Cuando los Heraldos ordenan, Bertomeu pierde
Los Heraldos ordenan diáconos y sacerdotes… y muestran que ya no serán la próxima víctima de Bertomeu
Hay noticias que iluminan. Y hay noticias que, además, desenmascaran.
La ordenación de 31 diáconos y 26 sacerdotes en los Heraldos del Evangelio, el sábado y Domingo de la Divina Misericordia respectivamente, no es simplemente una buena noticia para esta institución. No es solo el fin de una larga espera o la salida de un limbo canónico que ya se había vuelto obsceno. Es también, y conviene decirlo sin rodeos, la señal de una derrota. La derrota de Jordi Bertomeu Farnós.
Porque durante demasiado tiempo Bertomeu actuó en ciertos ambientes eclesiales no como un servidor del derecho, sino como un hombre convencido de que el derecho era él. Su manera de operar no transmitía justicia, sino miedo. No dejaba la impresión de una Iglesia que corrige para sanar, sino de una maquinaria que castiga para humillar. Y en ese esquema de poder, los Heraldos del Evangelio aparecían como la siguiente presa.
Eso no es una especulación abstracta. Durante el año y medio en que Bertomeu aceleró expulsiones en el Sodalicio de Vida Cristiana y luego su disolución completa, repetía que él debía “apurarse” porque su siguiente blanco eran precisamente los Heraldos. Su próxima “víctima”, decía. La palabra es reveladora. No hablaba como juez. No hablaba como pastor. Hablaba como cazador.
El regreso de la justicia
Y ahí está, justamente, la importancia de estas ordenaciones. Porque lo que acaba de ocurrir con los Heraldos no es un simple trámite litúrgico. Es una desautorización histórica de un método. Es la prueba visible de que la etapa del comisario todopoderoso, del interventor perpetuo, del hombre que se movía con patente de corso mientras otros callaban, se está acabando.
Durante años, los Heraldos fueron mantenidos en una situación de suspensión asfixiante. Años de vigilancia, de incertidumbre, de presión. Años en los que una comunidad viva, fecunda y capaz de formar vocaciones fue tratada como si el tiempo pudiera congelarse indefinidamente sobre ella. Años en los que el mensaje implícito era brutal: ustedes no tienen futuro hasta que Roma -o más exactamente, ciertos hombres en Roma- decidan que lo tienen.
Pues bien: el futuro llegó igual
Y llegó con fuerza. No con una ordenación discreta para salir del paso. No con una concesión mínima para salvar las apariencias. Llegó con decenas de diáconos y sacerdotes. Llegó con una cifra que habla de fecundidad, de perseverancia, de vida interior, de una institución que, pese al castigo prolongado, no fue reducida al silencio ni a la esterilidad. Eso, en lenguaje eclesial, significa muchísimo. Pero en lenguaje político también significa algo muy concreto: Bertomeu ya no manda como mandaba.
Un “007” sin licencia para matar
Ese es el punto central. Bertomeu ya no vive bajo el mismo pontificado. Ya no respira el mismo clima. Ya no tiene el mismo margen. Ya no dispone del mismo terror reverencial. Como ya no goza de la licencia para matar eclesialmente, ya no puede moverse con la misma mezcla de amenaza, presión psicológica y arbitrariedad práctica que tantos conocieron durante años. Porque con el Papa León XIV el panorama cambió. Y cambió en un punto decisivo: volvió a importar la ley.
Esto no quiere decir que la Iglesia haya entrado mágicamente en una edad de oro. No seamos ingenuos. Pero sí quiere decir algo muy importante: el derecho canónico ha dejado de ser, al menos en algunos ámbitos, el garrote privado de operadores eclesiásticos con delirio de impunidad. León XIV es canonista. Sabe qué es una norma, para qué existe y cuáles son sus límites. Sabe también -y esto es crucial- que el derecho no puede convertirse en un arma de venganza personal sin corromper por dentro la credibilidad misma de la Iglesia.
Por eso estas ordenaciones dicen mucho más de lo que aparentan. Dicen que el modelo Bertomeu está agotado. Dicen que ya no basta con insinuar, presionar, amenazar o prolongar artificialmente procesos para mantener comunidades enteras bajo control. Dicen que los Heraldos, que parecían destinados a ser la siguiente pieza cobrada por el gran cazador de disoluciones, han recibido finalmente algo que en una Iglesia sana debería ser normal: justicia.
Su último ataque contra un muerto
Y aquí conviene conectar esto con el Sodalicio, porque la relación es más profunda de lo que muchos creen.
