructura jerárquica de la Iglesia. Y es una vergüenza que la Secretaría General del Sínodo publique un documento así como si fuera una contribución seria a la vida eclesial.
La campaña pro-gay de un jesuita
El segundo informe, sobre los llamados “temas emergentes”, es todavía más revelador. En la práctica, parece una pieza de relaciones públicas para la campaña que desde hace años lidera el sacerdote jesuita norteamericano James Martin: cambiar la manera en que la Iglesia habla, piensa y eventualmente enseña sobre temas esenciales de antropología cristiana, moral sexual, homosexualidad y matrimonio.
El informe incluye testimonios de católicos homosexuales en uniones civiles con personas del mismo sexo. Y no por casualidad el padre Martin celebró inmediatamente la publicación como “un paso significativo en la relación de la Iglesia con la comunidad LGBTQ”.
Pero como ha señalado la periodista Diane Montagna, hay un detalle que ni el Vaticano ni el padre Martin han destacado: uno de esos testimonios ha sido escrito por el mismo hombre que apareció en un artículo del New York Times de 2023 recibiendo una bendición, junto a su pareja del mismo sexo, de manos del propio padre Martin, apenas un día después de la publicación de Fiducia Supplicans.
Si esto es así, entonces no estamos ante un discernimiento amplio, sereno y representativo del Pueblo de Dios. Estamos ante algo mucho más parecido a una operación de propaganda intraeclesial: un informe vaticano que termina amplificando la narrativa de un lobby teológico y pastoral muy concreto.
La urgente intervención del Papa
Y este es el punto decisivo: los testimonios humanos pueden y deben ser escuchados con caridad. Nadie está dispensado de mirar con respeto a toda persona que sufre, busca a Dios o se siente herida por la Iglesia. Pero la doctrina católica no se decide por testimonio emocional, por presión mediática ni por selección estratégica de casos. La Iglesia no puede sustituir la Revelación por narrativas personales, ni la ley natural por categorías identitarias, ni la conversión por la validación sentimental de cualquier deseo.
La compasión cristiana jamás puede convertirse en coartada para desmantelar la verdad.
El Papa León XIV, desde el comienzo de su pontificado, ha querido restablecer la paz dentro de la Iglesia. Después de los numerosos conflictos heredados de su predecesor, ese deseo es noble, necesario y profundamente pastoral.
Pero hay nudos en la Iglesia que no se resuelven por consenso. Hay momentos en que el Papa no puede limitarse a acompañar procesos, escuchar informes o permitir que la burocracia sinodal siga produciendo documentos ambiguos. Hay momentos en que Pedro debe confirmar a sus hermanos en la fe.
Y este es uno de esos momentos.
Porque hasta ahora, el Camino Sinodal ha sido un desastre para la Iglesia y para los fieles. Ha generado confusión donde hacía falta claridad. Ha creado expectativas falsas donde hacía falta conversión. Ha dado oxígeno a agendas ideológicas donde hacía falta fidelidad. Ha multiplicado estructuras donde hacía falta evangelización.
Y ahora, con estos nuevos informes, vuelve a demostrar que el problema no fue un exceso accidental del proceso. El problema es el proceso mismo: una maquinaria burocrática, autorreferencial y peligrosa, que sigue produciendo documentos como si la Iglesia necesitara reinventarse, cuando lo que necesita es volver con humildad, valentía y claridad a lo que recibió de Cristo.



