"Dejen al Papa ser Papa"
Un historiador católico responde a los intentos de encajar a León XIV en el formato ideológico de moda
Desde el momento mismo de su elección, el Papa León XIV ha sido objeto de una intensa disputa interpretativa. Analistas, comentaristas y medios de comunicación han intentado apresuradamente “explicar” quién es el nuevo Pontífice. El problema -como advierte el biógrafo de San Juan Pablo II y teólogo George Weigel- es que muchos de esos esfuerzos no buscan comprender al Papa, sino encajarlo en categorías ideológicas o eclesiales previamente definidas.
Respondiendo a prejuicios…
En una reciente columna de opinión, Weigel denuncia con claridad esta dinámica y desmonta uno de sus ejemplos más visibles: un artículo publicado por The New Yorker, firmado por el sociólogo de la universidad jesuita de Georgetown Paul Elie, titulado The Making of the First American Pope («La creación del primer Papa estadounidense»). Según Weigel, el pretensioso ensayo de Elie no solo incurre en errores factuales graves, sino que responde a una lógica ya conocida: advertir contra un supuesto “peligro conservador” proyectando intenciones y etiquetas que no se sostienen en los hechos.
El núcleo de la crítica de Weigel es doble. Por un lado, desmonta la caricatura de “catolicismo conservador” que Elie aplica a su libro “El próximo Papa: El Ministerio de Pedro y una Iglesia en Misión”. Con ironía precisa, plantea una pregunta incómoda: ¿desde cuándo es “conservador” pedir una Iglesia centrada en la Nueva Evangelización, en el humanismo cristiano, en la recepción profunda del Concilio Vaticano II, en la reforma de seminarios, en la corresponsabilidad de los laicos y en una Curia verdaderamente renovada?
… y a mentiras
Por otro lado -y aquí el punto es más grave- Weigel expone una falta elemental de ética periodística de Elie. El artículo de The New Yorker atribuye al cardenal y arzobispo emérito de Nueva York Timothy Dolan una supuesta “maniobra conservadora” inexistente supuestamente desplegada para influir en un futuro cónclave, cuando la supuesta “maniobra” -en realidad, el envío del libro de Weigel a obispos y cardenales- fue realizada por la editorial Ignatius Press -editora de la última obra de Weigel-, con una simple nota de recomendación. Nada clandestino. Nada conspirativo. Algo que Elie no verificó. Y con ello el viejo prestigio del New Yorker -hasta hace poco famoso por tener el proceso más riguroso de verificación de datos-, parece haber quedado atrás.
Un burro puede soplar una flauta
Con todo, Weigel reconoce que Elie acierta parcialmente al describir al Papa León como un hombre sencillo, humilde y ajeno al escándalo. Sin embargo, introduce dos correcciones decisivas que apuntan al corazón del asunto.
La primera es fundamental: el Papa León XIV ha sido inequívoco desde su primera aparición pública. Su mensaje no es él mismo, sino Jesucristo. No un proyecto personal, no una identidad nacional, no una agenda cultural. Cristo. Reducir su pontificado a un perfil psicológico, sociológico o geopolítico es ignorar deliberadamente que estamos ante un hombre de oración, un evangelizador, un pastor que quiere que el mundo conozca al Señor que ama y sirve.
Un Papa universal
La segunda corrección desmonta la obsesión mediática con su pasaporte. Durante el interregno de 2025, explica Weigel, el entonces cardenal Robert Prevost no fue percibido principalmente como “el estadounidense”. Los cardenales latinoamericanos lo consideraban uno de los suyos tras décadas de servicio en el Perú; otros lo veían como una figura de la Iglesia universal, con experiencia global -como superior general de una congregación internacional como la de los Agustinos- y mirada católica en el sentido más pleno del término. Solo los comentaristas ajenos a la vida de la Iglesia -como Elie- estaban interesados en si el Pontífice era de Chicago o fan de los White Sox.
El cierre de Weigel es una advertencia necesaria y oportuna. Desde el día de su elección, diversos actores han intentado manipular la figura del Papa León XIV para hacerla funcional a sus propias batallas internas dentro del catolicismo. Ya basta. Instrumentalizar al Papa no le sirve ni a él ni a la Iglesia. El Santo Padre tiene una tarea inmensa por delante, y no necesita ser convertido en bandera, coartada o arma arrojadiza.
Quizá la lección más sensata sea la más simple -aunque la más difícil para muchos: dejar que el Papa sea Papa, y permitir que se defina no por las categorías de sus intérpretes, sino por aquello que él mismo ha señalado con total claridad desde el inicio de su pontificado: Jesucristo, centro de la Iglesia y respuesta última a la pregunta que representa cada vida humana.
Aquí el artículo completo, traducido por mí y publicado con permiso del autor.
Verificando los datos de The New Yorker
Por George Weigel
¿Cómo puede considerarse «conservador» instar al Obispo de Roma a que mantenga a 1.400 millones de hombres y mujeres centrados en la persona de Jesucristo como el Hijo de Dios encarnado?
