Algo está pasando en España
margen de la mediocre oficialidad, la visita del Papa ha despertado una fervor que podría renovar el catolicismo español
El Papa León XIV en Madrid. Crédito: Vatican Media
Hay momentos en la historia de la Iglesia que no se entienden del todo mientras están ocurriendo. Se ven, se intuyen, se sufren o se celebran, pero solo después, con distancia, se comprende si fueron una emoción pasajera o el inicio de algo más profundo.
Lo que ha ocurrido este fin de semana en España durante la visita del Papa León XIV pertenece, me parece, a esa categoría de acontecimientos que exigen prudencia, sí, pero también valentía interpretativa. No ha venido siendo, hasta ahora, una visita papal exitosa. No ha sido ni siquiera, aunque ya sería mucho, una gran concentración religiosa.
Ha sido un signo. Y los signos, cuando son verdaderamente cristianos, no se fabrican desde la decadente burocracia eclesiástica española y sus asesores de comunicación. Los signos aparecen cuando la gracia toca una herida real. Y España, no nos engañemos, es hoy una nación profundamente herida en su memoria católica.
Durante décadas se nos ha dicho que España ya no era aquella España. Que su catolicismo era solo una capa cultural envejecida, un residuo folklórico, una nostalgia de abuelos, una colección de procesiones, campanas, imágenes, cofradías y nombres de santos que sobrevivían como decorado de una sociedad que ya había decidido vivir de espaldas a Dios.
Llegó el sábado con el Papa
Pero el sábado 6 de junio, más de 600,000 jóvenes españoles llenaron la Plaza de Lima y sus alrededores para encontrarse con el Papa. No fueron a escuchar una conferencia sociológica sobre la juventud ni a participar de las pantomimas organizadas por la burocracia. Fueron, en su inmensa mayoría, porque todavía existe en España una juventud católica que no quiere ser tratada como un cadáver espiritual.
Lo más importante del sábado no fue la escenografía. De hecho, buena parte de lo organizado oficialmente tuvo el tono previsible de tantas estructuras eclesiásticas españolas actuales: demasiado mundano, pendiente de gustar a la mundanidad y no enojar al corrupto y malvado poder de turno. Hubo momentos de frivolidad, de estética pastoral blanda y afeminada.
Pero nada de eso logró tapar lo esencial.
Lo esencial fue la multitud en silencio, la adoración eucarística y el testimonio de una generación que, contra todos los diagnósticos de los expertos en decadencia, todavía sabe arrodillarse. Y esa adoración cambió el tono de todo.
Un Papa que responde
Creo que el Papa León XIV, que probablemente llegó a España sabiendo que su visita sería importante, no esperaba encontrarse con una reacción de esa magnitud. No esperaba ver que la España católica seguía allí: cansada quizá, castigada sin duda, confundida a ratos, pero viva.
Y su reacción fue visible. León XIV no respondió como un funcionario satisfecho por el éxito de una actividad programada. Respondió como un pastor sorprendido por su pueblo. Se le vio conmovido, tocado, interiormente sacudido por la fe de aquellos jóvenes. Y cuando habló, no se refugió en lugares comunes. Les pidió ser humanos, pero humanos como Cristo.
León XIV, visiblemente emocionado e improvisando varias veces, recordó a los jóvenes españoles que la fe no es una decoración emocional, sino una forma de vida. Les dijo, en el fondo, que el cristianismo no es una identidad cultural para sentirse acompañado, sino una vocación para transformar la historia.
Y luego llegó el domingo
La celebración del Corpus Christi en Madrid, presidida por el Papa en la Plaza de Cibeles y seguida por una multitud inmensa, ha sido aún más decisiva. Porque si el sábado mostró que la juventud católica española no está muerta, el domingo mostró que España solo puede entenderse de verdad cuando Cristo vuelve a caminar por sus calles.
El Corpus Christi no es una fiesta cualquiera en España. Durante siglos ha moldeado la piedad, el arte, la música, la arquitectura, las calles, la vida pública y la imaginación religiosa del pueblo español. Cristo sale. Cristo pasa. Cristo bendice. Cristo reclama la ciudad. Pero en las últimas décadas, el Corpus se había convertido en poco más que una puesta en escena, el cumplimiento mecánico de una tradición.
Pero la procesión del Corpus presidida por León XIV tuvo una fuerza que va mucho más allá de la anécdota: Fue el sucesor de Pedro, por primera vez, caminando con el Santísimo Sacramento por el corazón de Madrid, en una España que durante años ha sido empujada a esconder su fe, a pedir perdón por su historia, a vivir el catolicismo como una incomodidad pública.
El Papa lo dijo con una claridad que debería quedar grabada en la memoria católica española: la religiosidad que durante siglos ha animado al país no debe convertirse en un museo del pasado que visitar, sino en una escuela de fe de la que beber hoy.
