Así es como destruí la Pontificia Academia para la Vida y el Instituto Juan Pablo II
En una entrevista con un medio italiano, Vincenzo Paglia explica la demolición de dos pilares de la vida y la familia
Hay entrevistas que aclaran. Otras que justifican. Y hay entrevistas que, sin quererlo, funcionan como autopsias.
La reciente conversación del arzobispo Vincenzo Paglia con Settimana News pertenece a esta última categoría. En la conversación con este medio eclesiástico progresista, Pagli habla de lo que llama “mis reformas con Francisco”. Y sus palabras no son una defensa elegante de una reforma discutida; sino la confesión serena, casi satisfecha, de cómo dos instituciones creadas por san Juan Pablo II para defender la vida, el matrimonio y la familia fueron deliberadamente desmontadas, reprogramadas y puestas al servicio de otro paradigma: el de la secularización de la Iglesia.
Paglia no habla como quien lamenta los costos de una reforma necesaria. Habla como quien cree haber ejecutado una misión histórica. Y precisamente por eso la entrevista es tan reveladora.
La Pontificia Academia para la Vida fue instituida por san Juan Pablo II en 1994 con un objetivo explícito: la “defensa y promoción del valor de la vida humana y de la dignidad de la persona”. Sus tareas incluían estudiar los problemas relativos a la promoción y defensa de la vida, formar en una cultura de la vida y comunicar los resultados de sus investigaciones “siempre con pleno respeto del Magisterio de la Iglesia”.
El Instituto Juan Pablo II, por su parte, nació de la solicitud pastoral e intelectual del Papa polaco por el matrimonio, la familia, el amor humano y la antropología cristiana. Su historia oficial recuerda que Juan Pablo II estableció el Instituto en Roma después del Sínodo de 1980 sobre la familia, en continuidad con su reflexión sobre la teología del cuerpo, el matrimonio y la persona humana.
Es decir: no eran dos oficinas genéricas de sociología religiosa ni laboratorios de “diálogo cultural” sin centro doctrinal. No eran think tanks vaticanos para bendecir las ansiedades del momento. Eran instituciones creadas para pensar, enseñar y defender, con rigor intelectual católico, la verdad sobre la vida, el matrimonio y la familia en un mundo que ya entonces empezaba a desfigurarlas. No en vano el mismo San Juan Pablo II nombró a su amigo -y un titán de la defensa de la vida- al científico francés Jerome Lejeune, hoy en proceso de beatificación.
Paglia, sin embargo, describe esas instituciones como si hubieran sido reductos de resistencia doctrinal, “espacios estrechos”, “moralistas”, casi molestos. Según la entrevista, el Papa Francisco le habría confiado la “reorganización” tanto del Instituto Juan Pablo II como de la Pontificia Academia para la Vida, porque ambas debían ser “repensadas” dentro de una “ampliación de perspectiva”.
Ampliación no, desplazamiento sí
La palabra clave es esa: “ampliación”. Pero en la práctica, la “ampliación” terminó siendo desplazamiento. Lo que debía ser ampliación se convirtió en sustitución. Lo que debía ser enriquecimiento interdisciplinario se volvió desnaturalización institucional.
Paglia lo dice con una claridad que sus defensores deberían leer dos veces antes de volver a hablar de “malentendidos”. Sobre el Instituto Juan Pablo II, afirma que “Bisognava ricrearlo” (“Era necesario reinventarlo”); que había que “allargare il campo” (“ampliar el campo”); que debía ser “non più un istituto di morale coniugale” (“ya no más un instituto de moral conyugal”).
En sus palabras: había que rehacerlo, cambiar su eje, sacarlo del campo de la moral conyugal y del misterio del matrimonio para llevarlo a otra cosa. Eso no es una reforma administrativa. Eso es una refundación ideológica.
