¿Adiós al Catolicismo en América Latina?
El catolicismo en la región continúa su declive: cifras del Pew Research Center y dos razones clave de fondo
Un reciente informe del Pew Research Center publicado el 21 de enero de 2026 muestra que el catolicismo ha disminuido de forma significativa en América Latina en la última década. A pesar de seguir siendo la religión mayoritaria en la región, el porcentaje de adultos que se identifican como católicos ha bajado en todos los países encuestados: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú.
Según las encuestas realizadas principalmente en 2024, los católicos representan hoy entre 46% y 67% de la población adulta en esos seis países, mientras que hace una década sus porcentajes eran claramente más altos. En todos los casos la caída supera 9 puntos porcentuales en sólo diez años. Al mismo tiempo, las personas que se declaran no afiliadas religiosamente (ateos, agnósticos o “nada en particular”) han aumentado al menos 7 puntos porcentuales en cada país.
El gráfico muestra dos cifras por país: los católicos 11 años atrás y los de hoy
¿Dónde van los que se alejan?
El estudio también desglosa qué ha pasado con quienes abandonan la Iglesia. Las cifras confirman que el abandono del catolicismo no es principalmente consecuencia del proselitismo protestante.
Los números de Pew demuestran que una parte creciente de los ex-católicos ahora se declara sin afiliación religiosa, y otra -en menor medida- ha pasado a formar parte de comunidades protestantes o evangélicas. En otras palabras, la pérdida de católicos no se traduce automáticamente en un crecimiento evangélico exclusivamente, sino que hay más bien una tendencia al secularismo o a una religiosidad vaga sin pertenencia institucional.
Con excepción de Brasil, donde la mayoría de ex-católicos derivan a los protestantes. Los países de la región muestran que los “nones”(ninguna religión) ya superan en número a los protestantes entre quienes han dejado el catolicismo.
Las razones: la “sinceración” de identidades religiosas
Una primera explicación para este fenómeno no es simplemente que la fe desaparezca, sino que muchas personas estaban dejando de practicar y de identificarse con la Iglesia desde hace décadas sin reconocerlo abiertamente. Según el demógrafo Ryan Burge -uno de los especialistas más respetados en demografía religiosa- la disminución del número de católicos refleja, en buena medida, un proceso de sinceración. En el pasado, declararse católico era socialmente esperado aun cuando la práctica, la formación y el compromiso fueran prácticamente nulos. Hoy esa presión social ha disminuido drásticamente. Es socialmente aceptable -incluso “está de moda”- decir que se es no religioso, no practicante o nada en particular. Así, muchos individuos que hace años ya no vivían la fe católica simplemente ahora lo admiten con honestidad estadística.
Este fenómeno ha sido observado por Burge: cuando una identidad religiosa deja de estar socialmente vinculada a beneficios sociales o culturales, las encuestas reflejan con mayor precisión la realidad interna de las personas. Lo que antes era invisible ahora aparece en los datos.
El gráfico muestra, en morado los excatólicos que ahora no son “nada”, en rosa los que ahora son Evangélicos y en gris lo que se identifican con otra religión no cristiana.
De manera que parte de la “pérdida” de católicos no es tanto una conversión activa hacia otra fe, sino una corrección estadística de identidades que ya no se mantienen. Esta explicación no minimiza la crisis evangelizadora de la Iglesia, pero pone de manifiesto que los números también reflejan una transformación cultural profunda, en la cual la etiqueta “católico cultural” ha perdido su utilidad social.
La pobreza evangelizadora
Una segunda razón apunta directamente a la responsabilidad de los obispos de la Iglesia Católica en América Latina: su incapacidad para transmitir la fe de forma vibrante, profunda y misionera. Los datos del Pew Research Center muestran que aunque el catolicismo sigue siendo importante en términos de creencia general en Dios, la identificación institucional y comunitaria se erosiona.
Eso no ocurre en el vacío: es la consecuencia de décadas de evangelización mediocre y una débil pasión pastoral por parte de gran parte del episcopado regional.
Durante los últimos diez años, los obispos con un impulso evangelizador genuino han sido la excepción y no la norma. En muchas conferencias episcopales se observa una marcada preferencia por evitar controversias y permanecer cómodamente en zonas de confort pastoral, antes que predicar el evangelio con audacia.
En lugar de centrarse en la formación litúrgica, la catequesis profunda, el acceso frecuente a los sacramentos y el acompañamiento a los jóvenes, se priorizan discursos sociológicos, análisis culturales o la neutralidad política, confundiendo a los fieles y vaciando el impulso misionero.
El caso de Brasil ilustra este punto de manera dramática. Históricamente el país con mayor número de católicos en el mundo ahora muestra que sólo alrededor del 46% de su población adulta se identifican como católicos; de esa cifra, un porcentaje creciente se declara no afiliado o evangélico. La pérdida no es casual: coincide con un episcopado marcado por orientaciones ideológicas más ligadas a agendas políticas que a una auténtica misión evangelizadora.
Otro ejemplo de este problema es el de organismos eclesiales como el CELAM; que como he reportado previamente, han producido documentos decepcionantes e irrelevantes, que priorizan análisis sociológicos y agendas políticas antes que una estrategia clara de evangelización renovada.
Esta orientación ha dejado a muchos fieles sin una propuesta catequética coherente y poderosa, y ha abierto espacio para que movimientos evangélicos ofrezcan respuestas religiosas más emocionantes, asertivas (¡Jesús es Dios y nos salva!) y comunitarias.
¿Qué se necesita?
La renovación del catolicismo en América Latina no vendrá de estrategias sociológicas o de acomodaciones culturales. Vendrá de un regreso a lo esencial: una evangelización renovada, un episcopado con pasión por la fe y no por la comodidad institucional, y una Iglesia que proclame la centralidad de Jesucristo con claridad y valentía.
Los laicos católicos comprometidos son una esperanza real y creciente. Sin embargo, la Iglesia, construida sobre la roca de Pedro y los sucesores de los apóstoles, no puede cambiar su rumbo sin pastores firmes. La reconstrucción exige obispos que no teman predicar el Evangelio con autoridad, que reformen la liturgia, fortalezcan la catequesis y lleven a los fieles a una vida sacramental profunda.
Los laicos tenemos que rezar y alentar una nueva generación de obispos santos, misioneros y audaces -un nuevo Santo Toribio de Mogrovejo o un nuevo San Carlos Borromeo- que conduzcan a la Iglesia de América Latina a un verdadero resurgimiento de fe; con la esperanza de el Señor cumpla con la promesa hecha a su pueblo: «Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3, 15)





