El "Americano" que amó América Latina va camino a los altares
John Rick Miller, el empresario estadounidense que volvió a la fe para evangelizar nuestros países podrá ser declarado beato
John Rick Miller
Con el Papa León realizando un viaje histórico y conmovedor en España, es posible que se escapen otros eventos católicos que contienen en su interior una historia extraordinaria.
Reunidos este miércoles 10 de junio en Orlando, Florida, los obispos de Estados Unidos expresaron mediante una votación oral su respaldo al avance, en el ámbito diocesano, de la causa de beatificación y canonización del Siervo de Dios John Rick Miller.
Hagamos una precisión: los obispos no han declarado todavía la heroicidad de sus virtudes; pero han dado su opinión favorable para que la causa pueda avanzar en su etapa diocesana, bajo la responsabilidad de la Arquidiócesis de Miami.
Será necesario investigar rigurosamente la vida, escritos -que son numerosos-, sus virtudes, su fama de santidad y los posibles favores atribuidos a su intercesión.
Pero el solo hecho de que la Iglesia norteamericana haya decidido examinar seriamente su vida merece nuestra atención. Y la merece de manera especial en América Latina, porque fue en nuestros países donde este empresario estadounidense, convertido en misionero laico, desarrolló una parte fundamental de su apostolado.
No fue sacerdote ni religioso
John Rick Miller no fue sacerdote, religioso, teólogo profesional ni empleado de alguna estructura eclesiástica.
Fue esposo, padre de familia y empresario. Un hombre que conoció el mundo corporativo, ocupó cargos de responsabilidad, vivió en diferentes países y alcanzó el éxito profesional antes de consagrar sus talentos, relaciones y recursos a la evangelización.
John nació el 10 de julio de 1948 en Nueva York, dentro de una familia católica de origen francocanadiense. Entre sus antepasados se encontraban dos santos canadienses: santa Margarita de Youville, fundadora de las Hermanas de la Caridad de Montreal, y san André Bessette, el humilde hermano de la Congregación de la Santa Cruz conocido por la profunda devoción a san José que lo llevó a fundar el santuario más grande del mundo dedicado al Padre adoptivo de Jesús.
De niño, John recibió de sus abuelos paternos un intenso sentido de la presencia de Dios. Sin embargo, como les sucedió a tantos católicos norteamericanos de su generación, durante sus años universitarios fue abandonando progresivamente la oración hasta alejarse por completo de la práctica de la fe.
Después de estudiar administración hotelera, desarrolló una exitosa carrera empresarial en varias corporaciones internacionales. En 1984 contrajo matrimonio con Noella Bidoor Samson y dos años después nacieron sus hijos gemelos, Alexandra y Jonathan.
Una conversión y el regreso
John tenía todo: dinero, respeto, esposa, hijos, fama. Pero en 1988, después de años de alejamiento, Miller realizó una peregrinación a un santuario mariano. Allí experimentó un profundo encuentro personal con Dios que produjo su regreso a la Iglesia.
Muchas historias de conversión terminan allí: una emoción religiosa, una reconciliación sacramental, quizá una práctica más frecuente de la oración. En el caso de John Rick Miller, el retorno a su fe fue solamente el comienzo.
Un año después comenzó a establecer cenáculos de oración en distintos países. Entre 1993 y 1997 trabajó como catequista en El Cairo, Egipto. En 1998 abandonó finalmente sus actividades empresariales y, junto con el padre Fred De L’Orme, fundó el Apostolado de San José, una organización dedicada a fortalecer a la familia bajo el patrocinio de san José y santa Mónica.
En 2001 fundó también la Cofradía de Nuestra Señora en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de Willesden, en Londres. Sus miembros asumieron el compromiso de rezar diariamente por la protección y la conversión de la ciudad.
A medida que iba utilizando su mente empresarial para expandir apostolados, Miller se convenció que, como laico, esposo y padre, era llamado a una dedicación absoluta al apostolado.
América Latina, tierra de su misión
En 2007, Miller comenzó a colaborar con los padres palotinos en la construcción de santuarios marianos en el sur de la India. Pero ese mismo año se produjo el encuentro que orientaría decisivamente los últimos años de su vida: su llegada a Colombia.
Allí se reunió con el entonces presidente Álvaro Uribe para conversar sobre las profundas dificultades que atravesaba el país. Miller propuso la consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María no como una fórmula mágica ni como un sustituto de las responsabilidades políticas, sino como un llamado público a la conversión y al reconocimiento de la soberanía de Dios.
El 12 de octubre de 2008, Colombia renovó su consagración al Sagrado Corazón de Jesús y fue consagrada por primera vez al Inmaculado Corazón de María.
Aquella experiencia hizo comprender a Miller que Colombia no era un caso aislado, sino el comienzo de una misión mucho mayor.
Fue invitado después a Venezuela, Panamá, México, Ecuador, Costa Rica y otros países del continente. Promovió cenáculos de oración, la adoración perpetua al Santísimo Sacramento, la consagración personal y familiar y la consagración de ciudades, diócesis, instituciones y países a los Corazones de Jesús y María.