“Así lo hicimos”
Y Paglia no se queda ahí. Explica que se redefinió “casi completamente” el plan de estudios, que se introdujeron nuevos profesores y nuevas disciplinas, y que la reforma incluyó la “abolizione di qualche cattedra” (“la eliminación de alguna que otra cátedra”). La frase suena burocrática. Pero esa eliminación incluyó nombres fundamentales, trayectorias de gran valor, escuelas teológicas, alumnos, décadas de trabajo y una memoria institucional que fue tratada como escombro.
No es casualidad que las víctimas académicas de esa reestructuración fueran precisamente figuras vinculadas a la identidad original del Instituto. En 2019 se informó que monseñor Livio Melina, antiguo presidente del Instituto, y el padre José Noriega no regresarían a la enseñanza bajo los nuevos estatutos. En el caso de Melina, se reportó que la cátedra de teología moral fundamental que ocupaba había sido eliminada.
Ese y otros cambios dramáticos llevaron a muchos teólogos y activistas del matrimonio y la familia a advertir que la identidad del Instituto quedaba “seriamente amenazada”, con críticas internas por la reducción de la moral y la salida de profesores importantes como Melina, Noriega y Maria Luisa Di Pietro.
Destrucción calculada
La entrevista de Paglia confirma que no fue ni un accidente, ni un “problema de comunicación” y mucho menos un simple reordenamiento de horarios, cátedras y competencias -como Paglia trató de presentarlo originalmente cuando personalmente le pregunté sobre el objetivo de los cambios-. Fue una operación de fondo.
Lo más brutal no es que Paglia admita la profundidad de la operación; sino el modo en que describe a quienes custodiaban la tradición intelectual del Instituto. Habla de un grupo que habría “preso in appalto” (“capturado”) la institución, como si los teólogos formados en la escuela de Juan Pablo II hubieran secuestrado una casa que, precisamente, Juan Pablo II había construido. Y remata afirmando que estaba en juego una “riforma molto profonda” (reforma muy profunda).
En eso, al menos, tiene razón. Era una reforma muy profunda. Tan profunda que alcanzaba la raíz.
El desastre teológico
El punto decisivo aparece cuando Paglia habla del “corazón teológico” de la reforma: el replanteamiento del concepto de naturaleza y la crítica a una ley natural entendida como conjunto de principios inmutables. Aquí ya no estamos ante el problema, siempre legítimo, de cómo dialogar pastoralmente con personas heridas, matrimonios rotos, situaciones irregulares o dilemas familiares complejos. Estamos ante la sospecha dirigida contra la arquitectura misma de la moral católica. Es decir, el “problema” que debe enfrentar la Iglesia -como siempre lo ha hecho- no es el del sufrimiento de las personas, sino el de la doctrina católica actual y sus fundamentos en la ley natural, vista ahora como la “causa” de esos sufrimientos.
Y esto es lo que tantos católicos percibieron desde el inicio: no se estaba buscando simplemente hablar mejor al mundo contemporáneo. Se estaba desmontando la gramática con la cual la Iglesia había hablado durante siglos sobre la persona, el cuerpo, la sexualidad, el matrimonio y la vida.
La Academia para la Vida
La misma operación, si no peor, se ejecutó en la Pontificia Academia para la Vida. Paglia afirma que el problema central era una nueva comprensión del término “vida”. Dice que la vida no debía entenderse solamente en su dimensión biológica y cronológica, desde el inicio hasta el final de la existencia, sino en una dimensión antropológica e “incluso cósmica”. La vida, sostiene, debía convertirse en una “categoria totalizzante” (“categoría totalizadora”), para no quedar “reducida” -según él- al aborto o la eutanasia.
