Bad Bunny fue una vergüenza
El logro profesional de cantar en español en el evento más visto del mundo no debe darnos un malsano orgullo cultural
Bad Bunny en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl
La participación de Bad Bunny en el Super Bowl fue, en términos morales y culturales, exactamente lo que muchos anticipaban: un espectáculo cuidadosamente maquillado de ruralismo bucólico y mensajes visuales inofensivos —“El amor es más fuerte que el odio”, “Estamos todos unidos”— que sirvieron como cortina estética para un catálogo musical cuyo contenido representa probablemente el punto más bajo en la historia del half time, el espectáculo de medio tiempo más cotizado del mundo televisivo.
Las canciones seleccionadas por Bad Bunny, (“Tití Me Preguntó”, “Yo Perreo Sola”, “Safaera”, “VOY A LLEVARTE PA PR”, “EoO”, “Mónaco”, “BAILE INOLVIDABLE”, “NUEVAYoL”, “EL APAGÓN”, “CAFé CON RON” y “DtMF”) no fueron neutrales. Porque el repertorio del Boricua ha sido consistentemente construido sobre patrones que no requieren citarse palabra por palabra para ser entendidos. Para evitar escandalizar innecesariamente, solo hago un elenco de su contenido:
– Reducción explícita de la mujer a objeto sexual, descrita como algo que existe para “servir”, “abrirse”, “ser usada” o satisfacer fantasías masculinas, con lenguaje posesivo y deliberadamente degradante.
– Descripción gráfica de actos sexuales, no como insinuación poética sino como referencia directa a prácticas específicas.
– Normalización del sexo impersonal y de dominio, donde el cuerpo ajeno es consumo y descarte.
– Presentación de esa crudeza como representativa de “lo latino” o “lo boricua”, algo que numerosos hispanos -especialmente católicos, pero no solo ellos- han rechazado de manera clara por considerarlo falso y ofensivo.
No hay excusas
Muchos defienden la vulgaridad sin precedentes de Bad Bunny diciendo que se trata de una “provocación inteligente” o “sofisticación urbana”. Pero en realidad no es más que una vulgaridad deliberada diseñada para viralizar y empujar límites culturales, especialmente entre jóvenes.
Y la pregunta incómoda es inevitable: ¿cómo es posible que una misoginia que supera incluso estándares históricos del rap o el hip hop más crudo no solo no sea cancelada, sino celebrada? El blindaje político es evidente: el artista es visto como figura alineada con causas progresistas y abiertamente hostil al trumpismo. En el clima actual, eso otorga inmunidad cultural.
Según CBS News, más de 135 millones de personas vieron el espectáculo. El impacto del evento, por tanto, no fue marginal. Fue masivo.
La supuesta “versión suave”
Muchos defensores del cantante distinguen que una cosa fue la transmisión televisada y otra el catálogo completo del artista. Medios que defendieron la puesta en escena reconocieron que hubo censura y “bleeps”.
La agencia Axios señaló que varias de las frases más explícitas que circularon en redes ni siquiera se cantaron literalmente en la transmisión. Pero la cuestión no es si se pronunció exactamente cierta palabra en prime time, sino qué imaginario sexual se está normalizando cuando se eleva a símbolo cultural a un artista cuya obra gira sistemáticamente en torno a la sexualización explícita y el lenguaje degradante.
Y por eso la controversia no tardó en escalar. La revista Time informó sobre el impulso político para “investigar” el show, citando canciones como “Safaera”. La revista musical Billboard recogió la ofensiva y la vinculó directamente a títulos como “Safaera” y “Yo Perreo Sola”. Incluso el ultraizquierdista británico The Guardian, que intentó contextualizar la reacción como “pánico cultural”, terminó reconociendo que eso no convierte automáticamente el paquete entero en “valores familiares” ni vuelve ilegítimo el juicio moral negativo.
El punto central es simple. Llamar “arte” a algo no lo convierte en bueno. Llamar “valores familiares” a un espectáculo porque la transmisión censuró lo peor de las letras de Bad Bunny y escondió los contoneos explícitos en un escenario rural y evocativo no es más que un truco. El debate no es si la cadena emitió una grosería específica, sino si una cultura sana debe coronar como fenómeno “amigable para la familia” a un artista cuyo combustible comercial ha sido, repetidamente, la reducción del sexo a consumo y de la mujer a objeto.
Este absurdo alcanzó su clímax cuando The Washington Post describió el espectáculo como poseedor de “valores familiares sanos y tradicionales” que habrían encajado perfectamente con los anuncios sentimentales del Super Bowl. Es obvio que el comentarista cultural no solo no entendió ni una sola palabra del español, sino que ni siquiera hizo su trabajo: averiguar el contenido de las canciones ejecutadas.