En 2009 fundó la misión “Por el Amor de Dios en Todo el Mundo”, una asociación católica laical destinada a despertar nuevamente la conciencia de la presencia de Dios mediante la oración, la conversión y la consagración.
La misión tiene presencia en 21 países, con una implantación especialmente vigorosa en América Central y América del Sur. En 2011, la Conferencia Episcopal Ecuatoriana la reconoció oficialmente como asociación privada de fieles.
Representantes de Colombia, Venezuela, Panamá, Perú, Ecuador, México, Nicaragua, Costa Rica y otros países participaron en sus congresos internacionales. Miller comprendió algo que no siempre comprenden quienes observan América Latina desde el norte: nuestros pueblos no necesitan solamente programas sociales, asesorías técnicas o transferencia de dinero. Necesitan volver a Jesucristo.
Miller no miró a América Latina como un territorio atrasado que debía ser administrado por especialistas extranjeros. La vio como una tierra católica cuya fe podía ser reavivada y cuya fidelidad podía tener consecuencias para toda la Iglesia.
La importancia de volver a lo esencial
En una época en la que buena parte de la actividad eclesial parece avergonzarse del lenguaje sobrenatural, John Rick Miller no tuvo miedo de recordar que el problema fundamental del hombre sigue siendo su separación de Dios.
Para este apóstol laico la consagración de una ciudad o de una nación no reemplaza la conversión personal, la justicia, el respeto por la vida, la defensa de la familia o el cumplimiento responsable de las obligaciones políticas.
Pero Miller comprendía que tampoco existe una reconstrucción social duradera sin una reconstrucción moral y espiritual. Las instituciones no pueden salvar a una sociedad cuyos miembros han perdido la noción del bien, del pecado, de la responsabilidad y de la trascendencia.
Consagrarse significa reconocer que no nos pertenecemos totalmente; que la familia, la ciudad y la nación no son realidades autónomas respecto de Dios; y que la libertad humana solamente encuentra su plenitud cuando se ordena a la verdad y al bien.
Es un mensaje sencillo, pero radicalmente contracultural.
Un verdadero apóstol laico
Durante décadas hemos escuchado hablar de la “hora de los laicos”. Sin embargo, demasiadas veces esa expresión ha terminado reducida a la incorporación de más personas a consejos, comisiones y estructuras administrativas de la Iglesia. Y no han faltado las autoridades eclesiales abiertamente hostiles a los apostolados laicales.
John Rick Miller representa el futuro del apostolado laical: No buscó clericalizarse ni reclamar una “cuota” de poder eclesiástico. Más bien, utilizó las capacidades propias de su vida laical —su experiencia empresarial, sus contactos internacionales, su facilidad para organizar, viajar, persuadir y convocar— para llevar a otros a Cristo.
Miller entró en contacto con presidentes, alcaldes, empresarios, militares, policías, educadores y familias. No ocultó su fe para resultar aceptable. Precisamente porque hablaba con claridad de Dios fue escuchado.
La última misión
A finales de 2012 le fue diagnosticado cáncer de esófago. La enfermedad redujo su capacidad para viajar, pero no apagó su celo apostólico.
En septiembre de 2013, ya enfermo, consiguió participar en el cuarto congreso internacional de la misión, celebrado en Quito. En febrero de 2014 realizó su último viaje misionero a México, donde recibió un homenaje de autoridades eclesiásticas por su labor evangelizadora, su amor a la Virgen y su testimonio de conversión.
John Rick Miller murió el 30 de mayo de 2015 en Delray Beach, Florida, a los 66 años.
Sus exequias fueron celebradas en la Catedral de Santa María de Miami y presididas por el Arzobispo Thomas Wenski. Sus restos descansan actualmente bajo la explanada exterior de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Doral, Florida, lugar que ha comenzado a recibir la visita de fieles y peregrinos.
Once años después de su muerte, la Iglesia norteamericana ha dado un paso importante para investigar formalmente si aquel empresario, esposo, padre y misionero vivió las virtudes cristianas en grado heroico.
La Iglesia deberá examinarlo todo con libertad y rigor. Pero por ahora, podemos reconocer que la vida de John Rick Miller plantea una pregunta importante:
¿Qué sucedería si los empresarios católicos, los profesionales, los comunicadores y los dirigentes políticos tomaran su bautismo tan seriamente como él?
¿Qué sucedería si los laicos dejaran de concebir su fe como una actividad privada para los domingos y comenzaran a utilizar su preparación, su influencia y sus relaciones al servicio de la evangelización?
Porque el problema del laicado católico, especialmente en América Latina, no es que le falten posiciones dentro de la Iglesia. Es que con frecuencia le falta conciencia de su misión en el mundo. John Rick Miller parece haber comprendido esa misión. Regresó a la fe, puso sus talentos al servicio de Dios y dedicó los últimos años de su vida a llamar a pueblos enteros a la conversión.
Ahora la Iglesia comienza a preguntarse si aquel extraordinario misionero laico debe ser propuesto algún día como modelo para todos los fieles. La respuesta tardará años... pero la pregunta, sin embargo, ya constituye una gracia.



