Hay errores de los pastores de la Iglesia que pueden explicarse por una falta de información, por un juicio prudencial equivocado o, incluso, por el deseo sincero, aunque desacertado, de alcanzar un bien mayor. Pero hay decisiones tan reiteradas, tan obstinadas y tan escandalosamente contradictorias con la misión de un obispo que llega un momento en que resulta muy difícil seguir concediéndoles el beneficio de la duda.
El caso del cardenal Blase Cupich, arzobispo de Chicago, parece haber llegado a ese punto.
Cupich ha decidido otorgar el premio Nostra Aetate de la Arquidiócesis de Chicago al multimillonario Michael Sacks, prominente miembro de la comunidad judía de la ciudad y generoso financiador de organizaciones que promueven el aborto, entre ellas Planned Parenthood. La entrega está prevista para el próximo 29 de octubre, nada menos que durante una cena destinada a recaudar fondos para la formación de los futuros sacerdotes de la arquidiócesis.
Como contexto, la fundación familiar de Sacks ha donado 500.000 dólares a Planned Parenthood de Illinois entre 2020 y 2022. A ello se suma una contribución adicional de 600.000 dólares, reportada en septiembre de este año, a un fondo destinado a fortalecer el acceso al aborto en Illinois, entre cuyos beneficiarios se encuentran Planned Parenthood y el Chicago Abortion Fund. Es decir, estamos hablando de aproximadamente 1,1 millones de dólares en apoyo documentado o reportado a organizaciones e iniciativas favorables al aborto.
No se trata, por tanto, de un personaje que simplemente discrepa de la Iglesia en cuestiones teológicas o de un empresario cuyas opiniones personales sobre el aborto sean desconocidas. Estamos ante alguien que ha destinado cantidades extraordinarias de dinero a sostener y fortalecer la estructura que permite practicar abortos, además de apoyar iniciativas políticas favorables a su expansión.
Y es precisamente a este personaje a quien el cardenal Cupich ha considerado apropiado honrar públicamente en nombre de la Iglesia católica.
Una lección no aprendida
Lo más grave es que Cupich no puede alegar que nunca fue advertido de las consecuencias de una decisión semejante. Hace apenas un año protagonizó un escándalo prácticamente idéntico, del que aparentemente no aprendió absolutamente nada.
El 1 de octubre de 2025 publiqué en estas mismas páginas un artículo titulado Se evitó el escándalo en la Arquidiócesis de Chicago, relatando cómo Cupich había intentado premiar al senador demócrata Dick Durbin, uno de los más persistentes defensores políticos del aborto en Estados Unidos, con un reconocimiento arquidiocesano a su trayectoria.
Numerosos obispos, encabezados por monseñor Thomas Paprocki, obispo de Springfield, protestaron contra la decisión. Cupich se negó a rectificar. Finalmente, fue el propio Durbin quien decidió renunciar al premio, evitando así un escándalo todavía mayor.
En aquel artículo escribí que resultaba vergonzoso que la decisión de evitar el escándalo hubiera sido tomada por el premiado y no por el premiador. También señalé que Cupich había utilizado el argumento del “diálogo” para justificar lo injustificable: que conceder un premio a Durbin podía ayudar a construir puentes y eventualmente llevarlo a reconsiderar algunas de sus posiciones.
Ahora resulta que el cardenal pretende repetir la misma operación. Esta vez el beneficiario no es un político católico defensor del aborto, sino un multimillonario judío que lo financia. Y la justificación, aunque revestida de un lenguaje teológico diferente, es esencialmente la misma.
“Hay que dialogar”... pero para Cupich dialogar significa premiar.
Una manipulación de Nostra Aetate
En un comunicado oficial publicado el 26 de octubre, Cupich ha intentado justificar su decisión apelando al documento Nostra Aetate del Concilio Vaticano II, que redefinió las relaciones de la Iglesia católica con las religiones no cristianas y, de manera especial, con el judaísmo.