No hay razones para el orgullo
En Puerto Rico el espectáculo se transmitió en directo a decenas de watch parties, que celebraban lo lejos que había llegado un compatriota. Pero apenas terminado el espectáculo, en Estados Unidos cientos de hispanos reaccionaron de inmediato en redes sociales: esto no nos representa. El reguetón no es sinónimo de cultura hispana. Es una derivación secular hipersexualizada que contrasta con la matriz profundamente católica que todavía estructura a millones de familias latinas en Estados Unidos.
A continuación, comparto la carta que Kelsey Reinhardt, Presidenta y CEO de Catholic Vote y Voto Católico dirigió a cientos de miles de católicos en Estados Unidos. Es la explicación más sensata y completa de por qué el espectáculo de Bad Bunny fue una derrota para la fe, la cultura y la familia… y qué se puede hacer al respecto.
El Super Bowl era una de las pocas veces que veíamos televisión en el convento -durante mis años de vida religiosa-, precisamente porque funcionaba como un auténtico referente cultural. Todos, desde hermanas hasta desconocidos, estaban entusiasmados con el partido y los anuncios del día siguiente.
Es innegable que lo que ocurre durante y alrededor del domingo del Super Bowl sirve como referente de la cultura estadounidense.
Lo que me lleva al espectáculo de medio tiempo de este año.
Los padres de todo Estados Unidos que no hablan español tuvieron la suerte de que ni ellos ni sus hijos entendieran lo que decía el reguetonero Bad Bunny.
No era apto para mayores de 13 años. No era apto para mayores de 18 años. Era, según cualquier estándar moral serio, prácticamente material X -es decir, pornográfico- al menos en el contenido que este artista ha normalizado, monetizado y exportado al público general en los últimos años.
En sus canciones, las mujeres son reducidas a accesorios y premios, la degradación se replantea como empoderamiento y la misoginia se blanquea mediante el ritmo y la repetición hasta que se supone que resulta inofensiva. Y este desprecio abierto por las mujeres solo se deja pasar gracias al activismo político de Bad Bunny.
El baile provocativo, el twerking, los toqueteos de entrepierna y la coreografía abiertamente sexualizada no suavizaron ni “contextualizaron” la letra de las canciones. La tradujeron. El mensaje era inconfundible.
En una época en la que a los estadounidenses se nos dice constantemente que controlemos nuestra sensibilidad, que nos adaptemos a las culturas “no asimiladas” y que les permitamos florecer independientemente dentro de nuestra cultura, resulta sorprendente que la NFL [la Liga Profesional de Fútbol Americano] eligiera esta variante particular del reggaetón como la versión de la cultura hispana digna de ser enaltecida.
El reggaetón no es sinónimo de cultura hispana. Es una derivación secular e hipersexualizada que contrasta marcadamente con las tradiciones profundamente católicas que siguen moldeando a millones de familias hispanas en Estados Unidos.
Y aquí es donde la respuesta del establishment pasó de la confusión al absurdo absoluto. El Washington Post, un viejo opositor a la moral tradicional, tuvo la audacia de describir el espectáculo del medio tiempo como la encarnación de “valores familiares sanos y tradicionales” que habrían encajado perfectamente con los anuncios sentimentales del Super Bowl.
Esa afirmación no solo es errónea, sino insultante. Requiere redefinir “valores familiares” hasta que la frase deje de significar nada.
Lo que el Post y otros ignoraron es que un gran número de hispanos, muchos de ellos católicos y muchos no, respondieron de inmediato e inequívocamente: esto no nos representa.
Algunos comentaristas católicos también se apresuraron a defender la actuación, calificándola de “sana”, sugiriendo que sus abuelos se habrían sentido orgullosos -solo por las viñetas rurales de la puesta en escena- o desestimando a los críticos como “regañones” morales obsesionados con un partido de fútbol americano.
Pero señalar lo inapropiado de Bad Bunny -un católico bautizado que ha amasado una fortuna con contenido explícitamente sexualizado y degradante- no es una mera queja moral. Se trata de enseñar a nuestros hijos y a nuestro prójimo a amar lo que es verdaderamente digno de amor y a rechazar las manifestaciones públicas de pecado disfrazadas de progreso.
Y quiero aclarar algo más:
CatholicVote no se dedica a la indignación. Se dedica a promover una sana cultura estadounidense. Nos importan estos momentos no porque disfrutemos del conflicto, sino porque eventos culturales masivos como el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl no solo reflejan la cultura: la crean activamente. Catequizan a millones, nos guste o no.
Por eso no podemos permitirnos ignorar estos ataques y fingir que no importan.
Tras este fracaso, debemos esperar, rezar e insistir en que Roger Goodell [Presidente de la NFL] y la Liga Nacional de Fútbol Americano ejerzan un mejor juicio de aquí en adelante; un juicio digno de las familias que hacen de este evento lo que es.
Avancemos con valentía
Kelsey




¡Excelente! Pocos se atreven a ver o hablar de manera crítica ese show.