Bertomeu acaba de anunciar mediante un comunicado publicado desesperadamente el Miércoles Santo, que va a “completar” el cierre del Sodalicio abriendo en mayo una ventana para que las víctimas se presenten ante la Nunciatura en Lima y una comisión determine reparaciones económicas con cargo a los bienes ya liquidados de la comunidad. La escena tiene algo de tardío, algo de atropellado y algo, como digo, de desesperado. Porque este proceso, con el tema de las víctimas incluido, debió haberse resuelto hace mucho. Si no se resolvió, es en buena parte por la manera en que fue conducido. Y ahora, cuando ya no soplan los mismos vientos en Roma, da la impresión de que Bertomeu quiere cerrar a toda prisa lo que dejó arrastrarse durante demasiado tiempo, especialmente porque cuando el Papa León XIV visite el Perú -al parecer en noviembre- los temas de abusos que le afectaron durante sus días de obispo en el Perú -el “caso Sodalicio” y el caso de las hermanas Quispe, víctimas del P. “Lute” en Chiclayo- estén fuera de la agenda.
Más todavía: en ese mismo marco, Bertomeu pretende seguir utilizando el tema de las incardinaciones sacerdotales de ex sodálites como instrumento de presión, como si todavía pudiera condicionar a obispos, retener soluciones o torcer procesos ya jurídicamente claros. Esa pretensión no solo es abusiva. Es reveladora. Revela a un hombre que no termina de aceptar que el escenario cambió. Que no ha entendido que una cosa es haber actuado durante un tiempo como ejecutor privilegiado de una voluntad pontificia y otra muy distinta creer que ese poder era suyo por naturaleza. No lo era. Nunca lo fue.
Porque las incardinaciones no son un chantaje, ni una moneda de cambio, ni una concesión personal del comisario de turno. Son actos jurídicos claros. Si un sacerdote salió legítimamente de una comunidad, obtuvo sus dimisorias conforme a derecho y fue luego incardinado por un obispo competente, el proceso quedó resuelto donde debía resolverse: en la ley y en la autoridad del obispo. Pretender intervenir después como si todavía existiera una superioridad informal sobre todo y sobre todos no es defender la comunión eclesial. Es añorar el viejo régimen del miedo.
Un nuevo día para los fieles
Y eso es exactamente lo que las ordenaciones de los Heraldos dejan en evidencia: que ese viejo régimen se está acabando.
No deja de ser irónico, incluso poético. El hombre que, según tantos testimonios, vivía anunciando cuál sería su siguiente víctima, se encuentra ahora con que ya no tiene una siguiente víctima. El hombre que parecía moverse de institución en institución con la lógica del corsario autorizado, descubre que se le acabó el mar. El hombre que acostumbró a tantos a pensar que su sombra podía alargarse indefinidamente, empieza a parecerse más a lo que realmente era: un funcionario eclesiástico inflado por circunstancias excepcionales -tan excepcionales que deben ser investigadas-, no una fuerza irresistible de la historia.
Los Heraldos del Evangelio, en cambio, siguen ahí. Ordenando. Formando. Perseverando. Viviendo. Y esa es la peor noticia posible para quienes habían apostado a su demolición. Porque la vida, cuando es real, acaba desmintiendo a los burócratas del castigo.
El valor de corregir
No se trata de negar que en la Iglesia, y que en instituciones específicas, haya habido problemas reales, pecados reales, abusos reales y la necesidad de correcciones reales. El problema no es corregir. El problema es cuando la corrección se pervierte y se convierte en espectáculo de poder. El problema es cuando algunos hombres empiezan a disfrutar demasiado el acto de intervenir, expulsar, intimidar, prolongar, bloquear y aplastar. El problema es cuando el derecho deja de ser una garantía de justicia y se vuelve un instrumento para fabricar indefensión e inflar egos.
Eso es lo que tanta gente percibió en la era Bertomeu. Y por eso lo que hoy ocurre con los Heraldos tiene un valor que va mucho más allá de ellos mismos. Es una victoria para una institución concreta, sí. Pero también es una victoria para todos los católicos que todavía creen que el derecho canónico debe aplicarse con rectitud, no con sadismo. Que la autoridad existe para servir a la verdad, no para alimentar complejos personales. Que la Iglesia no puede parecerse a una oficina de vendettas con incienso.
En el fondo, esta noticia anuncia algo sencillo, pero enorme: se terminó una época en la que demasiados pensaron que podían destruir comunidades enteras y luego seguir tranquilamente hacia la próxima. Los Heraldos han demostrado que no eran la próxima víctima. Eran el límite.
Y ese límite tiene nombre: justicia.




En verdad me alegro por los Heraldos y los frutos obtenidos! Estimado Alejandro, Ud podría saber si este personaje JB está detrás de la supresión de FRICYDIM? Somos muchos los dolidos y sorprendidos con este tema. Mi apoyo total al padre Carlos Sphan.