El cardenal recuerda, correctamente, que la relación entre el cristianismo y el judaísmo posee una singularidad que debe ser reconocida y respetada, y que los católicos están llamados a construir relaciones de amistad, respeto y colaboración con los miembros de la comunidad judía. Explica también que el diálogo interreligioso no puede estar condicionado a una plena coincidencia doctrinal.
Hasta allí, ninguna objeción.
Pero a partir de esa premisa absolutamente verdadera, Cupich construye un argumento completamente falaz. Según el cardenal, algunos críticos cuestionarían que una institución católica honre a una persona que no comparte creencias centrales de la Iglesia, comenzando por la divinidad de Jesucristo. Y, para colmo, llega al extremo de advertir que negarse a honrar o relacionarse con judíos por sus diferencias religiosas o políticas podría reproducir patrones históricos de antisemitismo y exclusión.
La insinuación es gravísima y moralmente inaceptable: si no estás de acuerdo con premiar a un abortista, eres un nazi.
Pero ¿quién está cuestionando que Cupich dialogue con los judíos? ¿Quién está exigiendo que los líderes de la comunidad judía acepten la divinidad de Jesucristo para poder recibir el reconocimiento y el respeto de la Iglesia? ¿Quién ha propuesto que los católicos se nieguen a colaborar con los judíos en iniciativas de interés común?
Absolutamente nadie.
La crítica no tiene nada que ver con la identidad religiosa de Michael Sacks. Tiene que ver con su decisión de financiar organizaciones que promueven y facilitan la eliminación de seres humanos inocentes antes de nacer.
Y eso no es una diferencia teológica entre el cristianismo y el judaísmo. La defensa de la vida humana desde la concepción no es una peculiaridad confesional católica, como tampoco lo es la condena del asesinato de los inocentes. Es una exigencia moral que puede ser reconocida mediante la razón natural, con independencia de la religión que se profese.
Existen, además, numerosas organizaciones y personalidades judías que se oponen al aborto precisamente por razones éticas, religiosas o simplemente humanas. ¿Por qué Cupich no eligió a una de ellas? ¿Acaso Chicago carece de líderes judíos cuya generosidad, trayectoria y compromiso con el bien común puedan ser reconocidos sin provocar una contradicción tan evidente con las enseñanzas fundamentales de la Iglesia?
El cardenal tenía innumerables opciones para construir puentes con la comunidad judía. Pero eligió precisamente a un prominente financiador del aborto.
Y cuando se le pide que explique esa elección, responde hablando del antisemitismo y de la necesidad de superar las diferencias doctrinales, como si alguien estuviera cuestionando el verdadero diálogo.
La estrategia es tan burda como ofensiva: responder a una objeción moral concreta atribuyendo a los críticos una motivación religiosa prejuiciosa que no han manifestado.
Nostra Aetate no dice en ninguna parte que el diálogo interreligioso exija premiar a quienes contribuyen económicamente a actividades que la Iglesia considera gravemente inmorales. Tampoco establece que el respeto hacia los miembros de otras religiones obligue a suspender el juicio moral sobre sus acciones públicas.
Todo lo contrario: el auténtico diálogo presupone la capacidad de decir la verdad, incluso cuando esa verdad resulte incómoda.
¿Es posible que un cardenal de la Iglesia, después de más de medio siglo de ministerio sacerdotal, sea incapaz de comprender una distinción tan elemental?
Solo encuentro dos explicaciones posibles para su reiterada conducta: o estamos ante una ignorancia extraordinariamente grave de los principios morales que está obligado a enseñar, o ante una deliberada manipulación de esos principios para justificar decisiones ideológicas previamente tomadas.
No pretendo conocer sus intenciones interiores, que solo Dios puede juzgar. Pero cualquiera de esas dos explicaciones lo descalifican moralmente para ejercer la responsabilidad de guiar espiritualmente una arquidiócesis. Y sus decisiones públicas, por sí solas, ya plantean interrogantes gravísimos sobre su idoneidad pastoral.