El poder del pueblo fiel
Lo digo sin rodeos: buena parte de las estructuras oficiales de la Iglesia en España no parecen estar a la altura del momento. No porque falten recursos o aparato; sino porque falta fuego, falta virilidad apostólica en el sentido más noble de la palabra: capacidad de engendrar, de custodiar, de combatir espiritualmente, de sostener una misión aunque el mundo se burle.
Durante años, demasiadas instancias eclesiásticas españolas han querido demostrar al mundo que el catolicismo ya no molesta ni exige, ni juzga. Es el catolicismo de los ex curas y las ex monjas, de Religión Digital, de burócratas instalados. Hay múltiples y valiosas excepciones. Pero son eso: excepciones.
Frente a esta realidad, el pueblo fiel ha hablado. No con un “comunicado oficial”; sino con su presencia, su oración y sus rodillas. Con su hambre de una palabra clara. Con su deseo de ver al Papa, sí, pero sobre todo con su deseo de Cristo.
Atención a España
He visto muchas críticas prematuras -en parte merecidas- a los aspectos oficialistas de la visita papal. Pero esas críticas son miopes, porque estos dos días han mostrado que al margen del programa oficial, la explosión de fe podrías estar marcando el renacimiento de la fe católica en el pueblo español. La España oficial puede estar secularizada. La España política puede estar enferma hasta lo demoníaco. La España mediática puede vivir fascinada por su narcisismo y autorreferencialidad.
Pero lo que hemos visto es la otra España: la de las familias, de los jóvenes, de los sacerdotes fieles, de las comunidades vivas, de las parroquias que resisten, de las cofradías que aún saben rezar, de los abuelos que transmitieron la fe, de los nuevos conversos que no tienen vergüenza de decir que han encontrado a Cristo. Y esa es la España que salió a la calle.
Un Papa sensible
León XIV tuvo la inteligencia espiritual de reconocerlo. En lugar de hablarle a España como si fuera un cadáver ilustre, le habló como a un pueblo llamado a levantarse. Su mensaje no fue arqueológico, sino misionero. No dijo: “conserven lo que queda”. Dijo: beban de la fuente. No dijo: “recuerden con cariño lo que fueron”. Dijo: conviértanse en constructores de un mundo nuevo. No dijo: “encierren la fe en lo privado”. Dijo que no basta sacar la custodia eucarística; hay que dejar que Cristo nos saque del egoísmo, de la indiferencia y de una fe cómoda y privada.
Las palabras del Pontífice podrían marcar el fin del gran pacto del secularismo europeo con los católicos: pueden creer, siempre que no se note demasiado. Pueden rezar, siempre que no pretendan ordenar la vida pública según la verdad. Pueden tener tradiciones, siempre que acepten que son reliquias sentimentales. El Corpus Christi de Madrid con el Papa rompió ese pacto.
¿Quién salvará a España?
Lo ocurrido este sábado y domingo debe convertirse en examen de conciencia para la Iglesia en España. ¿Qué hará ahora con esta multitud? ¿La interpretará como éxito logístico y volverá el lunes a la pastoral administrativa de siempre? ¿O entenderá que el pueblo fiel está pidiendo algo más grande que eventos? ¿Tendrá la audacia de predicar conversión, vocación, familia, santidad, adoración, vida sacramental, doctrina clara y misión pública? ¿O volverá a esconder la fuerza del Evangelio bajo el lenguaje inofensivo de los consensos?
Mi propuesta es que los fieles que tomaron las calles no esperen nada de la burocracia eclesial. El lunes, los burócratas eclesiásticos irán a celebrar el “éxito” de la etapa madrileña del Papa como si ellos hubieran sido los autores.
Van a ser los católicos de a pie, con nobles líderes sacerdotales y episcopales -de los poquísimos que existen, pero que existen- los que tendrán en sus manos hacer realidad el despertar católico. Ese despertar que produce conversión, obras, comunidades, vocaciones, familias cristianas, sacerdotes santos, jóvenes dispuestos a no vivir como esclavos del mundo, laicos capaces de dar la cara en la cultura, en la universidad, en la política, en la economía, en el periodismo, en la vida pública.
España no necesita simplemente recordar que fue católica. Necesita volver a creer que puede ser fecundada por la fe y, así como conquistó medio mundo para Cristo, puede ahora conquistarse a sí misma.
Porque una tradición que vuelve a producir jóvenes arrodillados ante la Eucaristía no está muerta. Está esperando pastores y laicos que se atrevan a tomarla en serio.
España ha mostrado este fin de semana que debajo de la ceniza todavía hay brasas. Y cuando las brasas reciben viento, pueden volver a arder.