La trampa está en que esa frase puede sonar noble. Claro que la vida humana tiene dimensiones sociales, culturales, ecológicas, espirituales y relacionales. Claro que una defensa católica de la vida no se agota en dos temas. Pero cuando una institución nacida para defender la vida humana en sus momentos más vulnerables empieza a hablar de todo, no solo corre el riesgo de dejar de hablar con claridad de aquello para lo cual fue creada; sino que termina -como hoy sucede con la actual academia- hablando de nada.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Una academia irrelevante
Bajo Paglia, la Pontificia Academia para la Vida se volvió cada vez menos reconocible como una institución pro-vida católica y cada vez más parecida a una plataforma vaticana de diálogo bioético ambiguo. Paglia presume en la entrevista que la composición de la Academia se amplió, incorporando biblistas, teólogos sistemáticos, expertos en ingeniería, robótica, economistas, miembros de otras tradiciones religiosas e incluso pensadores no creyentes. En principio, nada de eso es automáticamente problemático. La Iglesia no teme a la ciencia ni al diálogo interdisciplinario.
El problema es otro: ¿interdisciplinariedad al servicio de qué verdad? ¿Diálogo desde qué identidad? ¿Apertura con qué criterio doctrinal?
Porque una Academia para la Vida que pierde su centro termina convirtiéndose en una Academia para la Conversación. Y una institución pontificia que no sabe decir con claridad que el aborto y la eutanasia son males intrínsecos acaba ofreciendo al mundo no misericordia, sino confusión.
Los reveladores nombramientos
La confusión no fue teórica. Tuvo nombres concretos.
En 2022, el nombramiento de Mariana Mazzucato en la Pontificia Academia para la Vida provocó un escándalo precisamente porque se trataba de una figura asociada públicamente a posturas favorables al aborto legal, especialmente tras sus expresiones explícitamente pro-aborto tras la anulación de la decisión Roe v. Wade en Estados Unidos. Paglia defendió el nombramiento argumentando que sus tuits podían ser “pro-choice”, pero no “pro-abortion”, y que no podía juzgarse la convicción profunda de una persona por “cuatro tuits”.
Esa defensa fue, en el mejor de los casos, ingenua. En el peor, reveladora. Porque nadie pedía que una economista tuviera un tratado académico sobre aborto para saber si era prudente nombrarla miembro de una Academia vaticana cuya misión histórica era defender la vida. Bastaba con entender el signo, el mensaje público que significaba su nombramiento. Y el mensaje fue claro y devastador.
“El aborto es inevitable”
Luego vino la frase de Paglia sobre la Ley 194, la ley italiana que legalizó el aborto. Paglia dijo en televisión italiana que la Ley 194 era “un pilar” de la sociedad italiana. La Academia salió después a decir que Paglia había sido “sacado de contexto” y que no estaba haciendo un juicio de valor, sino afirmando que la ley era prácticamente imposible de abolir por estar estructuralmente incorporada al ordenamiento jurídico italiano.
Pero el problema nunca fue únicamente técnico. El problema fue simbólico, moral y pastoral. El presidente de la Pontificia Academia para la Vida no puede hablar de una ley abortista como “pilar” de la sociedad sin producir escándalo. Puede describir el contexto político y admitir dificultades legislativas. Pero cuando el lenguaje se vuelve tan frío que una ley que permite eliminar vidas inocentes aparece como parte estable del edificio social, algo se ha roto.
“El suicidio asistido es aceptable”
También hubo escándalo en torno al suicidio asistido. En 2023, la Academia tuvo que aclarar declaraciones de Paglia después de que él hablara de una “mediación legal” posible en Italia bajo condiciones específicas. Según reportes, Paglia dijo que personalmente no practicaría la asistencia al suicidio, pero que entendía que una mediación legal podía ser el mayor bien común concretamente posible. En otras palabras, el suicidio asistido en Italia, bajo algunas circunstancias, estaba OK. La Academia tuvo que publicar después que Paglia reiteraba su “no” a la eutanasia y al suicidio asistido, “en adhesión al Magisterio”.
Pero otra vez: ¿por qué la institución encargada de dar claridad terminó teniendo que emitir aclaraciones? ¿Por qué la Academia para la Vida se convirtió tantas veces en generadora de niebla doctrinal?