Cuando los sucesores de los apóstoles renuncian a enseñar
El problema no se limita al cardenal Cupich. Su caso es particularmente visible por la notoriedad de Chicago y por el carácter casi provocador de sus decisiones, pero no es una excepción. Es más bien el ejemplo emblemático de una enfermedad que afecta a sectores importantes de la jerarquía católica.
En distintas partes del mundo encontramos obispos que parecen haber renunciado a ejercer su misión esencial de maestros de la fe, para convertirse en promotores de agendas ideológicas, preocupados por la aceptación de los poderes políticos, culturales o económicos de turno.
En América Latina conocemos ejemplos semejantes. Pienso particularmente en el cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, arzobispo de Lima, cuya orientación pastoral y determinadas intervenciones públicas considero otro caso escandaloso de subordinación de la claridad doctrinal a prioridades ideológicas.
Naturalmente, no todos estos casos son idénticos, ni sus conductas tienen necesariamente la misma gravedad. Pero responden a una tendencia común: reemplazar progresivamente la misión de anunciar íntegramente la verdad revelada por un discurso que privilegia determinados objetivos sociales, políticos o culturales, mientras relativiza, silencia o evita aquellas enseñanzas de la Iglesia que resultan incómodas para las sensibilidades dominantes.
Y aquí aparece una consecuencia particularmente grave de este abandono.
Muchos obispos se lamentan de la proliferación de lo que suelen llamar «magisterios paralelos»: sacerdotes, comunicadores e incluso simples laicos que, a través de sus prédicas, publicaciones y plataformas digitales, se convierten en referentes doctrinales para decenas de miles de católicos que buscan respuestas claras a sus interrogantes morales y espirituales.
Es verdad que esos magisterios paralelos pueden representar un peligro real. Ningún sacerdote ni laico posee autoridad para sustituir al Magisterio auténtico de la Iglesia, y la popularidad en las redes sociales no confiere autoridad doctrinal.
Pero los obispos que se quejan de este fenómeno deberían hacerse primero una pregunta mucho más incómoda: ¿por qué tantos católicos sienten la necesidad de buscar fuera de sus pastores la claridad doctrinal que tienen derecho a recibir de ellos?
¿Qué esperan que suceda cuando un fiel escucha a su obispo justificar lo que la Iglesia siempre ha condenado? ¿Qué autoridad moral conserva un pastor que parece más interesado en premiar a quienes financian el aborto que en defender públicamente a sus víctimas? ¿Con qué credibilidad puede exigir obediencia doctrinal quien actúa como si la doctrina fuera un obstáculo para sus proyectos personales?
La autoridad episcopal es una realidad sacramental, no un premio a la popularidad ni una concesión de los fieles. Pero precisamente por eso su ejercicio comporta responsabilidades extraordinarias. El obispo no es propietario de la doctrina, ni tiene autoridad para modificarla según sus preferencias. Es su custodio, su maestro y su primer testigo.
Cuando renuncia a esa responsabilidad, no pierde automáticamente su condición episcopal, pero sí destruye su credibilidad como pastor. Y cuando sus decisiones públicas contradicen aquello que debería enseñar, termina empujando a los fieles a buscar en otras voces la orientación que él ha dejado de ofrecer.
Jesucristo no pidió a Pedro que organizara ceremonias para honrar a los personajes más influyentes de su tiempo. Le dijo: «Apacienta mis ovejas», y le advirtió también sobre los lobos que amenazan al rebaño.
Lo verdaderamente aterrador para la Iglesia no es tanto que existan lobos dispuestos a devorar las ovejas; sino que quienes han recibido la misión de proteger a las ovejas terminen comportándose como los lobos.




Supongo que hay muchos católicos dignos de el premio. O alguna organización provida 😬.