En otros tiempos, cuando The New Yorker marcaba la pauta de la elegancia literaria entre las revistas estadounidenses de prestigio, los escritores se volvían locos con la meticulosa verificación de datos característica de los perspicaces editores de la revista. Pero el viejo New Yorker ya no es lo que era.
Una prueba de ello se encuentra en el reciente y extenso artículo de Paul Elie, «The Making of an American Pope», que incluía esta frase sobre los últimos años del pontificado del Papa Francisco:
El comentarista George Weigel escribió un breve libro que describía las cualidades que los conservadores deseaban en el próximo Papa, y en 2020, el Cardenal Timothy Dolan, Arzobispo de Nueva York, se encargó de enviar ejemplares a todos los cardenales que se esperaba que votaran en el próximo cónclave.
Con disculpas a Elizabeth Barrett Browning [NOTA: Una poetisa inglesa con la que Weigel ace un juego de palabras que funciona solo en inglés] : ¿Cómo te corrijo? Permítanme enumerar las maneras:
1) ¿Cómo un libro [NOTA: el de George Weigel criticado por Elie] que insta al Papa a reconocer la Nueva Evangelización como la «gran estrategia» de la Iglesia para el siglo XXI puede considerarse catolicismo «conservador», en lugar de catolicismo tradicional y vivo?
2) Del mismo modo, ¿cómo la advertencia sobre los «conservadores» católicos y sus supuestos anhelos refleja adecuadamente el contenido de un libro que insta al papado a promover el humanismo cristiano, profundizar en la asimilación de la enseñanza del Concilio Vaticano II por parte de la Iglesia, ampliar las consultas para la selección de obispos, intensificar la reforma de los seminarios, empoderar a los laicos para que sean discípulos misioneros, emprender una reforma integral de la Curia Romana y profundizar en la teología del diálogo ecuménico e interreligioso?
3) ¿Cómo es “conservador” instar al Obispo de Roma a que mantenga a 1.400 millones de hombres y mujeres centrados en la persona de Jesucristo como el Hijo de Dios encarnado y la respuesta a la pregunta que representa cada vida humana?
4) En cuanto a la verificación de los hechos: Si Paul Elie o sus editores se hubieran molestado en contactarme, al Cardenal Dolan o a Mark Brumley, presidente de Ignatius Press, habrían sabido que mi libro, The Next Pope: The Office of Peter and a Church in Mission, fue enviado a los miembros del Colegio Cardenalicio por Ignatius Press; que el Cardenal Dolan no inició esa iniciativa; y que el cardenal simplemente proporcionó una nota de presentación sugiriendo que el libro valía la pena leerlo. Pero no, solo cabe suponer que las tergiversaciones sobre esta iniciativa, inventadas por los contactos católicos progresistas del Sr. Elie, que ya han sido corregidas en más de una ocasión, quedaron sin examinar. ¿Para qué molestarse en verificar los hechos si estos, de ser comprobados, podrían interponerse en el camino de una buena advertencia o de un ataque a un destacado eclesiástico estadounidense?
Además de muchos otros problemas en el artículo del Sr. Elie, incluyendo las habituales y tediosas descalificaciones de Juan Pablo II y Benedicto XVI como rigoristas y autoritarios; el autor también parece bastante ignorante de la atmósfera febril del Vaticano durante los últimos años del Papa Francisco. Sin embargo, no puedo discrepar mucho de la conclusión de Elie: que la “misión” del Papa León podría ser la de ser “un estadounidense en una posición de gran poder que es decente y humilde: un Papa sin escándalos cuya misma sencillez es su mensaje”.
Excepto para ofrecer dos correcciones más.
Primero, el Papa León ha dejado claro desde la noche en que salió al balcón central de la Basílica de San Pedro que su “mensaje” es Jesucristo, no él mismo. La descripción que hace Elie de la carrera pre-papal de León contiene información interesante (así como algunas desafortunadas distorsiones sobre movimientos y personalidades católicas en América Latina), pero tiende a omitir algo crucial: que el Papa es un hombre de Dios, un hombre de oración y un evangelizador que quiere que el mundo conozca al Señor que ama y sirve. En segundo lugar, para quienes estábamos en Roma durante el interregno papal de 2025, quedó claro que el cardenal Robert Prevost no era considerado principalmente como “un estadounidense”, pues de haber sido así, su elección habría sido muy improbable. Los cardenales electores latinoamericanos lo consideraban uno de los suyos, dados sus muchos años en Perú; otros lo veían como una figura destacada en la Iglesia universal, con amplia experiencia internacional. Nadie se fijaba en el hecho de que fuera aficionado de los White Sox, originario de los suburbios del sur de Chicago.
Diversos escritores y comentaristas (y, por supuesto, clérigos) han estado manipulando la figura del Papa León desde el día de su elección, y la dirección de esta manipulación está dictada por la posición de cada uno en los debates que se libran en el seno del catolicismo sobre su identidad y misión. Ya basta. El Santo Padre tiene una tarea muy difícil, y quienes intentan instrumentalizarlo para cualquier partido o agenda particular no le hacen ningún favor ni a él ni a la Iglesia.