La confusión como opción
La entrevista de Settimana News ofrece la respuesta: porque la niebla no fue un accidente. Fue el método.
Paglia presenta como “madurez intelectual” lo que muchos católicos vivimos como capitulación. Presenta como “diálogo” lo que en la práctica fue una sustitución de voces. Presenta como “renovación” lo que terminó siendo un cambio de identidad. Y presenta como fidelidad al “magisterio viviente” lo que, para muchos, fue un uso selectivo del pontificado de Francisco contra la herencia doctrinal de San Juan Pablo II.
Lo que Paglia nunca entendió
Este es el punto que no debe perderse: San Juan Pablo II no fundó estas instituciones para que décadas después se convirtieran en monumentos decorativos con su nombre pegado en la puerta y otro contenido dentro. Las fundó para responder a una crisis antropológica real: anticoncepción, aborto, manipulación reproductiva, divorcio, desintegración familiar, confusión sexual, eutanasia, reducción tecnocrática de la persona humana.
Esa crisis no se ha reducido. Ha explotado.
Hoy tenemos embriones congelados y descartados, vientres de alquiler, ideología de género institucionalizada, presión eutanásica sobre ancianos y enfermos, biotecnologías cada vez más agresivas, inteligencia artificial aplicada a la reproducción, selección genética, soledad masiva, colapso familiar y una cultura que ya no sabe qué es un hombre, una mujer, un padre, una madre o un hijo.
Pero justo en ese momento, las instituciones que debían ser faros de referencia, no solo se han convertido en laboratorios de ambigüedad, sino en instituciones irrelevantes. Plagia no las convirtió en plataformas de sus ideologías favoritas. Simplemente las destruyó. Hoy en día la Academia para la Vida es una institución irrelevante. El mundo secular no la respeta como referente y los activistas católicos pro-vida saben que no solo no pueden contar con ella, sino que, por el contrario, es una piedra de escándalo.
Mientras tanto, el Instituto Juan Pablo II para la Vida y la Familia está dirigido por un sacerdote y teólogo francés que cree en la contracepción, tiene un equipo educativo de tercer rango y está tan desolado como financieramente quebrado porque los cientos de estudiantes internacionales que antes soñaban con un diploma del Instituto en Roma, ahora prefieren obtenerlo de cualquiera de sus “sucursales” en el mundo, donde el espíritu de Juan Pablo II está todavía vivo.
¿Existe esperanza?
En mayo de 2025, León XIV nombró al cardenal Baldassare Reina como Gran Canciller del Instituto Juan Pablo II, sacando a Paglia, y poco después nombró a monseñor Renzo Pegoraro como nuevo presidente de la Pontificia Academia para la Vida.
Ahora que Paglia se fue, la pregunta es si el daño será reparado.
Porque el problema de fondo no se resuelve cambiando nombres si se conserva el mismo paradigma. Hace falta recuperar la razón de ser de estas instituciones, devolviéndoles claridad doctrinal, rigor intelectual, valentía moral y una relación explícita con el Magisterio de la Iglesia sobre la vida, la sexualidad, el matrimonio y la familia.
Lo positivo de la entrevista de Paglia es que termina con la ficción. Ya no hace falta que sus críticos demuestren que hubo una demolición. Él mismo la ha narrado. Con cortesía, con lenguaje teológico-pastoral y con la tranquilidad de quien cree haber hecho lo correcto.
Pero una demolición no deja de ser demolición porque se haga con buenos modales.
Y cuando lo demolido son instituciones creadas por un santo para defender la vida, el matrimonio y la familia, la Iglesia tiene el deber de decir la verdad: aquí no hubo simplemente reforma. Hubo desfiguración. Y ahora, si Roma quiere ser tomada en serio por los católicos que aún creen en la cultura de la vida, tendrá que hacer algo más difícil que cambiar autoridades.
Tendrá que reconstruir.



